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Cole Keister — Unsplash

Régimen de guerra colonial sin trabas

Pongamos que existe una variante de la razón capitalista que es la razón democrática, a la que incluso las dictaduras tendrían que plegarse retóricamente


Cuando en nombre de la razón democrática se hace todo lo contrario de lo que esta prescribe, tarde o temprano se produce un colapso del sentido de las palabras y de su traducción en comportamientos de obediencia, de protesta o impugnación, dentro de la razón democrática. Si, como dice Chantal Mouffe, el proceso democrático vive en y del antagonismo contra sus enemigos y en y del agonismo interno entre los demócratas, cuando la razón democrática es sustancialmente autoritaria, colonial y equiparable al fascismo, entonces son el antagonismo y la guerra los procesos dominantes también dentro del proceso retórica y procedimentalmente democrático. 

Es lo que estamos viviendo desde los años entresiglos. Entre 1945 y 1991 vivimos el esplendor de esa razón democrática, sostenida por antagonismos de clase, raza y género y entre los sistemas de estados de la Guerra Fría y del mundo postcolonial, antagonismos que se trataba de reconducir a agonismos democráticos. El final de la URSS y del mito maoísta son la causa principal de la implosión de la razón democrática. En el derecho público y las relaciones internacionales, el sistema de las Naciones Unidas ha sido la expresión más lograda de la razón democrática. 

Sería ingenuo o muy hipócrita pretender que esta captura colonial de la tragedia judía a expensas del pueblo palestino no tuviera sus consecuencias en el lenguaje, sus usos, significados y efectos prácticos.

Sin embargo, la victoria del capitalismo neoliberal y neocolonial ha destruido el valor práctico de la razón democrática. La terapia de shock en los países del “socialismo real”, prescrita para destruir todo resto de resistencia a la instauración brutal de una capitalismo oligárquico, creó el terreno fértil en el que prosperó el régimen imperialista y revanchista de Putin, como antes había fecundado el fascismo balcánico que destruyó la Federación yugoslava. El golpe imperialista de la presidencia Bush tras el 11S es el factor determinante del crecimiento del fascismo wahabita en Asia Menor, Oriente Medio, el Magreb y el Sahel.

Pero si buscamos una enfermedad mortal de la razón democrática desde la Segunda Guerra Mundial, tenemos que encontrarla en Palestina. Desde el último cuarto del siglo XIX vemos algo más que una correlación entre las crisis de la primera mundialización capitalista, las guerras coloniales y mundiales y el crecimiento del antisemitismo en todos los puntos cardinales de Europa y Estados Unidos. En la diáspora judía occidental hubo dos reacciones principales a la violencia antisemita: la primera fueron el socialismo y el comunismo, desde la Liga de los Comunistas, el International Jewish Labor Bund, al fundamental peso judío en la crisis de la Segunda Internacional y el movimiento comunista internacional. La cuestión judía se convierte en cuestión de la humanidad y de su liberación del yugo capitalista y colonial: no tiene más “solución” que la emancipación universal. La otra fue el sionismo, como proyecto de “solución” de la cuestión judía. Bien es cierto que ha habido y sigue habiendo una izquierda sionista, pero, como repite siempre el historiador y activista israelí Ilan Pappe, entre universalismo socialista y democrático y sionismo como proyecto colonizador hay un oximoron fatal.

Casi nadie atiende a lo siguiente, que me parece la verdad histórica profunda de la situación dantesca en Palestina, en Ucrania, en el Sahel y en el planeta entero: la ferocidad capitalista contra las revueltas y revoluciones del bienio rojo de 1917-1919, desde España a Moscú, no solo crearon ese ADN recombinante de las peores tradiciones reaccionarias y las máquinas de guerra que es el fascismo, sino que abrieron las compuertas de la Shoah, de la aniquilación de 6 millones de judíos europeos. Que la colonia acarrea exterminio es algo que el Reino de España alberga entre los numerosos cadáveres de su armario. Pero la modernización de la movilización total capitalista y de las máquinas de guerra industrializa el exterminio, el campo de concentración y la limpieza étnica. En las condiciones de la derrota y la degradación de la revolución socialista occidental y de la URSS respectivamente, la Shoah supone la aceleración del compromiso sionista con las potencias coloniales: solucionaremos el “problema judío” mediante la creación de un estado étnicamente homogéneo o al menos mayoritariamente judío. La única solución para su constitución y sostenibilidad era la limpieza étnica de la población palestina, musulmana y cristiana.

