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Y Pedro cogió nuestro fusil

El lunes de autos fue el día de San Pedro, Sánchez y Piqueras. Pedro le dice a Mari (la cocinera) que suba un poco el volumen, Pedro (el otro) se acerca al atril y empieza a soltar por su boca el guion de los hermanos Coen


El lunes de autos fue el día de San Pedro.

Pedro Sánchez y Pedro Piqueras.

Nada más aterrizar en Ferraz me doy de bruces con mi exjefe Pedro Piqueras, que vive por la zona. Zona nacional.

Va con gafas de sol y una gorra de Peaky Blinders. O igual va sin gorra. Pero se sabe a la legua que es Pedro Piqueras. Es como si Bill Murray se pusiera una pamela rosa, todo el mundo sabría que es Bill Murray.

Me doy cuenta de que va hablando con el pinganillo (asumo que no es con MAR) y le pregunto ocioso si está hablando con el Rey. Se ríe mientras me dice que baje la voz. Debe estar hablando con alguien importante, que no es el rey, ni el presidente de la República.

—Todo el mundo quiere que entre en directo para dar una valoración, pero les he dicho que no. Estoy retirado, me dice en la misma esquina donde cada día se reza el rosario. Dan ganas de rociar la esquina con zotal.

Catastrófico, apocalíptico. Pedro ha venido a Ferraz a ver cómo va la obra. No quiere saber nada de los medios. Me dice que si el otro Pedro ha ido antes a Zarzuela por algo será. Está convencido de que se pira. Por cierto, otro Pedro (Almodóvar) también vive por la zona. El barrio que habito.

Yo le hablo a Pedro de mi libro, de mi hambre, de mis ganas de tomar un pincho de tortilla antes de que Pedro (el otro) diga que se va.

Accede al desayuno pero no le gusta la idea de que Sánchez se vaya. Me da a entender que es lo peor que nos puede pasar. Con Piqueras, sí.

Yo pienso que lo peor que me puede pasar es no volver a ver el mar este verano o que haya otra pandemia y Ayuso vuelva a hacer vudú para cargarse exactamente a otros 7291 abuelos y abuelas (entre ellos a la única tía que me queda viva). O que el Rayo se vaya de Vallecas. O que Otegui se deje el pelo largo.

Volviendo a Sánchez, volviendo a Ferraz… sabiendo que nunca acierto debería haber pensado que se quedaba. Me equivoqué, volverá a ocurrir.

Lo confieso, tengo el pincho de tortilla entre ceja y ceja. Mi último pincho de tortilla con Pedro de presidente.

—Te invito, me dice Piqueras.

Si me lo dice dos días antes le como la boca, pero hemos cobrado.

De camino al bar asturiano (frente a Ferraz 70) le recuerdo el ejército de Pancho Villa que le ofrecieron para montar Espejo Público en el año 1996.

—Tú aparecías como cámara y te dije que fueras periodista.

Todo el mundo se quiere colgar medallas sin pegar un tiro en la Colina de La Hamburguesa (Vietnam).

No fue así. Yo era periodista y hacía a veces de cámara, pero en la lista de los malditos para cargarse a Piqueras con un programa que no pintaba nada bien y que tenía que tener más de un 20 por ciento de share para no desaparecer, yo aparecía en una cuartilla a lápiz como “cámara”. Por degradarme más, supongo. Yo que siempre quise ser el Animal de Lou Grant.

Cuando no hay nada más bonito que ser cámara, rodearse de camarógrafos y fotógrafos y dejar a un lado a los pesados y egocéntricos plumillas.

Pedro (Piqueras) está obsesionado con que al pasar por la acera de Ferraz donde están todos los cámaras y periodistas alguno le va a reconocer y le va a pedir una entrevista. Pero no, no ocurre ningún cataclismo. Nadie le pide ni tabaco, ni la hora.

Solo le reconoce una compañera de Cuatro.

—¡Qué guapa estás!, le dice (a ella).

Al camarógrafo no le dice que está guapo. Suele pasar.

Al fin la tortilla. No nos ponen pan, de momento. Sin pan no se puede vivir.

—Willy, tú comes mucho pan, me decía mi querido Andrés Montes.

En la tele suena Telemadrid. En este bar se ha debido quedar encasquillado el botón del UHF.

Pedro (Piqueras) se pide además un café con leche descafeinado en vaso. Está como un flan.

No deja de sonar su teléfono. Parece un Motorola antiguo.

—No paran de llamarme para que entre en directo, ahora en la SER.

La SER, vaya bluff, pienso yo.

Si Pablo Iglesias me hiciera caso y montara la única radio de izquierdas de este país. Pero nadie me escucha. No me impongo, no grito, no transciende lo que digo. Soy de soltar las cosas cuando las tengo muy rumiadas pero soy un cero muy a la izquierda. No pasa nada, es mi sino, el día que me hagan caso se acaba el mundo. Terminaré mis días en una cueva en Meteora (Grecia) o en una isla del Atlántico. Saramago mon amour.

El pincho no está seco ni jugoso, se deja comer. El pan parece chicle.

Sale Pedro (Sánchez). Las puertas se abren de manera automática cuando se acerca. Molaba más cuando se la abrían unos tipos vestidos de alabarderos o de pikoletos de gala.

Entrar con dos puertas haciéndote reverencias a tu paso no es de recibo. Da la impresión de que eres tonto y no puedes abrirlas tú solo.

