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Ronald Reagan recibiendo a los talibanes en 1983 — Wikipedia

¿Quién se acuerda de Afganistán?

Reagan llegó a recibir a una delegación de líderes yihadistas en el Despacho Oval y en su discurso sobre el Estado de la Unión de 1986 lanzó un mensaje a los rebeldes afganos: «No están solos, combatientes de la libertad, Estados Unidos los apoyará» 


Ayer mientras Israel bombardeaba civiles inocentes en Palestina, Afganistán era el epicentro de un nuevo seísmo que se suma al sufrido el pasado fin de semana en el oeste del país. Hasta el momento las autoridades han confirmado más de 2500 muertos y 2000 heridos. Según informó este martes la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), se estima que más de 12.000 personas, incluidas 1730 familias, resultaron afectadas en cinco distritos de la provincia de Herat. ¿Y por qué ya nadie se pregunta por Afganistán? ¿Por qué nadie denuncia la represión que sufre el pueblo afgano? ¿Qué pasó con Afganistán tras años y años de ocupación imperialista? ¿Quiénes son los talibanes que gobiernan hoy el país? ¿Por qué pocos medios hablan de todo esto? ¿Quién denuncia las atrocidades que se están cometiendo contra las mujeres afganas a las que no se les permite salir de casa sin un hombre? ¿Dónde quedó la supuesta lucha por la libertad y la democracia del pueblo afgano?

Os haré un spoiler: todo quedó en papel mojado. Pero empecemos por el principio. El punto de partida lo marca la guerra del Golfo de 1991 donde se establecieron las nuevas reglas del un nuevo orden global, que en el caso de Oriente Medio, se traducía en “refundar” esta región para convertirla en un satélite, una especie de protectorado político-militar de EEUU al servicio de los intereses estratégicos de Israel. Uno de los elementos clave de aquella época que tiene que ver con la correlación de fuerzas, es el dominio absoluto de EEUU que consigue poner en su órbita a regímenes árabes con el fin de garantizarles “estabilidad” a cambio de su apoyo, que en muchas ocasiones se traducía en silencio respecto a la cruzada imperialista que comenzaría pocos años después, marcada por la ocupación de Irak y Afganistán. 

El ataque terrorista del 11-S fue precisamente el que inaugura esa etapa de ocupación por parte de potencias occidentales, fundamentalmente EEUU. Como bien explica la investigadora y experta arabista Gema Martín Muñoz, “la irrupción de los atentados del 11 de septiembre de 2001 va a fortalecer el autoritarismo de los Estados árabes al revalorizarse como baza estratégica para la política de «guerra contra el terrorismo» que la administración Bush inauguraba. Lejos de aunar promoción de la democracia y Estado de derecho con la lucha contra el terrorismo, ha fortalecido las legislaciones abusivas y arbitrarias que, a cambio de plegarse a todos los criterios de Washington sobre el terrorismo y los medios a veces ilegales para combatirlo, son también utilizadas como instrumento de o de represión política y cortapisa a las libertades civiles e individuales”.

Es llamativo el hecho de que EEUU justificara sus intervenciones militares en nombre de una supuesta democracia y libertad, y cuyo objetivo era derrocar a los regímenes totalitarios, que por otro lado fue precisamente EEUU quien más contribuyó en su creación y apoyo. En el caso de Afganistán tanto los talibanes como Osama Bin Laden fueron el resultado de un férreo apoyo, sostenimiento y financiación por parte de la política norteamericana en el contexto de Guerra Fría, donde EEUU jugó activamente la baza del integrismo islámico como moneda de cambio para combatir-disuadir a su enemigo directo: la URSS. 

La retirada ordenada por Biden se tradujo en el ascenso de los talibanes —armados hasta las cejas, con las armas que EEUU abandonaron— que supuso el ascenso de un régimen integrista de mano dura contra su pueblo

Según revelaron documentos desclasificados, investigaciones periodísticas y testimonios de los protagonistas años después, los estrategas de Washington —con Henry Kissinger como protagonista—  buscaban que la Unión Soviética se viera atrapada en Afganistán en un «lodazal» que consumiera vidas, dinero y recursos como el que Estados Unidos había sufrido años antes en la guerra de Vietnam. Es lo que se conoce como “Operación Ciclón”, una de las mayores operaciones encubiertas de la historia de la CIA. Reagan llegó a recibir a una delegación de líderes yihadistas en el Despacho Oval y en su discurso sobre el Estado de la Unión de 1986 lanzó un mensaje a los rebeldes afganos: «No están solos, combatientes de la libertad. Estados Unidos los apoyará». 

A partir de aquí poco más se puede decir. Los 20 años de ocupación por parte de EEUU en Afganistán se tradujeron en el expolio de recursos, en el caos con la excusa de reconstruir el país —un país al que has contribuido activamente en destruir— y finalmente con una retirada rápida en 2021 porque ya no veían en Afganistán ningún incentivo de rentabilidad en términos económicos y geopolíticos. Así de dura es la realpolitik. 

La retirada ordenada por Biden se tradujo en el ascenso de los talibanes —armados hasta las cejas, con las armas que EEUU abandonaron— que supuso el ascenso de un régimen integrista de mano dura contra su pueblo, especialmente contra las mujeres a las que prohíben acudir a las escuelas, conducir, trabajar, vestir como les dé la gana, ir a salones de belleza, salir de casa sin un hombre al lado (sólo pueden salir si lo hacen con un mahram), practicar deporte, subir al autobús con hombres, salir a manifestarse, salir o ser vistas en balcones o terrazas, o elegir libremente con quién y cuándo se casan. Todo esto está ocurriendo a día de hoy en Afganistán donde organismos internacionales como Amnistía siguen denunciando las violaciones de derechos humanos y las vulneraciones cometidas especialmente contra mujeres y niñas. 

Mientras tanto en Europa no queremos hablar de Afganistán, quizás porque se nos cae la cara de vergüenza por haber sido cómplices y haber caído en la trampa del imperialismo. ¿Os acordáis de la famosa foto de Aznar con Bush en las Azores? Y de eso nadie ha pedido perdón, ni se espera que nadie lo haga. Malos tiempos para la democracia, ayer y hoy. Lo único que nos queda es la esperanza de imaginar un mundo más justo y pelearlo. Eso y equilibrar la balanza. 


Madrid –

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