Pasado el tiempo: el Ministerio de Igualdad

Nada en el mundo hace más ruido que el feminismo cuando es valiente. Las medidas feministas tocan el nervio profundo de cualquier sociedad y asustan, y no sólo a los amigos cuarentones de Pedro Sánchez


Quería escribir algo de Irene Montero y del Ministerio de Igualdad con sus aciertos y errores. Me vi incapaz de hacer un recuento de los errores porque, en realidad, en estos años no se ha hablado de otra cosa. Y, además, yo siempre he sido de reconocer errores. Soy capaz de reconocer incluso los que no he cometido, así que no es necesario que una mi voz al coro de quienes llevan una detallada lista; de los errores reales y de los inventados.

Me pongo a pensar en Irene, y en todas las personas queridas que han estado en el Ministerio y pienso, de nuevo, que ya está todo dicho. Entonces pienso que puedo explicarlo de otra forma: hablando de mí. Porque al escribir esto me doy cuenta de que nunca expliqué por qué me fui de un cargo que es uno de los destinos más ilusionantes para una feminista.  Puede que ahora poca gente lo recuerde, pero después de mi nombramiento, y durante meses, mi cara estuvo en la portada de los medios de extrema derecha. Hay decenas y decenas de artículos sobre mí y todos ellos con todo tipo de mentiras. Con fotos espantosas, trucadas para hacerme parecer horrible. Con todo, lo importante no eran las fotos, sino lo que decían los artículos. De ser una persona normal me vi convertida ante toda España en una caricatura monstruosa. Pusieron en mi boca barbaridades de tal calibre que eso terminó afectando a mi familia. Mis hermanos, por ejemplo, discutieron con sus compañeros de trabajo por lo que se suponía que yo decía. Mis padres lloraban, se avergonzaban. A mí me reconocían por la calle, me insultaban. Un día llegué a mi casa y me habían destrozado el coche a martillazos. Mis amigas no querían ir conmigo por la calle. Tuve que entrar al ministerio por el garaje para evitar una persecución. Recibía cientos de correos deseándome la muerte entre violaciones y torturas. Recibía fotos de penes, fotos de las armas con las que iban a matarme. Eso se ha hecho con todas nosotras, es parte de la violencia política que sufrimos las mujeres. Ataques que son siempre disciplinadores, que buscan impedir la solidaridad, el apoyo, el aliento. Y que buscan, sobre todo, marcar los límites de lo que se puede y no se puede hacer.

Un día que había sido especialmente duro salí a la puerta del Ministerio a tranquilizarme. Estaba apoyada en la puerta cuando se me acercó un chico que pareció reconocerme. Vino hasta mí y se puso a hablar conmigo de manera amable. Yo le respondí, supongo que deseando encontrar refugio en cualquiera que me diera apoyo. Estuvimos charlando un rato y poco a poco le fui contando lo mal que estaba, lo triste, lo difícil que era. De repente vi que me estaba grabando con su móvil. No recuerdo quién era pero mis compañeras me dijeron que era uno de esos falsos periodistas al servicio de la extrema derecha, un Vito Quiles, un Javier Negre. Me entró un ataque de pánico, no podía respirar, me mareé y pensé que me iba a caer. Imaginé que al día siguiente mis declaraciones personales, casi íntimas, doloridas, iban a estar en todos los medios. Tal cosa no llegó a ocurrir por lo que fuera.

Pero subí a mi despacho y dije que me iba. Porque era insoportable y ahora pienso que se necesitaba ser joven para aguantarlo. Aquello que estábamos viviendo no era soportable sin la íntima esperanza de que vendrían tiempos mejores. Pero a cierta edad, la mía, se pierde una parte de la esperanza: lo mejor tiene que ser ahora, ya. Recuerdo que les expliqué a mis jóvenes compañeras que ellas podrían mirar estos años con orgullo el resto de su vida pero que podía ser que este tiempo fuera ya el resto de la mía. Luego vino la depresión, los vértigos, la enfermedad.  

Me fui a mi casa y no me he arrepentido ni un solo día, pero tampoco he dejado de saber en ningún momento lo que significaba poner el cuerpo en el Ministerio de Igualdad, lo que les ha quitado, especialmente a Irene Montero, lo que ha supuesto para ella. Si hablo de mí es para decir que para ella ha sido mil veces peor, un millón de veces peor y con implicaciones incluso para sus niños pequeños; sin embargo, estoy segura de que finalmente estos cuatro años serán parte de un bagaje positivo, enriquecedor y que le valdrán el reconocimiento que, sólo en parte, se le ha querido hurtar. El otro día, en un conversatorio con compañeras de América Latina, la admiración por Irene era general, también en Europa. El avance de la posición de España en el índice de Igualdad de género es un marcador objetivo. También lo comprobé en la manifestación del 25N, muchas jóvenes feministas tienen en ella un referente no sólo como feminista, sino como ejemplo de lo que se puede hacer desde las instituciones.