Al mismo tiempo, en el proyecto sionista hay un intento de asimilación occidental y blanca de la diáspora, es decir, una variante sionista del antisemitismo. Como sabemos, en los escritos del considerado padre espiritual del sionismo, Theodor Herzl, aparece una dicotomía entre el “Yid”, el judío ashkenazi popular de la diáspora, que habla yiddish y que corresponde a algunos de los rasgos de la propaganda antisemita, y el “Jude”, el judío que es una persona normal, como los demás blancos. Este compromiso supremacista se tradujo en lo que Ilan Pappe, siguiendo al antropólogo e historiador australiano Patrick Wolfe, ha llamado un “settler colonialism”, es decir, un colonialismo emprendido por las minorías perseguidas en Europa, en este caso la diáspora judía que escapaba del siempre creciente antisemitismo en Europa que culmina con la Shoah. Conocemos las características de este colonialismo: el colono oprime y expulsa a los nativos, a los que convierte en “inmigrantes” en su propia tierra, en animales encima de un suelo que no les pertenece. A veces con la colaboración de la metrópolis colonial, como en el caso del Imperio Británico, que favoreció descaradamente a los colonos, como sucedió durante la revuelta palestina de 1936-1939, y otras veces en contra de la metrópolis colonial, como fue el caso de los atentados mortales indiscriminados antibritánicos del ultraderechista Lehi de Isaac Shamir durante la década de 1930 y, tras el Voto de Partición de la ONU en noviembre de 1947, de todos los grupos armados sionistas: el citado Lehi, el Irgun, Haganah y su grupo de élite, el Palmach. En el “settler colonialism” no hay creación de un estado nación homogéneo sin limpieza étnica. Y tal es la historia de Palestina, en 1948, 1967 y, desde los Acuerdos de Oslo, con el pleno despliegue de un apartheid legal y espacial incomparablemente peor que el sudafricano y la conversión de la franja de Gaza en el mayor campo de prisioneros a cielo abierto de la historia de la humanidad. 

Sería ingenuo o muy hipócrita pretender que esta captura colonial de la tragedia judía a expensas del pueblo palestino no tuviera sus consecuencias en el lenguaje, sus usos, significados y efectos prácticos. Como lo sería pensar que la imposición del anticomunismo como sinónimo de un credo democrático no iba a tener consecuencias. O la derrota de los nacionalismos árabes progresistas y en general de los movimientos anticoloniales. Las transformaciones del capitalismo y de los lenguajes son inseparables, no podemos entender las unas sin las otras. Y así hoy vemos cómo, en nombre de la razón democrática, antisemitas luchan contra antisemitas; cómo se aceptan y promueven genocidios para evitar genocidios; cómo fascistas luchan contra otros fascistas en nombre del antifascismo. Escuchar a Joe Biden o Anthony Blinken respaldando actos de genocidio en nombre de la memoria de la Shoah nos habla de la profunda identidad de la razón capitalista, de Putin, Biden, Trump, Bibi, Al Sisi o Bin Salman, unidos en la guerra, la anexión, la matanza y el genocidio justos. La pretensión de que la existencia del estado colonial de Israel, que cuenta con el apoyo absoluto de la UE, la OTAN, de India y de la aquiescencia del amigo Putin, y que además, para ir al grano, cuenta con el arma nuclear, está amenazada seriamente, es otra variante de la propaganda de guerra que ha destruido completamente la esfera pública desde principios de siglo, pero casi definitivamente desde la invasión rusa de Ucrania.

