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Pedro Sánchez y Margarita Robles — Eduardo Parra / Europa Press

Una de jueces y espías

El capo de los jueces, que lidera una banda togada ilegítima desde hace cinco años, amenaza públicamente al presidente del Gobierno español


He escrito alguna novela de espías. Si te tomas la molestia de documentarte un poco, es un género muy agradecido: el lector enseguida se te hace cómplice, y puedes ir forzando la verosimilitud hasta caer en exageraciones inaceptables en cualquier otro género.

La razón de esta credulidad impúdica del lector de novelas de espías es fácilmente explicable. Ha ojeado los periódicos de ayer y de anteayer, y sabe que los espías verdaderos son mucho más inverosímiles y burdos que los que pueda conjeturar la más lisérgica fantasía literaria.

Estamos viviendo estos días en España una trama que ratifica mis más que sabias observaciones.

El capo de los jueces, que lidera una banda togada ilegítima desde hace cinco años, amenaza públicamente al presidente del Gobierno español. No arranca mal el argumento.

El anticonstitucional presidente en funciones del Consejo General del Poder Judicial, Vicente Guilarte, ha exigido a Pedro Sánchez que se doblegue a sus exigencias para “evitar una confrontación, que lo sería, entre los poderes del Estado”. Cuando dijo ‘que lo sería’ fue cuando dio más miedo.

Yo no sé a vosotros, pero a mí me suena a extorsión. Un alto magistrado asusta al premier con soltar el collar del mastín judicial y azuzarlo contra el caniche ejecutivo. ¿Con qué asuntos puede “confrontar” el judicial con el ejecutivo? ¿Con acusaciones sobre qué? ¿Con qué pruebas y dónde se “confrontará”? ¿En un tribunal donde sentará a Sánchez por el bien de España? Porque imagino que el ilustre togado no estará pensando en una confrontación a hostias.

El airado Guilarte exige a nuestro legendario guapo, a la sazón también presidente democrático de España, que el Gobierno no desclasifique los papeles, escuchas y huelebraguetazos del Centro Nacional de Inteligencia sobre inocentes independentistas catalanes.

Parece ser que a Guilarte le causa pavor que los españoles podamos saber de dónde salieron las órdenes para espiar a los indepes. Qué jueces, policías, agentes, empresarios, ministros, constructores, inversores, especuladores, compiyoguis y, quizá, también lectores del Marca, escuchaban, descifraban e, incluso, pudieron utilizar la intimidad de los pinchados para masturbarse.

Porque Pegasus es el sistema de espionaje total. Puede activar tu cámara y tu micrófono cuando quiera. Acceder a tus cuentas y tus claves. Hacer pantallazos a los poemas que escribes de noche. Saber siempre dónde estás, por mucho que desactives. Grabar el sonido y la luz de tus amores prohibidos con un solo click. Oírte y mirarte en el váter cuando lloras, si eres de los que se llevan el teléfono al váter.

Todos somos vulnerables. Se lo pueden hacer a un presidente de Gobierno en su teléfono ultrasecreto. Y se lo han hecho. Al nuestro. Se lo pueden hacer a millones de ciudadanos simultáneamente por el mismo precio (o casi). Y eso a este espía le preocupa un poco más. Imaginaos que las marcas comerciales pudieran chantajearnos con nuestros secretos íntimos para que hiciéramos publicidad gratis de su firma en redes.

Pegasus es el sistema de espionaje total. Puede activar tu cámara y tu micrófono cuando quiera. Acceder a tus cuentas y tus claves. Hacer pantallazos a los poemas que escribes de noche. Saber siempre dónde estás, por mucho que desactives

A Pedro Sánchez y a Margarita Robles (ministra de Defensa y por tanto jefa de los espías españoles) les metieron el Pegasus, y nadie se dio cuenta hasta que les habían extraído media decena de gigas de fotos de sus mascotas. Y eso que ambos portan teléfonos de muy altísima seguridad y frecuentes chequeados.

Al ministro justiciero Fernando Grande-Marlaska también lo espiaron, y al agrícola Luis Planas, lo mismo.

Como en toda buena novela de espías, en esta están implicados también miembros del gobierno. Los cuatro citados no están en absoluto interesados en saber quién y por qué los espío. Qué sospechoso. Dejaron que muriera la investigación en cuanto sufrió su primera zancadilla: la negativa de Israel a aportar información. Yo, a esa dejación de interés, le llamo complicidad.

Pedro Sánchez está obligado a investigar su propio espionaje. Sería intolerable para un español de casta, como yo, que la perversa Rusia poseyera imágenes de mi presidente bailando El lago de los cisnes en tutú en el salón de La Moncloa. Los secretos de Estado son secretos de Estado, coño.

Entonces los topos entran en acción y acceden a los fondos reservados. Los indepes y los abertzales se infiltran en el corazón de los servicios secretos. Gabriel alias Rufián (ERC), Miriam alias Nogueras (Junts) y Mertxe alias Aizpurua (EH-Bildu) conocerán las actividades del Centro Nacional de Inteligencia y tendrán acceso a información clasificada. ¿La táctica de infiltración de los topos?: fueron votados por el parlamento para formar parte de la Comisión de Gastos Reservados. Abyecto.

Hasta hace nada estaba prohibido sentar a los indepes en sitios serios cual el CNI, como a los negros antes en los autobuses. Hubo que derogar la pasada legislatura un reglamento del congreso que los vetaba desde tiempo inmemorial. Gabriel, Miriam y Mertxe son las últimas Rosa Parks de la Carrera de San Jerónimo. Ya les dejan sentarse en cualquier silla. Qué democracia más plena.

Se conoce que al Estado ya no le importa que los sediciosos Rufián y sus Bildujuntarras sustraigan secretos oficiales de las cámaras acorazadas del Estado. Normal. Después de la no investigada pegasus al presi y a la ministra de Defensa, ya sabe todos nuestros secretos todo el mundo. Menos los españoles. Y lo que intenta el ilegítimo Guilarte con sus chantajes a Pedro Sánchez es que sigamos sin conocerlos. ¿Por qué, Smiley?


Madrid –

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