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José Oliva / Europa Press / ContactoPhoto

Mario Vargas Llosa: Ideología y ficción

Sus opiniones, que él defiende con vehemencia y sinceridad, resultan tópicos ideológicos en los que pretende encerrar la complejidad del mundo, cuando su literatura es todo lo contrario


Una amiga me cuenta que le levantó su “cancelación” particular a Mario Vargas Llosa, que leyó “La Casa Verde” y que se maravilló. Normal, es una novela magnífica de un magnífico escritor y no merece el castigo de no ser leída, tampoco escritor lo merece. Por el contrario, a quien le guste la literatura “de verdad” debe leer la literatura de ese autor.

Y aquí entramos en el asunto de los intelectuales y “el compromiso”. Como es un tema tan largo y no cabe en un artículo pues nos lo volvemos a saltar, porque habría que empezar por dilucidar si todos los escritores son intelectuales o cuales son o cuales no y seguir por si deben de “comprometerse” y acabar por saber con qué supuestamente debieran comprometerse. El caso es que Mario Vargas Llosa es, además de un extraordinario novelista, un intelectual; puede que haya una relación necesaria entre ser novelista y ser intelectual; o no. Pero además es efectivamente un intelectual comprometido. ¿Con qué? Con su país. Aún más está obsesionado con su país, por eso intenta escaparse.

Y también yo me recuperé un libro de Vargas Llosa hace unas semanas. Estaba aburrido de ponerme con libros que me parecían de poca sustancia, echaba en falta esa implicación a que obliga la literatura fuerte, y busqué un ejemplar de “El hablador” que había leído hace años, recordé que contaba una historia que me importaba. Y cómo acerté, allí estaba de nuevo ese narrador que cuenta una historia que merece ser leída, o que debe ser leída. Y sabía que era uno de los libros en los que estaba el gran tema del autor, la herida profunda en su identidad.

Vargas Llosa es el único autor vivo que me enfada por sus opiniones pero al que admiro por su lucha agónica consigo mismo, no sé de un autor que luche a bocados por la verdad como él. Su obra, la que ofrece al público, es una lucha íntima.

Pero es como si las opiniones que expresa velasen su verdad. Sus opiniones, que él defiende con vehemencia y sinceridad, resultan tópicos ideológicos en los que pretende encerrar la complejidad del mundo, cuando su literatura es todo lo contrario. Sus posiciones ideológicas lo encierran en una interpretación limitada y binaria, casi mezquina, del mundo y no le permiten ver la vida, pero su literatura en cambio es un camino de conocimiento para él y para quienes lo acompañamos con la lectura. Si no estamos de acuerdo con sus opiniones no las leamos, dejé de hacerlo hace mucho, pero no “cancelemos”, como dicen ahora y yo no pienso decir, su obra literaria.

Pero tampoco olvidemos que ese exponer sus opiniones marcadamente derechistas, que obviamente sabe que son antipáticas para la mayor parte de su público lector, que lo creó cuando defendía posiciones izquierdistas, lo hace porque cree que debe hacerlo. Lo hace precisamente por esa ética del intelectual, sabiendo que eso le hace perder lectores. Y eso es tener coraje cuando menos.

Pero la valentía verdadera un autor la tiene o no en la obra. En la escritura de la obra literaria el autor pone en juego su existencia, su identidad. Y Vargas Llosa lo hace, escribe precisamente historias que dan vueltas alrededor de ese Minotauro, su identidad personal. Que en su caso está vinculada íntimamente a su Perú.

No se comprende bien lo que parecía una aventura extravagante de un escritor metido a político providencial cuando se presentó a presidente de Perú si no aceptamos que para él era en cierto sentido asunto de vida o muerte. Esa agonía. No importa aquí si  nos parece que la opción política que pretendía fuese más o menos acertada para un país así, importa su sinceridad y su apuesta suicida. Vargas Llosa no tiene naturaleza de suicida pero toda su vida se la pasó jugando a ponerse en riesgo de perecer de un modo u otro.

En “El hablador” aparece un personaje inadaptado, como es todo artista y todo intelectual, como es un escritor que siendo peruano quiere ser parisino y no puede dejar de ser peruano. Pero además aparece la tentación de la desaparición fusionándose con lo que se sabe irracional, con lo que se sabe que es un imposible. Con lo que es “peruano original”, con lo indígena más indígena. No es casualidad que Vargas Llosa prologase, para discutirlo, a José María Arguedas, defensor de un indigenismo imposible de realizar. Pero discutir es estar abrazado; con rabia, pero abrazado.

Y esa tentación de la desaparición en la desesperación recuerdo que aparece en “La historia de Mayta”. La admiración del autor por los héroes, que mueren incendiados y jóvenes, refleja una identificación con quienes se sacrifican por una causa. El personaje Mario Vargas Llosa que pretendió o pretende ser racional y mundano tiene mucho que ver con esos personajes desesperados. Y ese lado es el que nos gusta. El más verdadero, el que se sitúa en un lugar irremediablemente problemático, “¿Cuándo se jodió el Perú?”, y probablemente sin que se pueda encontrar “la solución”. Vargas Llosa es un autor gigante que no pudo crear un alter ego intelectual a su propia altura. Acaso porque no se puede ser grande en el trabajo con lo irracional y grande en el manejo de lo racional.

Pero que las contiendas ideológicas, entendidas de modo limitador y sectario, no nos roben la literatura. Donde todos y todas podemos encontrarnos.


Madrid –

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