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Otra vuelta de tuerca en la Unión Europea

El auge electoral de las derechas y ultraderechas presiona al alza las reformas regresivas en materia de migración y asilo, a veces con la connivencia de la familia socialdemócrata


Recientemente, la Presidencia española del Consejo y el Parlamento Europeo han acordado reformar el marco jurídico de la Unión Europea en materia de asilo y migraciones tras un largo proceso de negociación. Recordemos que el impulso por la Comisión Europea del Nuevo Pacto sobre Migración y Asilo tiene su origen en el año 2020. 

Según informan las fuentes oficiales, el acuerdo desatasca cuestiones concretas que todavía deben desarrollarse en un marco institucional caracterizado por una complejidad inherente al déficit democrático de la Unión Europea. Por tanto, lo que se ha acordado es concretar en una maraña normativa el alcance de los principios nucleares del Pacto impulsado por la Comisión, que pueden sintetizarse en la voluntad de restringir los movimientos migratorios y de asilo en aras de disminuir las “cargas” de los Estados miembros. Dicho de otra forma: la apelación a la solidaridad entre los Estados miembros lleva implícito un trato insolidario hacia las personas migrantes.

Conviene recordar cuál es la lógica económica que subyace en un Pacto que no es tan nuevo como se dice, sino que reproduce, con una vuelta de tuerca más, una concepción ya implantada, escasamente garantista, de los procesos migratorios y de asilo. Algunas voces han anunciado, con demasiada ligereza, que la globalización ha terminado. Según estas tesis, la pandemia o la situación geopolítica que provoca la guerra en Ucrania habrían sepultado las aspiraciones expansionistas del mercado global. Sin negar que la globalización puede desacelerarse o estrecharse en algunos contextos, la estructura económica de este proceso no parece haber sido alterada. 

La globalización facilita la movilidad de los capitales con todas sus consecuencias: competición fiscal a la baja, deslocalización de las empresas, financiarización de la economía, colapso ambiental, etc. Pero las fronteras que no existen para los capitales sí están presentes para las personas. Es en este punto en el que los Estados siguen siendo formaciones políticas útiles para el gran capital en tanto que garantes de los controles migratorios. La Unión Europea, tan renuente a operar como un Estado, por ejemplo, para garantizar los derechos sociales, sí ha asumido la función instrumental de obstaculizar la movilidad de las personas migrantes. 

Por tanto, la globalización asegura la “libertad” de los capitales con una arquitectura jurídica blindada en el plano internacional, mientras que restringe la libertad de las personas encomendándose a los guardianes estatales. De alguna manera, un punto de inflexión en este estado de cosas podría ser el Pacto Mundial sobre Migración de 2018, aprobado en el marco de la ONU. El Pacto Mundialintroduce un cierto enfoque de derechos humanos en el ámbito internacional de los procesos migratorios, si bien no parece que esté teniendo eficacia jurídico-políticaalguna. Con todo, debe denunciarse que la Unión Europea ignore por completo el Pacto Mundial sobre Migración, incluso a nivel retórico.

El Nuevo Pacto sobre Migración y Asilo, además, ahonda en la tendencia de arrinconamiento y desnaturalización del derecho de asilo. A pesar de que la Unión Europea viene optando por un tratamiento indiferenciado, el derecho de asilo no es una mera especificidad de los procesos migratorios, sino que comporta una conquista histórica en la protección que se debe garantizar a las personas perseguidas por diversos motivos (raza, religión, nacionalidad, ideas políticas, género, orientación sexual, etc.). En lugar de velar por establecer procedimientos garantistas orientados a asegurar el acierto de decisiones públicas que dirimen la vida de las personas, la Unión Europea refuerza la idea de sospecha e incluso activa una lógica mercantilizadora que deshumaniza a las personas solicitantes de asilo. Paso a paso, se consuma un retroceso de época en materia de derechos humanos. 

En la Unión Europea, además, el auge electoral de las derechas y ultraderechas presiona al alza las reformas regresivas en materia de migración y asilo, a veces con la connivencia de la familia socialdemócrata. Los migrantes como chivos expiatorios son útiles para unas derechas que pretenden proteger los privilegios de las clases acomodadas y las élites económicas. La izquierda no debería limitarse a enunciar la hipocresía de la Unión Europea, una hipocresía esencialmente fabricada por los Gobiernos de los Estados miembros. La Europa de la democracia y los derechos humanos ya no es sino un mito del pasado. Es necesario denunciar en todos los ámbitos, con la máxima prioridad política, los retrocesos que protagoniza la Unión Europea, desarrollar un discurso inequívoco en la defensa de los derechos humanos y plantear propuestas alternativas que garanticen los derechos de las personas migrantes y blinden el derecho de asilo.


Madrid –

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Editorial

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