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Concentración palestina frente al Ayuntamiento de Madrid – Foto Willy Veleta

Pellets sobre Gaza

Los pellets agujereaban la nube de crema en forma de corazón con la que se decoran los capuccinos en la ridícula Europa


Tres contenedores se caen a plomo en el Mediterráneo, delante de la costa de Jaffa (ciudad palestina ocupada por Israel).

El Mare Nostrum también tiene olas, no se lleven a engaño. Millones de bolitas de pellets llenan las costas palestinas (que Israel dicen que son suyas por el artículo 33).

Parece la Costa Blanca.

Producto tóxico difícil de ver pero fácil de que te haga la vida imposible.

El armador del barco es un gilipollas, como todos los que dejan galletas de chapapote. Que te vote Chapapote. Pellets go home.

El armador dice que si la abuela fuma. Está missing. Él no va a recoger los pellets uno a uno. Ni él ni su prima de Chipre con bandera de Liberia.

Netanyahu ya tiene un plan integral de limpieza de la costa. Esta gente es de gatillo rápido.

—Que lo hagan los palestinos, sin guantes ni nada, a pelo, no te jode.

—Especialmente mujeres y niños, añade el ministro de Medio Ambiente (no recuerdo el nombre, igual no tienen ni ministro, ni Medio Ambiente)

Cuando la noticia llega a Gaza no saben si llorar o tirarse de un quinto piso que ya no existe.

—Son nuestras costas, maldita sea. Es la gota que colma el vaso, grita un panadero de Jan Yunis.

La población palestina empieza a murmurar algo al unísono. Ya veremos de qué se trata.

El gobierno de Tel Aviv saca un comunicado oficial informando de una tregua, un alto el fuego a cambio de la limpieza integral de sus costas, que no son suyas pero oye, si te he visto no me acuerdo. Territorio que se me mete entre ceja y ceja asquenazí… territorio a la butxaca.

El comunicado destaca que mientras dure la operación “Golda Pellet” no habrá bombardeos indiscriminados a hospitales, escuelas, ni población civil alguna. Que son genocidas pero tampoco tanto. Mire usté.

Y añade el folio A4 que por cada pellet recogido el pueblo palestino recibirá una bolsita de harina para que hagan pan. El pan suyo de cada día, con bien de hummus.

—Hay que llenar la harina de los putos palestinos de esos pellets tóxicos y que mueran como chinches, ha dicho Netanyahu a su gabinete de crisis. Delante del retrato de Ariel Sharon, Golda Meir, Henry Kissinger y Bill Clinton.

—Pero entonces ¿qué hacemos con todas las armas que tenemos?, ¿los pedidos ya realizados a España?, ¿nuestro ejército?, ¿sus nóminas?, apunta el ministro de Ocupación Integral del Territorio Palestino. Un señor con parche en el ojo, con cara de malo.

—Imagínate que los palestinos desarrollan con el tiempo una enzima que neutraliza el efecto de los malditos pellets, con esta gente hay que estar preparado para todo, sentencia Netanyahu, visiblemente cabreado pero encantado de haberse conocido.

—La reconcha de su madre que la reparió mil veces, grita un ministro que debe ser argentino y simpatizante de Bullrich.

Mientras tanto en los cuarteles generales de Hamás (que ni son cuarteles ni son generales) se discute la estrategia a seguir. Éramos pocos y parió la abuela del armador.

Deciden consultar de manera interna al pueblo, el que murmura y siempre acierta.

Tras horas de reflexión y escucha frente a varias jarras de té pakistaní se decide darle bola (nunca mejor dicho) a lo que la gente ha decidido de manera unánime.

Los palestinos hacen cosas.

—Operación Penélope, dice Nadia (con una sonrisa de oreja a oreja). Es escritora e integra el gobierno en la sombra. Salió indemne (por los pelos) de la masacre de Sabra y Shatila. La sombra del cedro libanés es alargada.

Durante varias semanas miles de palestinas y palestinos estuvieron “limpiando” las playas de Israel (que son sus playas) con una meticulosidad palestina.

Trabajando hombro con hombro, centímetro a centímetro. Intifada soterrada.

Por cada pellet incautado con la mano derecha soltaban otro a la arena con la mano izquierda, a la remanguillé.

Al final del día los mandos del ejército sionista no paraban de darse con la cabeza en el Muro de las Lamentaciones (o cualquier pared que encontraban cerca).