Qué mejor noticia para Putin que su gran amigo Bibi Netanyahu cometa una matanza genocida con el apoyo tanto de Joe Biden como de Trump, de Volodimir Zelenski como de Ursula von der Leyen. La matanza masiva, la limpieza étnica y el genocidio son ahora la principal operación capitalista, la que abre mejores posibilidades y ocasiones de inversión, de extracción, de expropiación, la que garantiza el crecimiento del plusvalor global, la transición a las renovables y la supremacía blanca en el planeta. Mención especial merece la casi totalidad del personal político, periodístico y estatal alemán, corazón y destino de la UE. El estado heredero de los victimarios de la Shoah apoya todos las matanzas, limpiezas étnicas y genocidios que cometa o pueda cometer el estado de Israel. Su antisemitismo, inscrito en la constitución misma de la nación alemana, vive ahora de satisfacciones desplazadas: el genocidio de judíos les está vedado completamente, pero su antisemitismo puede encontrar satisfacción en el apoyo o la participación en la matanza, la limpieza étnica o el genocidio de palestinos, kurdos, armenios y de millones de africanos. La diferencia entre Von der Leyen y Adolf Hitler es la que existe entre dos rectas asintóticas: terminarán convergiendo, pero para entonces todas habremos muerto; y otro tanto podríamos decir de la diferencia entre Macron y Pétain o su variante contemporánea, Marine Le Pen. 

Por cierto, ¿quién es Pedro Sánchez? ¿Quién es ese apuesto y simpático presidente de turno del Consejo europeo? Otro colaborador, por acción y omisión, de la nueva matanza genocida en Gaza y de la probable extensión de la guerra en Oriente Medio. ¿Qué es la izquierda europea atlantista y portadora en su rostro del bótox de la razón democrática, ahora bélica, supremacista y colonial? Solo basura inservible, refugio de clases medias propietarias y arrimadas a la administración pública, paralizadas entre la vergüenza y el miedo cómplice hacia las clases subalternas racializadas, animalizadas. 

Uno es un idiota, sin razón, desde que en la invasión rusa de Ucrania no vio solo una agresión imperialista del Kremlin contra la mayoría del pueblo ucraniano, sino el estallido de contradicciones entre el revanchismo ruso y el imperialismo occidental bajo el mando estadounidense, así como una clara caída en la “trampa de Tucídides”, en la profecía autocumplida de la guerra, contra la posibilidad de una hegemonía china en el sistema mundo. Uno es un idiota, sin razón, cuando ve en la pasión de la guerra la mejor atmósfera para el crecimiento de los fascismos renovados. Cuando ve que se instaura a marchas forzadas un régimen de guerra en la vida política y pública que destruye los mecanismos democráticos en Occidente y el mundo. Y que convierte a la izquierda en un enemigo o en un pelele. Uno es idiota cuando dice que la relación entre el régimen de guerra y un poder capitalista que se enfrenta a la finitud y la resistencia de ecosistemas, cuerpos y mentes, es una relación íntima y esencial. Solo los idiotas nos oponemos a la matanza interminable en Ucrania y a la masacre y la limpieza étnica en Gaza y quizás en toda Palestina. La paradoja es que los idiotas tenemos razón. De nuestra resistencia nace una razón, práctica y común, anticolonial y antifascista, inevitablemente comunista. Son idiotas sin razón las activistas de derechos humanos que hacen lo imposible por impedir la masacre en Gaza o en Ucrania, o quienes se manifiestan desde la impotencia en las calles, contra la prohibición legal o la amenaza policial, para decir que se está legalizando un acto genocida, otra vez, en Palestina. Lo hacen sin pensar, sin la razón, porque hoy la razón democrática nos obliga a apoyar las matanzas de unos y otros. 

De nuestra común idiotez tiene que nacer un nuevo ciclo de luchas que acometa con éxito el nexo inextricable entre paz y revolución, entre sabotaje de la guerra y el genocidio y poder constituyente mundial. El ciclo global de 2011 nos presentó la capacidad destituyente de multitudes incontrolables, de Túnez a Madrid, de Nueva York a Damasco, de Estambul a Tel Aviv. Pero fracasó en lo que hoy es una tarea impostergable: la expropiación de los expropiadores de vidas y ecosistemas; la neutralización y procesamiento de los criminales de guerra imperialistas y coloniales, la construcción de la paz mundial mediante el reparto de la riqueza, la destrucción de las fronteras coloniales y la salida del capitalismo para salvar ecosistemas en los que pueda prosperar la vida de todos los humanos del planeta. No hay otra manera de evitar gazas, ucranias, ruandas, armenias. Ni otra manera de evitar que Europa viva, más temprano que tarde, otros fastos coloniales y fascistas en los que solo kapos, mayorías silenciosas y colaboracionistas tendrán opciones de sobrevivir. 


Madrid –

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