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Sonrisas a quemarropa

Mi querido Antonio es un hombre menudo de sonrisa amplia. A sus ochenta y tantos ha conseguido tras muchos meses de lucha un alquiler social asequible, un contrato indefinido donde poder envejecer con su mujer y jugar al dominó con sus nietos. Cómo le sonríen


Roberto Fontanarrosa le deseaba a su hijo que cuando entrara a los lugares la gente sonriera al verle. Aunque fuera al desahucio de un amigo, supongo.

Algo tan sencillo, tan inalcanzable. Y no hay lugar donde comprarlo. La sonrisa automática, el desahucio sí.

Viene de fábrica o se gesta en las llanuras de Rivendell mientras tus padres (y madres) escuchan a Miles Davis (en directo).

Hay incluso gente a la que le parece una auténtica chorrada. Gente que dejaría sin herencia al hijo de Fontanarrosa porque le sonríen al entrar en un bar, en una fosa común, o en la calle donde van a desahuciar a su amigo Dani.

Los fondos buitre de la vida no soportan esa sonrisa que se dibuja cuando alguien diferente aparece en escena. A quién no le gustaría conseguir un alquiler social en esa sonrisa, contrato indefinido.

La Sareb de la vida te quiere poner en tu sitio. El sitio de siempre. El sitio de su recreo. Enfurruñados nos quieren, sin esperanza, con trampa y con cartón. Sin hacer mucho ruido. En la esquina del cuadrilátero, mordiendo la lona.

Gente que dice que viene a cambiarlo todo sabiendo que no va a cambiar nada, salvo lo que te ordenen los de siempre. Cambian el color del logotipo, el cuerpo de letra, el nombre y perpetúan la ausencia de alma. Sin alma no hay sonrisa que valga.

Pueden romper diciendo que están uniendo y hasta pueden creerse la última Pepsi en el desierto, pero si al entrar en un lugar la gente no sonríe… date por amortizada.

Torres más altas han caído. Lehman Brothers que estás en los cielos, el pan nuestro de cada día quítanoslo hoy.

Dame tipo de interés alto que tengo que dejar de sonreír.

Pueden machacar al que creen más débil (que no lo es), despreciar (por desprecio a su propia forma de vida) al que creen más sabio e incluso darle el tiro de gracia si se tercia.

Nos quieren fuera. Ni siquiera en la calle, más allá.

Esta gente a la que nadie sonríe es la que se pone delante del pelotón de fusilamiento. Las tapias de sus cementerios están repletas de sonrisas a dos metros bajo tierra (six feet under).

Nunca nadie les va a sonreír cuando lleguen a los sitios. Porque son una sota de bastos ambulante.

Sus nietos no les irán a ver a la residencia, ni siquiera sus hijos. Les pagarán con la misma moneda que pagan ellos ahora. Sonrisas criogenizadas. Bájame los párpados y séllame la boca. Me han desahuciado de todo.

Solo se vuelcan en los velorios, en el concurso de plañideras. Lo dan todo, que en el fondo es nada. Cero Profidén.

Solo piensan en ellas, en ellos. Todo lo que hacen es bajo la alargada sombra del yo, mi, me, conmigo. Aburren a las ovejas y duermen a las cabras.

Os pensaréis que me refiero a una persona o dos, pero no, me refiero a muchas. Todas cortadas por el mismo patrón. Sí, digo patrón. No marinero.

¿Quién maneja su barca? Los de siempre.

A esta gente solo les desahucian cuando se quedan solos al final de sus vidas y les entra la llorera como a Franco dándole el pésame a la viuda de Carrero, Blanco. Como su culo.

Se dan cuenta tarde y mal que nunca nadie les sonrió al pasar y que les ponían los atunes de la vida ya pescados para que pareciera que los habían pescado ellos (y ellas). La ley del mínimo esfuerzo emocional. El valle de nuestros caídos, o más bien empujados.

Es una mezcla de narcisismo, de “yo no pido perdón ni aunque me cuelguen” y de estupidez absoluta.

No dan una a izquierdas. Puede que les sonría la vida, pero no la gente.

Por eso os tengo que hablar de Antonio y el camión de su padre (que realmente no era de su padre).

Mi querido Antonio es un hombre menudo de sonrisa amplia. A sus ochenta y tantos ha conseguido tras muchos meses de lucha un alquiler social asequible, un contrato indefinido donde poder envejecer con su mujer y jugar al dominó con sus nietos. Cómo le sonríen.

Antonio sigue yendo a parar desahucios porque estará eternamente agradecido a la PAH y al Sindicato de Inquilinas.

El otro día se presentó en el desahucio de Dani en Vallecas (Madrid) a las seis de la mañana.

No son horas.

—Willy te invito a desayunar, llevo una hora deambulando por el barrio, no sé cómo va el GPS de mi móvil, estoy agotado.