—Cada vez hay más pellets… ¿Pero cuántos contenedores se cayeron del barco?.

—Que venga el armador a recogerlos, joder, decía un soldado pertrechado tras un chaleco antibalas tres tallas más grande que la suya, una ametralladora con mira telescópica y un machete Made in Albacete.

—Putos palestinos, no saben limpiar, solo poner bombas, decía un capitán que tenía a gala haber bombardeado un par de hospitales en Gaza y haber dado de lleno en los quirófanos.

Joe Biden, el walking dead presidente de Estados Unidos había dado el visto bueno para la construcción de decenas de fábricas de pellets en Flint, Michigan.

Pedro Sánchez fue el primero en apuntarse voluntario para poner un par de ellas en Ordizia (Gipuzkoa).

—Lo que me pone a mi un arma. Me veo en la OTAN.

Marlaska sonreía.

—Pellets sobre la valla de Melilla, lo veo.

La OTAN no entendía nada. Les suele pasar.

Jens Stoltenberg preguntaba a varios expertos si era posible que con los Eurofighters Typhoon se pudieran lanzar los dichosos pellets tóxicos sobre población civil.

—En Yugoslavia o en Moscú, añadía con cara de asco.

Un asesor apuntó que la solución era perfecta porque como dueño de un perro mastín de los Pirineos la ausencia de ruido durante estos bombardeos era un factor a tener en cuenta. Había que mirar por los perros también. Perros de paja.

—Sudán del sur, Bosnia, Yemen, Níger, Haití, Gaza, Cisjordania, Cuba, Venezuela, China, Brasil, donde haga falta. ¿Habéis oído? Pellets a discreción, fuck, gritaba Stoltenberg a pleno pulmón.

—Yugoslavia no existe, dijo el asesor/siervo/esclavo.

—Shut up, motherfucker.

El mundo se llenó de pellets tóxicos. Nadie tuvo que apretar el botón nuclear. Con el viento, el cambio climático, las DANAS y lo que no son Danas los pellets viajaron en primera clase por todo el planeta dejando un reguero de destrucción.

Murieron millones de vacas, de niños que no sabían lo que era y se lo llevaban a la boca. Murieron millones de animales y humanos, punto.

La crisis de los misiles parecía una película de Miyazaki comparado con la que se estaba liando.

A alguien le había caído un pellet en su colacao o en su descafeinado con leche templada de avena sin lactosa.

Los pellets agujereaban la nube de crema en forma de corazón con la que se decoran los capuccinos en la ridícula Europa.

Te ibas a dormir en Tegucigalpa o Hurones de Castroponce (provincia de Valladolid) y se te caían varios pellets del oído medio, sobre la almohada, rodando hacia tus pies.

La gente veía pellets donde los había y donde no habían aparecido todavía.

Ponga unos pellets en su vida. Yo tengo un pellet en el alma, grande.

El que no se tropezaba y se caía al pisarlos, vomitaba por su consumo indiscriminado.

En Palestina mientras tanto el invento sionista de la harina no había funcionado. De hecho los palestinos habían etiquetado la harina con pellets con el código de barras 871 y la habían introducido en el mercado negro para que acabara en supermercados israelíes.

En medio año no quedaba ni un israelí vivo (si acaso algún intolerante al gluten y al genocidio). Probaron su propia medicina. Sin derramamiento de sangre, salvo alguna o miles de hemorragias internas.

Palestina fue liberada al fin, por un puñado de pellets.

Era una pellet free country, una genocidas free country as well.

Mis amigos Jalil, Rashad, Salah, Ziad pudieron volver a tomarse su té en la puerta de su casa en Jaffa, Jerusalén, Hebrón, Belén y hablaban del frío de Madrid, de los asesinatos de Ayuso, de la ridícula boda de Almeida…

Jugaban al backgammon todos los días a las 5 y dicen que en una ocasión hasta se les vio intentado darle la vuelta a una tortilla de patata con cebolla. En Palestina todo sabe mejor.

Y sí, yo me fui con ellos y con sus familias. Me hice pasar por palestino en la frontera. Nadie sospechó. Solo hay que tener corazón, ser amable y muy guerrero. Guerrero bien.

Les enseñé a jugar al mus. Ellos me enseñaron todo lo demás.


Madrid –

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