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Gabriel Luengas / Europa Press / ContactoPhoto

Somos la memoria que tenemos

La memoria democrática es un fundamento de nuestra identidad democrática. No es humano y afecta a la cultura democrática pasar página sobre el sufrimiento de miles de personas


No parece que haya una muy buena aleación entre las materias que configuran el actual ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática. Lo digo porque en un territorio de esta España nuestra, el la comunidad aragonesa, el gobierno autonómico de derecha extrema ha decidido derogar la Ley de Memoria Democrática y retrotraer a los aragoneses al tiempo de silencio en que ese gran cementerio clandestino de víctimas del franquismo que sigue siendo nuestro país era un ámbito de olvido sobre el que discurrieron muchos años de nuestra reciente historia democrática.

Así las cosas, leímos hace unas fechas, transcurrido casi medio siglo desde el fallecimiento del dictador y más de veinte años desde que los nietos de las víctimas iniciaron la búsqueda de sus abuelos a través de las asociaciones memorialistas, que Ángel Víctor Torres, ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, visitó Vitoria recientemente, dos días antes de que se cumplieran 48 de  los asesinatos de cinco obreros por disparos de la Policía Armada el 3 de marzo de 1976, para hacer una ofrenda floral en memoria de las víctimas.

Desconozco por qué el ministro no acudió a hacer esa ofrenda ante la lápida que recuerda el hecho en el barrio de Zaramaga el mismo 3 de marzo, acto al que acudieron miles personas este año. Presumo que prefirió adelantarse para evitar una presencia oficial con tanto retraso en el acto público masivo, que quizá hubiese contado con algunas manifestaciones de reproche por no acordarse antes de Pedro Martínez Ocio, Francisco Aznar, Romualdo Barroso, José Castillo y Bienvenido Pereda, los cinco trabajadores que fueron asesinados cuando la policía disolvió una asamblea en la iglesia de San Francisco de la ciudad alavesa y que causó también un centenar de heridos.

«Encantado de ser el primero. Mi obligación como ministro es acudir a sitios donde se produjeron hechos deleznables y estar con las víctimas», declaró en una entrevista a ‘La ventana Euskadi’ de la Cadena SER el señor Torres. Que él haya sido el primer ministro de un gobierno democrático en acudir a ese lugar, casi medio siglo después, no es como para sentirse muy a gusto con un régimen en el que suceden cosas tan anómalas y preocupantes para el porvenir de este país como que en uno de sus territorios un gobierno autonómico haya derogado la Ley de Memoria Democrática aprobada por el gobierno de España.

¿Qué será lo próximo?, ¿una derogación similar en otra comunidad autónoma bajo otro gobierno de la derecha extrema que así lo considere?, ¿que haga de la ley papel mojado un gobierno de España del mismo cariz ideológico cuando acceda a La Moncloa? , ¿ir de culo marcha atrás hasta quedarnos sin esa memoria que constituye el aliado fundamental de nuestra identidad democrática? Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir, escribió José Saramago. También dijo en una conferencia que se titulaba De la sombra a la luz que no es humano pasar página sobre el sufrimiento de miles de personas.

En no haber cultivado la memoria cívica y democrática está uno de los fracasos del periodo histórico que vivimos. De ello hay indicios varios, entre ellos el I Informe Jóvenes y Género. La (in)consciencia de equidad de la población joven en España, realizado entre jóvenes de 15 a 29 años. Un 56 por ciento defiende posiciones «machistas», frente a un 44 por ciento que defiende posiciones «conscientes y equitativas», si bien hay que destacar que entre estos últimos casi un 65 por ciento son mujeres.


Madrid –

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Editorial

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