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Un comentario al discurso de fin de año del presidente de la República italiana

En sus palabras, sobre lo que está ocurriendo en Palestina hay, sencillamente, una «reacción» algo excesiva por parte de Israel al terrorismo de Hamás


«¿Qué primer ministro electo podría hacer esto?» —se pregunta un antiguo diputado de Forza Italia, ahora en las filas del partido centrista Azione, comentando la lluvia de aplausos que recibió el presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, a raíz de su discurso de Nochevieja.

Desde Giorgia Meloni, que se apresuró a llamarle por teléfono para comunicarle su «pleno acuerdo» con el discurso, hasta Elly Schlein, secretaria general del Partito Democratico, que señaló que «el presidente ha reafirmado los valores y principios de la Carta Constitucional […] la paz y la justicia social, para el progreso y la afirmación de la democracia»; desde el líder del M5S, Giuseppe Conte, que calificó el mensaje de «estímulo inequívoco para cambiar las cosas, a no resignarnos. No podemos sino acoger con satisfacción el llamamiento a no acostumbrarnos al horror de la guerra y a trabajar, inmediata y urgentemente, por la paz», al viceprimer ministro y secretario de la Lega Italiana, Salvini: «el presidente ha hablado con claridad sobre la paz y sobre la lucha contra todas las formas de terrorismo»; desde Matteo Renzi, ex primer ministro del PD y ahora líder de la centrista Italia Viva, que agradece sus «palabras de humanidad», a Nicola Fratoianni, secretario general de Sinistra Italiana, que literalmente se felicita: «¡Gracias presidente! Un discurso extraordinario».

16 minutos de discurso de Mattarella y ni un solo político o periodista ha sido capaz de esgrimir una sola crítica.

Y sin embargo, en una Italia en la que todos parecen haberse convertido en nuevos Don Abbondio, aquel personaje de Los novios de Manzoni —»Si uno carece de valor, no puede dárselo a sí mismo”—, se vuelve enormemente necesaria una mirada crítica, empezando por dos de los temas más citados de su mensaje a los italianos: la guerra y la juventud.

Mattarella colocó el tema de la violencia en el centro de su discurso, empezando —con razón— por la «violencia de las guerras». No podían faltar las referencias a lo que «vemos en Ucrania, invadida por Rusia, para someterla y anexionarla». E inmediatamente después a lo que está ocurriendo en Gaza: «el espantoso salvajismo terrorista de Hamás el pasado 7 de octubre contra cientos de niños, mujeres, hombres y ancianos indefensos de Israel. No hay palabras para calificar semejantes atrocidad y falta de humanidad».

Hubo también una mención a los ataques de Tel Aviv: «la reacción del gobierno israelí, con una acción militar que también provoca miles de víctimas civiles y obliga a una multitud de personas en Gaza a abandonar sus hogares, rechazada por todos». Palabras que fueron recogidas y citadas por varios «parlamentarios progresistas» para ensalzar el mensaje del Jefe del Estado.

Sin embargo, las palabras de Mattarella sobre lo que está ocurriendo en Palestina coinciden plenamente con lo que Biden y su administración llevan diciendo desde hace semanas: en Gaza no hay masacre alguna, ni mucho menos genocidio. Ni una «catástrofe humanitaria», ni un «cementerio de niños», palabras utilizadas por el secretario de la ONU, Antonio Guterres. Hay, sencillamente, una «reacción» algo excesiva por parte de Israel al terrorismo de Hamás.

Conforme a esta lectura, los 100 periodistas palestinos asesinados y los más de 130 funcionarios de la ONU muertos desde el 7 de octubre no pueden ser más que el resultado de una «defensa excesiva». Los 30.000 palestinos muertos por las bombas y la artillería de las IDF (Fuerzas de Defensa Israelíes), los miles de mujeres y niños a los que se les ha arrebatado el futuro, serían efectos colaterales de una guerra que a pesar de todo es justa.

A continuación, Mattarella habló sobre las manifestaciones de violencia en otros terrenos. Desde la violencia contra las mujeres a la rabia que crece en las periferias urbanas, pasando por la inseguridad en el trabajo. En cada pasaje hay un rasgo común: todos los fenómenos tienen una raíz común, de naturaleza principalmente cultural. De esta suerte, se pondrá fin a las guerras dando paso a «la cultura de la paz. A la mentalidad de paz. […] Construirla significa, en primer lugar, educar para la paz”. Se pondrá fin a la violencia machista enseñando sobre todo a «los más jóvenes» que «el amor no es egoísmo, posesión, dominación, orgullo mal entendido», sino «don, gratuidad, sensibilidad».

