La princesa Leonor y su madre, la reina Letizia, en la jura de la Constitución — Eduardo Parra / Europa Press

Monarquía y feminismo

Cualquier monarquía, pero singularmente esta monarquía, es incompatible con la construcción de una sociedad feminista, radicalmente incompatible


A raíz de la jura de la Constitución por parte de Leonor de Borbón hemos tenido que escuchar que esta monarquía es feminista. Incluso he llegado a escuchar que era feminista porque acudió a la jura con pantalones. En fin. Cualquier monarquía, pero singularmente esta monarquía, es incompatible con la construcción de una sociedad feminista, radicalmente incompatible.

Por una parte, porque la democracia y la Constitución españolas nacen lastradas de, siquiera, apariencia de legitimidad. En tanto que las monarquías no se votan, no pueden gozar de legitimidad democrática alguna, pero es cierto que algunas monarquías europeas tuvieron la ocasión, durante la II Guerra de vestirse de un cierto manto de legitimidad cuando se opusieron al fascismo. No es el caso de la nuestra que, por el contrario, nace designada —y lastrada de origen— por el propio fascismo.

El franquismo fue una dictadura terrible, pero lo fue doblemente para las mujeres, cosa que pocas veces se tiene en consideración. Y especialmente cruel si tenemos en cuenta que las mujeres españolas vivieron durante la II República una época especialmente luminosa de consecución de derechos: divorcio, aborto, igualdad ante la ley, derecho al trabajo, a la educación etc. La República puso a España a la vanguardia de Europa en derechos de las mujeres. Con la victoria del franquismo desaparecieron la democracia y las libertades para todos, pero las mujeres, además, vieron como su propia casa y su propio cuerpo pasaban a ser cárceles; se convirtieron en perpetuas menores de edad.  Posteriormente la democracia no fue rápida en devolvernos lo robado.

La democracia no significó para las mujeres la recuperación de lo conseguido con la II República, hubo que lucharlo de nuevo. El régimen naciente se permitió ignorar a las mujeres y excluirlas radicalmente del diseño y de la construcción de la democracia. La constitución no tiene ninguna madre, pero tampoco los padres se molestaron en contar con la opinión del, por entonces ya organizado, movimiento de mujeres. Y esa carencia es evidente en todo el texto. La palabra “mujer” aparece dos veces y una de ellas es para reafirmar  la discriminación que supone la prevalencia del varón sobre la mujer en la jefatura del estado. La segunda es la que permite a las mujeres acceder al matrimonio en igualdad con los hombres. Si sabemos que sin feminismo no hay democracia, para organizar una sociedad feminista y plenamente democrática, la constitución tendría que ser reformada. (Las necesarias reformas las explicó aquí: https://wordpress.com/post/beatrizgimeno.es/4770)

Pero más allá de las reformas concretas, el feminismo exige la crítica del contrato social que constituye el edificio material del estado, pero también del sexual (como lo denominó Carole Pateman) que informa todas las instituciones y las costumbres. Esto es, como poco, la incorporación plena de las mujeres como sujetos de la ciudadanía. Todo ello implica construir un nuevo modelo  ya que el sujeto de la ciudadanía existente, la que nace a partir del siglo XVIII, está encarnada en un sujeto masculino (y blanco) que se coloca en el mundo de lo público libre de las cargas que impone la reproducción social, de la que se ocupan las mujeres. Cuando el neoliberalismo borra cualquier rastro de lo que significa un estado social, también está borrando los derechos de las mujeres para quienes los derechos sociales y económicos son imprescindibles. Los recortes, las privatizaciones y la precariedad no recaen con el mismo peso sobre los ciudadanos hombres que sobre las ciudadanas mujeres. Por eso, para que las mujeres nos incorporemos en igualdad, es imprescindible cambiar los contornos y el contenido de la ciudadanía. Y eso implica derechos materiales, pero también simbólicos, culturales.

Más allá de la persona que la encarne en cada momento, la institución en sí representa unos comportamientos y valores concretos: se trata de una institución encarnada no en una persona, sino en una familia que es necesariamente heterosexual, patriarcal, procreadora, y católica

¿Y qué papel juega la monarquía en la reproducción de los valores simbólicos que conforman la democracia? Un importante papel. De hecho, la monarquía es una institución simbólica cuyo contenido es incompatible con el feminismo. Y los esfuerzos que ha hecho para modernizarse no pasan de ser un ejercicio cosmético sin recorrido. Una monarquía feminista es imposible. No sólo porque es una institución antidemocrática en su misma raíz, sino porque, más allá de la persona que la encarne en cada momento, la institución en sí representa unos comportamientos y valores concretos: se trata de una institución encarnada no en una persona, sino en una familia que es necesariamente heterosexual, patriarcal, procreadora, y católica.

La familia que debe encarnar la monarquía, sin embargo, es una familia minoritaria ya en nuestra sociedad, así que no puede representar siquiera a la mayoría de las familias, pero mucho menos a las mujeres feministas. Es verdad que el rey se ha casado con una mujer divorciada, pero ¿podría la institución soportar un rey casado con una persona de su mismo sexo? ¿En ese caso, cómo tendrían descendencia? (obligatoria para la supervivencia de la monarquía. ¿Podría ser rey alguien adoptado o concebido mediante inseminación artificial? ¿Podría ser rey o reina alguien que decidiera no tener hijos o hijas? Eso pondría en cuestión la base de la misma institución, basada en la descendencia legítima. ¿Podría ser rey o reina alguien que no se casara pero que conviviera con su pareja? ¿y si fueran varias parejas? ¿Podría una reina ejercer el derecho al aborto con naturalidad? ¿Podría casarse y divorciarse varias veces? ¿Y si existieran hijos matrimoniales y no matrimoniales?  Teniendo en cuenta que las leyes los igualan… ¿Podría ser rey o reina el mayor no matrimonial? En todos estos casos, y otros que se nos ocurran, la monarquía podría mantenerse un tiempo, mientras la corona pasase a un familiar dispuesto a cumplir el rol tradicional pero…si también aquí se repitiera alguno de los comportamientos mencionados, la institución colapsaría,  se descompondría de manera inevitable. Y sin embargo, todas esas situaciones representan a la mayoría de la población y a la mayoría de las mujeres. Además, son derechos conquistados por las mujeres.

¿Puede un rey o reina declararse abiertamente ateo o atea? ¿Y si en lugar de jurar-como ha hecho la princesa Leonor- prometiera? ¿A quién representa esa jura en un país en el que la mayoría es ya no creyente?  ¿Se puede sostener una monarquía que prescinda de cualquier ritual religioso o que los ponga todos (incluido el ateísmo) al mismo nivel?  ¿Podría una reina hacerse musulmana? ¿Por qué no? Y todas estas circunstancias mencionadas tampoco son extraordinarias, sino corrientes en la sociedad española, y deseables, en tanto que las iglesias constituyen siempre una rémora en la consecución de derechos de las mujeres. Entonces ¿a quién representa la familia real?  ¿Qué valores pretende defender? En definitiva, la monarquía es radicalmente incompatible con el feminismo y no sólo por el artículo que hace prevalecer al varón sobre la mujer, sino fundamentalmente porque encarna, en sí misma, valores antifeministas. Es la representación simbólica de un pacto sexual, social y racial que no sólo no representa a la mayoría, sino que dificulta la consecución de la igualdad; hemos combatido mucho para tener como cabeza del estado a una institución férreamente anclada a una sociedad tradicional cuyos pilares están relacionados con la inferioridad de las mujeres.


Madrid –

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