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Irene Montero decidiendo su futuro junto a Tirso — Dani Gago

Ni embajada ni en subida

Nada le parecía bien. Ni la embajada de Ouagadougou (Burkina Faso), ni la de Naypyidaw (Myanmar), ni la de Aleppo (Siria) ni una agencia consular en Guantánamo. ¡Qué mujer!


A Irene Montero ningún autobús le deja bien.

En un acto de generosidad Yolanda Díaz le ofreció hace un tiempo la embajada de Santiago de Chile, pero la exministra de Igualdad le dijo que “no, es no”. ¡Qué humos!

No le gustará tanto Allende y Víctor Jara si es capaz de rechazar una oportunidad así.  El cuerpo diplomático ahora mismo tiene competencias que ya le hubiera gustado a Carlos I (quinto del Sacro Imperio Romano Germánico) o al CGPJ.

En las recepciones de las embajadas (entre Ferrero Rocher y Ferrero Rocher) se arreglan problemas como el desarme armamentístico mundial, la hambruna en el continente africano, la plaga de fentanilo en las calles de Los Ángeles o Sebastopol y el precio del tomate frito radioactivo de Mercadona.

Una oportunidad perdida para Pablo Iglesias también. Educar a sus hijxs lejos de la fachosfera y poder alejarse un tiempo del acoso al que es sometido alguien cuyo único delito (además de nombrar a dedo a Yolanda Díaz) fue tontear con el sorpasso y montar un canal de televisión donde opinan amigos de un tipo que rociaría con napalm la redacción de este joven medio de comunicación.

Yolanda lo tenía todo pensado. El enemigo cuanto más lejos mejor. Matar dos pájaros de un tiro. Cerrad al salir. Y si el avión se estrella en los Andes mucho mejor. Que se coman entre ellos.

¿Y Canal RED? A cambio del caramelito de Chile… Iglesias Turrión tendría que firmar un poder para cederle la empresa a Pedro Vallín y al otro, el que sale (y entra) en la cloaca.

Sumar tendría al fin dos canales.

—Ponemos una taberna para rojos en Santiago, en el barrio de San Eugenio, Irene piénsatelo…, le dijo Iglesias todo convencido mientras se comían una fideuá pelín picante.

¡Qué manía con echarle pimientos de Padrón a la fideuá!

Irene no quería un cargo de tanta responsabilidad. Embajadora, no gracias. El cuerpo diplomático es el nuevo minero del pozo María Luisa. No compensa.

¿Qué sería lo siguiente? ¿Cónsul en las Islas Marianas?

Estuvieron días intentando convencerla. Semanas, trágicas. Ya se referían a ella como “Doña No” o “Doña Erre que Erre”.

—Joder qué ínfulas tiene la cajera, soltaba un exdiputado que en los tiempos de bonanza podemita dijo eso de “yo por ti me amputo un brazo si hace falta, Irene”.

El hombre de Sumar en la sombra (qué redundancia) se pegaba golpes en la cabeza contra la pared del grupo parlamentario. Se hizo sangre y todo. Pero ni se inmutaba.

—Tendrías que haberle ofrecido la embajada de Gaza, de Gaza del Norte, joder, em cago en dèu —decía de manera repetida Josep Vendrell (el hombre de la eterna sonrisa). El fontanero siempre llama dos veces.

Es cierto, se barajó la posibilidad de ofrecerle la embajada de Gaza del Norte. Se habló incluso de ponerle una casa contenedor extensible, en Beit Hanun. Un hogar a prueba de misiles (eso decía en la letra pequeña, muy pequeña).

—Con vistas al mar si hace falta, y a los Merkava IV (tanques) de Netanyahu… jajaja, decía entre carcajadas un asesor que hace unos años gritó fuera de sí eso de “yo por el Coletas me quemo a lo bonzo en directo y en el programa de AR”.

Una diputada que había coincidido con Irene Montero hace tiempo en varios desahucios apostilló:

—Lo único que podéis hacer con ella es un Blesa, un Álvaro Lapuerta, un Rita Barberá. Esta tía no va a morder el anzuelo.

Se desestimó la peregrina solución final.

—¿Pero a ver cómo vendemos ante los medios que la mandamos a una zona de conflicto?, dijo alguien que pasaba por allí (un técnico venido de Más Madrid, sin experiencia y que le había quitado el puesto a uno que era un fenómeno, pero había estado con Unidas Podemos y claro…).

—Podemos argumentar (¿Quién dice argumentar?) que ella es la única llave de ese conflicto. Que es una emprendedora como Amancio Ortega y que para equilibrarlo todo y llevar a la igualdad en la zona se necesita de sus servicios —dijo Yolanda con esa risilla que solo ella entiende.

—Vale ya con Amancio —gritó alguien de IU que justo pasaba por allí.

—Viva Anguita, cojones.

Menos mal que María Eugenia Palop (secretaria de estado de no sé qué) les hizo entrar en razón. Aclaramos que ese día no tenía jaqueca, menos mal.

—Embajadora en Mariúpol, dejaos de gilipolleces. Está más cerca, seguro que acepta. Su suegra y su madre no tendrán que cruzar el charco cada vez que tengan que ir a ver a los niños, a los niñes…(esto último lo pronunció con cierta sorna).