En el discurso de Mattarella no hay lugar para una dimensión estructural, no se da cuenta de las relaciones de poder que subyacen a la violencia. A fin de cuentas, si la guerra «surge de lo que hay en el alma de los hombres», la paz es cosa de curas o, en el mejor de los casos, de maestros.

Asimismo, cuando se aborda la cuestión de la juventud, se hace más hincapié en una moral destinada a restaurar los valores perdidos que en ofrecer respuestas a un malestar creciente que se manifiesta de múltiples formas. El Presidente de la República constata una desorientación, cuando no una ajenidad de los jóvenes «hacia un mundo que no pueden comprender y cuyos cursos y comportamientos no comparten. Una desorientación que nace de ver un mundo que desoye sus expectativas».

¿La solución? Para Mattarella pasa por «la participación activa en la vida civil. Empezando por el ejercicio del derecho de voto». Para definir el camino a seguir, el voto libre es lo decisivo. No responder a una encuesta o estar en las redes sociales».

Lo que Mattarella finge no entender es que la disminución de la tasa de participación activa de los jóvenes está intrínsecamente ligada a esa desorientación y ese alejamiento que él mismo denuncia. En cierto modo, es su efecto. De tal suerte que una invitación moralista a la participación —entendida entre otras cosas principalmente como voto y por lo tanto en términos restrictivos— se antoja casi una tomadura de pelo.

Si nos encerramos en nosotros mismos, si los estados de ánimo cada vez más típicos de amplios sectores de la población —y no solo de los jóvenes— son la ansiedad, la angustia y la resignación, ello se debe a que la flecha de la historia se ha quebrado y el futuro no solo no se presenta claro en absoluto, sino que parece anunciar únicamente peligros y caídas y no transformaciones positivas.

Se nos lleva prometiendo una mejora constante desde hace décadas, con tal de que asumamos los valores, principios y comportamientos de la sociedad del capital (estudiar, trabajar sin mirar el reloj ni la nómina, competir), pero hoy nos encontramos en la época del derrumbe de lo que se ha revelado como una ilusión. Con el agravante de una crisis de hegemonía en la que las clases dominantes, en el ámbito planetario, se muestran incapaces de sustituir la vieja visión con una nueva. Mientras tanto, a las clases subalternas les cuesta construir su propia visión, atrapadas en un eterno presente en el que la dimensión estratégica solo deja paso a expedientes tácticos sin aliento.

De esta dimensión, tan estructural como subjetiva, Mattarella no dice nada. Y no por maldad, sino porque «no puede entenderlo», porque es un referente de un viejo mundo que desaparece sin que aparezca uno nuevo en el horizonte.

A modo de resumen, el discurso de fin de año de Mattarella no es el mensaje intachable de un Jefe de Estado ilustrado, sino una lista de palabras vacías o, en el mejor de los casos, de buenas intenciones que irán cayendo con el paso inexorable de las semanas.

Si se quieren reducir los homicidios en el lugar de trabajo, no bastan los llamamientos, sino la organización política y sindical de los trabajadores y trabajadoras para obligar a los empresarios a respetar las normas de seguridad y librar una dura batalla contra la precariedad, que se traduce en beneficios para ellos e inseguridad para nosotros.

Si se quiere que haya vivienda pública para las clases trabajadoras y las y los estudiantes de nuestro país, se tiene que luchar contra quienes —desde la derecha y la izquierda— confían a la iniciativa privada la satisfacción de una de las necesidades primarias, la de un techo, y destinan el dinero del PNRR a engordar a los caseros antes que a dar respuesta a las necesidades populares.

Si se quiere que “feminicidio” deje de ser la palabra del año (como ha dictaminado la enciclopedia Treccani para el año 2023), no basta con un lenguaje más correcto ni con una (más bien vaga a día de hoy) educación sentimental: hay que subvertir las relaciones de poder en el cuerpo de la sociedad.

Porque lo que hace falta no es una mera inspiración ética, ni una religión cívica de los buenos sentimientos, sino política.


Traducción: Raúl Sánchez Cedillo

Madrid –

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