Llegó a preguntarle a una chica por la dirección: ¿Calle Sierra de Llerena? Y la chica salió asustada. ¿Qué hace un señor parándome a estas horas de la mañana?, pensaría.

Otra sota de bastos.

De las pocas veces que no le sonríen a Antonio.

Churrería Pinilla, desde 1934. Un rincón republicano entonces que permaneció abierto cuando caían las bombas de Franco sobre este barrio obrero. Los fondos buitres pilotaban Junkers.

—Yo me como una porra, Willy, y un chocolate.

Pido cuatro porras, he dormido dos horas. Nos invitan a rebajar el chocolate a la taza con un poco de leche, es una bomba. 

Antonio deja media porra y se la ofrece a las compañeras de la PAH que están sentadas en la mesa de al lado. Le sonríen.

Yo me como tres. Estoy en edad de seguir creciendo y que también me sigan sonriendo al entrar en los sitios.

Cuando volvemos al desahucio de Dani, le pregunto a Antonio por qué es tan solidario, de dónde sale tanto cariño.

Mientras subimos la cuesta me lo explica, me habla de su padre: Lucio.

De cómo un día de septiembre de 1936 alguien desde un camión lleno de milicianos le dijo: —¿Compañero te subes?, vamos a parar a las tropas de Mola en la Sierra de Guadarrama—.

El padre de Antonio iba en mangas de camisa (no llevaba ni su morral)  y se subió a ese camión sin pensárselo dos veces. Sonriendo.

Desde el frente le mandaba a su mujer (embarazada de Antonio) bocadillos que llegaban totalmente podridos.

Cuando aparecían en el hogar familiar no se sabía exactamente lo que era. Pero sonreían, agradecían el esfuerzo. Aunque en esa época los desahucios se multiplicaban en cada esquina.

Ya entiendo el tesón y la dedicación de Antonio a las causas justas. Su deambular perdido por Vallecas a las seis de la mañana, con su gorro de lana color verde miliciano y esa sonrisa que se le pone a él también cuando va llegando a un desahucio, a una acción contra el capitalismo feroz.

Esa sonrisa recíproca. Sonrisa a quemarropa. De esas que no se venden en ningún ultramarinos. Porque cuando dobla la esquina y se sitúa delante del portal donde va a ocurrir el inminente desahucio a Antonio le sonríe todo el mundo.

—A mí se me ha solucionado todo pero a ellos no, tengo que estar aquí.

Antonio y su media porra en el estómago se ponen en la primera fila para parar el desahucio de Dani, agarrado a dos amigas (Angelines y Asun).

Serán los primeros en recibir los empujones de los miembros de la UIP, los robocops.

Por suerte el día nos sonríe a todas. Se retrasa el desahucio tres semanas. Dani respira, Antonio también. Igual se hubiera tomado esa media porra. Mecachis.

Unos días después me encuentro cenando con mi amigo Paco (y más gente bonita). Otro Antonio de la vida.

Su padre estaba en la Ciudad Universitaria en el 38 cuando un comandante pide 210 voluntarios para ir al frente de Aragón.

Se apuntan 199, faltan 11.

El capitán decide elegirlos a dedo. Y sí, le toca al padre de Paco.

De esa compañía solo salieron vivos de la batalla de Gandesa tres. Uno de ellos, como imagináis, fue el padre de Paco.

Una frase resuena todavía en el hipotálamo de mi amigo. —Hijo, nunca te apuntes voluntario, a nada.

Y yo añadiría: —Hijo, que cuando la gente te vea entrar en un sitio, sonría, voluntariamente.

Y a Paco también le pasa.

A otros no, ni a otras. Nunca.

Hay gente que entra en los lugares y es invisible. Las sonrisas pasan de puntillas por ellos.

Y se preguntan el porqué.

Porque venís a lo que venís, a hablar de vuestro libro, al “¿qué hay de lo mío?”. Trepando que es gerundio.

Gente que siempre está barriendo para casa, y nunca se moja por los demás.

De esos que cuando llegan al frente de Gandesa de la vida se han quedado solos porque no les aguanta nadie. Y no sobreviven. Sin sonrisas no hay nada que hacer.

Porque quedan muchas batallas del Ebro por librar, muchos Belchites por descubrir.

Cuando vengan mal dadas se acordarán del insultante papel en blanco que le mostraron al “enemigo” con quien no querían ni negociar. Era la nada. Nada de nada, como decía Cecilia.

Al “enemigo” ni agua. Y sin agua puedes aguantar vivo tres días, creo.

Por eso cuando Antonio vuelva a intentar parar otro desahucio, la gente le volverá a sonreír en el momento en que doble la esquina y entre por la calle. Y Paco también sonreirá desde su sofá.

Yo creo que en el fondo Antonio no se ha bajado todavía del camión al que se subió su padre en ese septiembre del 36. Ni falta que hace.


Madrid –

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