Vendrell sacó una hoja en blanco. Un A4 impoluto. Marca de la casa.

—Esto es lo que le vamos a ofrecer, lo que nos salga de las narices, y tendrá que aceptar. La otra vez nos funcionó. Tragan con todo.

—Quiero acabar con ese partido, lo odio con toda mi alma —dijo alguien que bien podría ser Yolanda.

Pero Irene Montero es un ser intransigente, terco (terca) de ideas fijas (Idefix). Dijo que no a todas las propuestas. Una por una. Declinó cualquier oferta con ese rostro que pones cuando alguien se come la última croqueta del plato. La de la vergüenza.

—Embajada la que llevo aquí colgada —decía una y otra vez Irene Montero por Zoom ante las insólitas opciones. Su perro Tirso asentía con la cabeza en un segundo plano, sentado plácidamente en un sillón de lectura.

Nada le parecía bien. Ni la embajada de Ouagadougou (Burkina Faso), ni la de Naypyidaw (Myanmar), ni la de Aleppo (Siria) ni una agencia consular en Guantánamo.

¡Qué mujer!

—Qué soberbia es la tía —repetía una tal Mariajo, de prensa. Era Tkachenko en sus mejores tiempos. Tapón aquí, tapón allá.

Mentar la soberbia en casa del ahorcado siempre tiene su gracia.

A Yolanda incluso se le pasó por la cabeza que Irene Montero fuera la niñera (a tiempo parcial) de su hija Carmela. No pensaba hacerle contrato. Falsa autónoma.

La amiga de Garamendi y Casals desestimó la opción cuando se dio cuenta de que la exministra le podría llenar la cabeza a su querida Carmela de grillos y grilles.

—Puta igualdad.

En Sumar no dormía nadie con el tema de la embajadora. Ni Vallín. Ni Ana Pastor (la otra). Ni Urtasun (que nos confirman que ya duerme con traje).

Pero después de semanas de angustia e indecisión alguien (con dos dedos de frente) dio con una oferta que sería irrechazable.

—Meterla en una lista de nuestra marca blanca para la alcaldía de Bonilla de la Sierra, provincia de Ávila. Ella es muy de su tierra.

—¿No sería mejor hacerle un Chávez o un Arafat o un Navalni? —dijo alguien muy alterado y de quien prefiero preservar la identidad.

El ambiente se caldeaba. Y todo por una pinche embajada. Cantinflas se hubiera puesto las botas con esta gente.

Algún iluminado que también había dicho en la belle epoque morada lo de “yo por El Coletas me tiro por el Cabo de Howth en Irlanda”, abrió un nuevo melón. ¡Y qué melón!

—Hay que quitarse de en medio también a Ione Belarra, está ganando muchos puntos a nivel internacional con lo de Palestina.

“Lo de Palestina”. Lo de Évole.

—Y hay que cargarse a Lilith Verstrynge, no soporto a la gente que es feliz —dijo una chica que en su día fue novia de Errejón y Ramón Espinar (en diferentes etapas).

Vendrell hizo una ligera mueca de aprobación.

—Puta gente feliz.

Yolanda dio un golpe en la mesa, muy fuerte. Se oyó hasta en la zona de los despachos de Vox.

Pidió calma, pidió el fin a los malditos brainstormings, y pidió sobre todo un gin tonic y muchas gominolas. Los chuches.

—Hay que conseguir dar con algo que esta tía quiera aceptar, ¡pensar! (Lo dijo sin la d final del imperativo), ¡joder!

Vendrell no paraba de sacar folios en blanco, como un poseso. Habría talado media selva de Irati si hubiera hecho falta.

Y al fin, sí, al fin… alguien entró por la puerta con la solución, modélica solución.

Era Pedro Sánchez. Con esos andares que ni Ronald Reagan en “La ley del Oeste”.

—La embajada de Gaza, pero Gaza del Sur —dijo declamando, como a él le gusta.

—Que parezca un accidente.

—Ese es mi PSOE —gritó Yolanda.

—Una de cal… y otra de arena, pero de Gaza —sentenció el presidente.

—En el equilibrio está la solución. Remar para seguir en la orilla.

El PSOE 1 diciéndole al PSOE 2 (una vez más) lo que tenía que hacer.

Como se pueden imaginar Irene Montero también le dijo que no a la embajada en Jan Yunis y a la siguiente propuesta (esta vez de Bolaños): una cabina de peaje en el paso de Rafá.

Irene Montero no quería una embajada, en su vida.

Esa noche Yolanda ante la atenta mirada de Vallín soñó con embajadas para Irene en el frente de Brunete, Gandesa, Belchite, Saigón, Pearl Harbour, Normandía (el día del desembarco), las Navas de Tolosa, Verdún, Lepanto… y hasta en el guetto de Varsovia.

—Y decir que no a Santiago de Chile, vamos no me jodas —gritaba entre sudores fríos.

Vallín no sabía si taparla, despertarla o llamar a Ferreras.

Pero Irene Montero es así. Federica Montseny fue así. Pasando de embajadas. Que la tierra te sea leve Ferrero Rocher.

Además su perro Tirso prefiere Bruselas, y creo que Rumba también.


Madrid –

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