Europa Press

Mover el tablero es ganar

Que hoy hablemos con naturalidad de lawfare, de soluciones políticas a los conflictos territoriales, de plurinacionalidad, del consentimiento determinante de que sólo sí es sí, son tan sólo algunas de las victorias de los últimos años


El escenario no está para optimismos, lo sé. Llevo semanas conversando con colegas, amigos, compañeros y familia que, desde distintas coordenadas, coinciden en el diagnóstico: la cosa está fatal. Con algún matiz y la particularidad del lugar desde el que se enuncia, esa parece ser la constante. Y no es menor. Desde quienes se movilizan desde hace casi un año contra la dictadura en mi país (Perú), hasta quienes no dejan de leer, difundir, y convocar a movilizaciones en solidaridad con el pueblo palestino que sufre un genocidio. La situación no está para optimismos, pero tampoco para la pasividad. 

El miedo suele ser el más efectivo veneno. El veneno de la parálisis y, por tanto, de la resignación, por un lado, y del conservadurismo nocivo, por otro. El tónico que te idiotiza y te hace sentir bien por aceptar que las cosas estén como están aunque la realidad sea insostenible. La mejor herramienta de los defensores del statu quo

El miedo suele ser el más efectivo veneno. El veneno de la parálisis y, por tanto, de la resignación, por un lado, y del conservadurismo nocivo, por otro. El tónico que te idiotiza y te hace sentir bien por aceptar que las cosas estén como están aunque la realidad sea insostenible. La mejor herramienta de los defensores del statu quo. Si no somos capaces de movilizarnos, mucho menos lo seremos de imaginar una realidad distinta posible. El terruqueo constante y el asesinato directo de peruanos por protestar intentó lograr precisamente eso: que nos quedáramos en nuestras casas. El temor a que el fascismo entrara en el Consejo de Ministros logró algo similar aquí. El “mejor quedémonos como estamos”, fue el lema que el PSOE (y Sumar) te vendieron como responsable. Si el único adversario es VOX, y no lo que permite que exista y crezca, entonces no hay nada que hacer. Resignación, pasividad, conservadurismo. Y una dosis de frustración que luego puede convertirse en muchas otras cosas.

Por eso llevo algunos minutos sobre la hoja en blanco intentando pensar en algo que combata al veneno del miedo. En un antídoto. Ya sé que eso no se logra en una columna de opinión. El antídoto es siempre acción colectiva, multitud y lucha social. Pero por lo mismo intento pensar en esas victorias que las hay. Victorias como antídoto en este año de bestialización de las élites defensoras (e hijas) del capital, de régimen de guerra como única vía de sostener un modelo neoliberal colonial, de punto final de las democracias liberales, de palabras vacías en foros internacionales y gestos insignificantes que, por lo mismo, son cobardes. Desde la foto Sánchez-Netanyahu mientras el primero le compraba armas al genocida, hasta el aplauso unánime de la progresía mediática a ese gesto que era en realidad una tapadera.

He mirado, entonces, por el espejo retrovisor y, he de confesar, que hay cosas que no pensé que vería ocurrir. Recuerdo que en 2016 hablar de lawfare en España suponía ser una vocecita imperceptible que no era ni ridiculizada. Era directamente invisibilizada. Llámenme pesimista, pero no pensé en aquel 2016 que vería a jueces (fuera de Victoria Rosell) atreviéndose a señalar que en España ha habido casos de lawfare “de manual”. Los avances suelen solidificarse cuando entran las palabras a ocupar la centralidad de la agenda pública. Oír a Àngels Barceló señalar a Manuel García-Castellón y hablar del papel de operadores políticos de ciertos magistrados resulta una grata sorpresa, sobre todo después de las críticas (por ser suave) que lanzaron contra Irene Montero cuando dijo que había jueces machistas en España. No pensé que lo oiría, pero heme aquí narrándolo.

Recuerdo que en 2017, en pleno procés, parecía imposible que desde Moncloa se hablara de “devolver a la política un conflicto que nunca debió ser judicial”. Mucho menos hacerlo en forma de ley, claro. En aquel año vimos aplicarse el 155 con el voto a favor del PSOE y, por supuesto, el “a por ellos” de Felipe VI. Nada hacía presagiar que hablaríamos de una amnistía, ni tampoco de indultos. Pero, sobre todo, nada hacía pensar que la política volvería a ser una vía. Hoy lo es, pero no por voluntad de Pedro Sánchez ni tampoco de los independentistas. Lo es por la decisión democrática de un país que en las urnas ha dado mayoría a un bloque plurinacional democrático antes que al bloque reaccionario de la represión y la judicialización de un conflicto político. Echamos a Rajoy y España echó también a los de la “unidad” entendida como eliminación de “los otros”. En 2017, no había espacio ni para imaginar esta posibilidad aunque la deseáramos. Y heme aquí narrándola.