El sentido del feminismo no es molestar, pero si no molesta es que no está siendo efectivo. Por eso Pedro Sánchez ha nombrado a una ministra sin trayectoria feminista, para que no moleste más. Hará lo básico, gestionará el presupuesto, lo hará bien y sobrevivirá. No cambiará gran cosa ni lo pretenderá. Y yo reconozco ahora que, a veces, también me daba vértigo la velocidad de las jóvenes en ese ministerio, pero soy mayor y tengo la inteligencia suficiente como para saber que los cambios de época, las transformaciones de calado, no son fáciles de asumir a cierta edad. El mundo se ve diferente con los años. Hay que comprender eso y aceptarlo para no convertirse en Alfonso Guerra.

Irene Montero llegó al ministerio con la convicción de que tenía cuatro años para intentar cambiar las cosas. Ha tenido un coraje, un aguante, una voluntad de hierro. Es de las personas más valientes que conozco. Alguien me dijo una vez que si aguantaba era por la rabia. Puede ser, la rabia ante la injusticia es una fuerza necesaria, legítima y que proporciona un sentido. La rabia y la voluntad de aprovechar ese tiempo limitado para que, al cabo de los años, cuando mire hacia atrás sepa que contribuyó a cambiar las cosas. Nunca la vi acomodarse, nunca pensó “he llegado”, su obsesión era aprovechar el tiempo; la determinación de Irene por transformar las cosas ha sido mucho más fuerte que su desaliento. Y se lo reconocen en todo el mundo y, de hecho, basta mirar la lista de los avances que el Ministerio ha llevado a cabo para darse cuenta de lo que ha significado este mandato. Ha sido valiente, inteligente, una gran ministra.

Es verdad que hubo momentos en que nos sentimos solas, pero también es verdad que contribuimos a construir nuevas redes que quedarán ahí. Miles de mujeres estaban con nosotras y pudimos también sentirlo. No se rompió el feminismo, se rompió una cierta idea del feminismo. Con el paso de Podemos por el Ministerio he aprendido que ser feminista no te salva de nada, ni siquiera de nosotras mismas. Que puede haber un feminismo conservador, que puede tener incluso una pulsión reaccionaria. Nunca seremos las mismas. 

Todos los errores cometidos no pueden sino juzgarse en el contexto en el que nos hemos movido. No sólo los posibles errores del ministerio de Igualdad, sino de Podemos. No puede extraerse de la ecuación una persecución cloaquera que no ha sufrido antes ningún partido. ¿O creéis que aquello de Íñigo y la universidad se hubiera olvidado de no haber salido de Podemos? ¿o el piso de Espinar? ¿o el bono social de Mónica? ¿O tantas otras cosas que salieron y después desaparecieron?  De haber estado en Podemos cualquiera de ellos podría haber acabado en los tribunales y haber sido inhabilitados, sin pruebas, sin causa, sin razón, sin nada. Hubiera sido arrastrado por los medios durante meses, o años. Puede que hubieran sido perseguidos por la calle, toda su familia hubiera estado en los medios, hasta su marca de coche se hubiera conocido y criticado. Conozco a compañeros y compañeras, conocidos, pero también desconocidos, que por militar en Podemos han sufrido campañas de desprestigio basadas en mentiras, inhabilitaciones políticas con pruebas falsas y un nivel de violencia insoportable. Todo terminaba en cuanto salías de Podemos. Se qué es fácil de decir, pero no tanto de comprender hasta qué punto nos hicieron la vida invivible. Nadie sale incólume de esto. Y puedo también dar cuenta de que es una maquinaria perfecta. He aprendido que pueden inventarse cualquier cosa y repetirla durante años hasta que te destroza, destroza tu percepción del mundo, destroza a tu familia. Nunca vuelves a ser la misma persona.

Y una de las cosas peores es que estas campañas no estaban únicamente dirigidas a destruir Podemos y a su gente, sino destinadas a disciplinar a todo el espacio de la izquierda, y son efectivas. Enseguida se aprende que hay cosas que es mejor no decir, que es mejor no intentar. Si no tocas lo esencial, te dejarán vivir. Si no haces ruido puede que sobrevivas. Y en el caso del feminismo es muy sencillo apuntar y disparar. Nada en el mundo hace más ruido que el feminismo cuando es valiente. Las medidas feministas tocan el nervio profundo de cualquier sociedad y asustan, y no sólo a los amigos cuarentones de Pedro Sánchez.

Pase lo que pase, y esté donde esté, no hablaré mal de Podemos porque sé cómo ha sido y el precio que hemos pagado. Tampoco me sumaré a los insultos a ninguna feminista que ocupe un cargo público, porque sé lo que es. Pienso que cuando desde la izquierda se ha callado ante lo que se ha hecho con Podemos se ha colaborado a transmitir el mensaje de que los límites no se pueden traspasar. Puedo comprender que se quiera ocupar este espacio, eso es muy legítimo, pero no entiendo que haya quien ha preferido callar a denunciar que las cloacas de la democracia están ahí para que nadie desafíe los límites que nos marcan. Ganar no es lo importante si antes de ganar ya se ha renunciado a volar alto. Seguimos.


Madrid –

Nada de esto sería posible sin tu ayuda

Y únete a nuestros canales de Telegram y Whatsapp para recibir las últimas noticias

Compartir

Editorial

Opinión