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Miguel Ángel Rodríguez, MAR

Alberto Ortega / Europa Press / ContactoPhoto

MAR y Rasputín

Cuando la cultura y la información dejan de ser motor de una sociedad, la cultura y la información se hacen inútiles


Imaginad que yo ahora escribiera que Miguel Ángel Rodríguez, en estado de embriaguez, somete sexualmente a Isabel Díaz Ayuso para obligarla a que asesine ancianos en las residencias, retire las ayudas a los menores con problemas de movilidad, quite becas comedor a los niños pobres para subvencionar las chachas y chachos de las ricachonas, enriquezca a su hermano, a su novio y a su cuñada (con un puesto a dedo en la recién rebautizada Villanueva de la Cuñada), y baile fascistísimamente desnuda por las calles de Madrid al son de la flauta de MAR.

Imaginad que yo titulo un reportaje en este panfleto rojelio de esta guisa: “MAR es Rasputín, y su falo dirige la batuta de Madrid como si fuera la batuta del director de una sinfónica”. ¿No pasaría nada?

Si yo fuera fascista y escribiera en un periódico fascista, no, no pasaría nada. Si lo hiciera en un periódico de izquierdas, nos caerían tantas demandas judiciales que acabaríamos cerrando.

La mentira es patrimonio de la derecha gracias a nuestros muy estupefacientes jueces y a nuestra sociedad poco culta. Y me incluyo en esa poco culta sociedad, pues si lees y escribes muchos libros, y no puedes cambiar el mundo, no vale para nada leer y escribir muchos libros. Te conviertes en un letrado analfabeto. Cuando la cultura y la información dejan de ser motor de una sociedad, la cultura y la información se hacen inútiles.

Yo no puedo escribir que MAR es un baboso con tendencia a insinuarse a cualquier periodista o colaboradora que esté medio buena, que ha incomodado en este plan a numerosas reporteras durante su trayectoria. Aunque quizá sí tenga varios testimonios, carezco de pruebas.

Pero él sí puede decir de mí que, oculto bajo una capucha y armado con una palanqueta de butronero, he intentado asaltar la casa de Isabel Díaz Ayuso. Es de lo que él ha acusado a periodistas de eldiario.es y de El País.

El jefe de gabinete, el cerebro, de la presidenta de la Comunidad de Madrid, acusa a periodistas de intento de allanamiento de morada, de violentar un hogar, de husmear en sus secretos. Todo es falso, pero no pasa nada. Él puede difamar. OKDiario, El Mundo, ABC o La Razón pueden difamar. Yo no. La paliza judicial que recibiría el medio en que escribo sería demoledora.

Hace no muchos años, escribí un artículo contra una jueza que había condenado a un chaval por haber difundido, a sus muy pocos seguidores en instagram (creo que eran catorce), una foto suya con corona de espinas, simulando un cristo. Nada ofensivo. Su rostro penitente y nada más.

Por razones que no son de este mundo, los Abogados Cristianos decidieron que la foto del rostro de aquel chaval deturpaba a la cristiandad. Y ganaron el juicio. Y el chaval, que era vareador de aceitunas con abogado de oficio, aceptó el acuerdo. Le hicieron saber que colocarse una corona de espinas en la frente y fotografiarse puede ser delito.

El resto de la historia es impactante. Me denunciaron por el artículo, aunque ni siquiera había nombrado a la jueza, solo las circunstancias del caso.

Mi periódico me dio cobertura legal. Unos abogados muy principales de un bufete muy principal, sito en una de las más principales calles de Madrid, me citaron para preparar el juicio. Y perdimos. Al parecer, siendo cierta la información (había sentencia), no puede uno escribir con vehemencia contra esa gente que camina y va apestando la tierra.

Durante la vista, esa jueza a la que yo no había nombrado, centró su declaración en el hecho de que su hijo se había sentido afectado horriblemente con ese artículo en el que yo ni la citaba. O sea, que si te leen los hijos de las juezas ya es cosa de hacérselo judicializar. Yo ahora, cada vez que escribo una línea, no pienso en otra cosa: qué sentirán los hijos de las juezas. Porque esa fue una de las razones para condenarme.

Mi periódico me dijo que no iba a recurrir. Que el gasto del recurso era tan bestia que, si se hiciera en todos los casos, habría que cerrar el periódico. La libertad de expresión es cara. Es el mercado, amigo, que diría Rodrigo Rato.

Sin embargo, si yo fui condenado diciendo verdad y sin nombrar a nadie, difamar como hace MAR a medios como eldiario.es o El País le va a salir gratis. Igual que le salieron gratis las mentiras contra Pablo Iglesias, Begoña Gómez y tantos otros a OKDiario, pestilente sentina de desinformación subvencionada por Ayuso y Almeida e inspirada por los millones de Florentino Pérez.

Cuando el poder puede comprar la verdad, ya no hay verdad. Y ese es el paisaje en el que nos retratamos. Lo de MAR no es una anécdota simpática y bufa de nuestra democracia. Es un algoritmo: los fascistas siempre ganan con su mentira y tú siempre pierdes con la verdad. Algún día tendremos que aprender a responder a sus ganas de pelea. Si es que aun somos periodistas y un poco revolucionarios.


Madrid –

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