Recuerdo la cantidad de veces en que pocas voces tuvieron la valentía de denunciar al poder mediático por ser una pata fundamental en la construcción de subjetividades que, en España, juega para el régimen y, por tanto, también para el fascismo. Se les acusó de exagerar, primero, de paranoicos, después. No faltó alguien que acusara a esas voces de pertenecer a “una trinchera”. Los medios hicieron lo suyo y estrecharon el cerco para que esas voces dejaran de sonar y contaron con la complicidad de quienes hablaron de exagerados, atrincherados, ruidosos. ¿Quién diría que en 2023, en la campaña del 23J, veríamos a Pedro Sánchez hablar de “derecha mediática”? “Hay poderes económicos que no nos quieren en el poder, no les gusta lo que hace este Gobierno y que están detrás de las terminales mediáticas”, dijo a Évole. ¿Pablo Iglesias eres tú? 

Pienso también, esto es inevitable, en la Ley del sólo sí es sí. En la forma en que los jueces utilizaron esa ley y su poder institucional no para cargarse la norma, sino para cargarse a la ministra que la lideraba. Lograron —con la complicidad del poder mediático, del poder político y de una izquierda dispuesta a calzar en el aparato del poder antes que impugnarlo—, sacar a la ministra de esta ley del Consejo de Ministros, pero no lograron evitar que el “sólo sí es sí” se volviera sentido común. Cuando la arremetida judicial y mediática arreció, el equipo del Ministerio de Igualdad liderado por Irene Montero estuvo cercado por todos los costados. Hubo un momento en que parecía que el PSOE lograría por fin echar a las ruidosas, a las incómodas, a las feministas. Pero el movimiento feminista salió a defender su ley en las calles. Aún así, los poderes fueron más fuertes en ese momento y nos colaron su contrarreforma. Nos quitaron en el Parlamento algo que ya era sentido común en las calles y pensamos, entonces, que no había mucho más que hacer. Que ya habíamos defendido todo lo que podíamos nuestra ley. Que habían ganado. ¿Quién nos diría en aquel momento que el coraje y la unidad de una selección de fútbol femenina les reventaría su contrarreforma en la cara? Los Rubiales tuvieron que ponerse a la defensiva. Todos. Los Rubiales con toga, los Rubiales del fútbol y los Rubiales de los medios de comunicación. El “sólo sí es sí” se hizo una victoria social pese a que sigue sin serlo en términos legislativos. Y poco me espero, he de confesar, de este nuevo ministerio que no es capaz ni de plantar cara la transfobia. Pero ganamos, aún así. Ese sentido común está instalado. Esos falsos aliados tuvieron que comerse sus palabras. Esas voces silenciosas tuvieron que aparecer en las manifestaciones de solidaridad y apoyo a Jenni Hermoso aunque sea para hacerse la foto. Ese #SeAcabó le puso punto final a sus piruetas disfrazadas de legalismo. No pensé que ocurriría y heme aquí narrándolo.

Puede parecer poco, pero no lo es. Han irrumpido palabras y sentidos que no estaban en el centro nunca. Que antes había que intentar meter en el debate aunque sabías que te toparías con una muralla de silencio. Que hoy hablemos de lawfare como una obviedad (o en el peor caso que se debata al respecto), que hablemos de soluciones políticas a los conflictos territoriales, que hablemos de plurinacionalidad no sólo como una aspiración sino como el resultado concreto de las elecciones y, por tanto, de un bloque de poder parlamentario, que hablemos del consentimiento como el indispensable vector que define lo que son las violencias contra nosotras, son tan sólo algunas de las victorias de los últimos años. Hace poco, Iván Redondo, señalaba que España es así. Concuerdo en parte, pero matizo. No es que «es así», es que así la estamos haciendo. Con acción colectiva, lucha democrática y victorias comunes que no han llegado de la nada, sino con el sufrimiento y entrega de muchas y muchos. Es mejor ahora porque no ha ganado la resignación. Depende de esa misma pulsión que lo siga siendo.

Será que el escenario no está para optimismos, pero mi terquedad me obliga a encontrar razones debajo de las piedras. Eso me ha llevado a hacer este recuento. Y, créanme, no he necesitado levantar muchas piedras. Las victorias están ahí. No hay un escenario de derrota, sino de disputa. Y en esa disputa las cartas siguen abiertas. Hemos movido el tablero. Y mover el tablero es también ganarlo. Que sirva el recuento para exorcizarnos colectivamente del miedo. 


Madrid –

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