Pedro (Sánchez) no está tan desencajado como el miércoles. Pedro (Piqueras) le da el primer mordisco al pincho de tortilla con un tenedor de esos que destroza la patata y el huevo y deja todo en mil pedazos. ¿Dónde narices compran esos tenedores?

Da un sorbo al café. Le miro de reojo. No entiendo qué mierda de mezcla es el café con la tortilla. Ese batiburrillo. Tortilla con Coca Cola a cuatro grados y punto. Déjate de inventos.

Café y cigarro muñeco de barro.

Pedro (el otro) se acerca al atril y empieza a soltar por su boca el guion de los hermanos Coen que se ha preparado sin Iván Redondo. Ojalá se lo haya escrito su hija o Kiti Mánver. La máquina del Fargo.

Piqueras le dice a Mari (la cocinera) que suba un poco el volumen. Un albañil ha entrado a pedir un café con leche muy caliente y el tubito que calienta la puta leche hace un ruido infernal. No se oye nada. Los albores de la revolución industrial y la máquina de vapor, pienso.

Viva la clase trabajadora pero que pida el café cuando no esté un presidente del gobierno a punto de decir si nos deja huérfanos o no.

Espero que no haya dimitido en estos 17 segundos.

Pedro (Sánchez) sigue glosando lo que ha sentido estos últimos días, estos últimos diez años.

Pensándolo bien dan ganas de hacer como Tony Montana en Scarface y liarse a tiros con todos esos esbirros de la ultraderecha ibérica.

Nos hubiéramos ahorrado lo de las muñecas hinchables en Ferraz, la cacerolada de Nuñez de Balboa, la de Galapangrado, el informe Pisa morena pisa con garbo y el rosario de su madre.

No siempre van a fusilar o rociar con napalm a los mismos, pienso mientras intento hacerme con lo que queda del pincho de tortilla. El pan ni lo toco.

Piqueras está absorto. Pienso que si Pedro (Sánchez) se pira y convoca elecciones igual nos deshacemos de Yolanda y viene un líder o lideresa realmente de izquierdas en un platillo volante.

—Se va…, me dice Piqueras.

A los pocos segundos dice:

—No se va.

Está nervioso. Parece que le va la vida de jubilado en ello. Su última obra.

Sánchez está dejando la punch line para el final. Esto no es un episodio de “La que se avecina”. Esto huele a David Simon. The Wire.

El tío se va a quedar y va a limpiar toda la cloaca que es Baltimore. Inshala.

Se acaba el show. Pedro se vuelve a su casa, se abren las puertas again, desaparece en el horizonte.

Begoña le regala un pulgar hacia arriba desde la distancia. Al fin se funden en un abrazo. Se oye decir a Pedro: —Gracias cariño, si no fuera por ti…

Begoña le responde: —Por mí y por la llamada de Lula.

Vale, todo esto me lo he inventado. Para mi era como la última escena de Lost in translation.

En fin… la vida sigue.

Un señor que está detrás de mi tomando un montado de bacon murmulla algo entre dientes.

—Valiente mamarracho. Supongo que se refiere a Pedro (Sánchez) no a mí, ni a Piqueras.

Yo, sin subir mucho el volumen pero para que me oiga, digo: —A mamarla.

Realmente quise citar al Diego y decir: —Que la chupen, que la sigan chupando. Pero me olvidé de la frase exacta y recurrí a algo más facilón.

Se me escapó la tortuga.

Pedro Piqueras decide pagar. Si lo sé me pido otro pincho.

—Todavía tienes los libros en mi garaje, los salvé de la inundación. Vente a por ellos cuando quieras aunque a mí me vienen muy bien, me dice antes de irse por la calle Ferraz camino al Parque del Oeste. Al Oeste del Edén. Se va feliz. Siempre le dije que era sociata, pero me lo negaba. Los reconozco a la legua.

Una de cal y otra de arena.

Supongo que su primera llamada sería a Moncloa. Porque nada más verle me confesó: —Desde que me he jubilado hablo más con Pedro.

Se me vino Pedro Picapiedra a la cabeza, pero se refería al marido de Begoña, supongo.

Salgo al fin a la calle Ferraz y no veo más que una hilera de cámaras, trípodes y micrófonos. Apenas tres simpatizantes del PSOE. Un sol que deslumbra. La lumbalgia vuelve a aparecer y eso que me he tomado la pastilla del desayuno.

No sé qué pensar de este Pedro (Sánchez).

Mientras dudo entre irme a la Librería Alberti un rato o sentarme a esperar a algún dirigente socialista… un periodista de Mediaset (iba a poner MierdaSet) se acerca a mi oído (y a mi) y me dice:

—Que sepas que todo es cosa de Begoña. Ella se quebró el miércoles pero durante el finde le dijo a Pedro que siguiera. El no quería seguir después de verla llorar como la vio llorar.

Me acuerdo de Breaking Bad, de Skyler, la mujer de Walter White. Cuando ve que puede forrarse gracias al quilombo en la que está metido su marido. Ese lavadero de coches y de dólares. Con un par.

No acerté en el penúltimo texto que escribí. Pensé que Peter se piraba. Pero no estuve tan desacertado cuando os dije que el cerebro gris era Begoña. La que reparó el carburador del Peugeot 407 y la que este finde le ha dicho que se vista de Arya Stark, que deje de lloriquear como Sansa y meta en cintura a los putos caminantes blancos que quieren asaltar Capitol Hill, la Carrera de San Jerónimo y las 3,000 viviendas de Sevilla.

No contábamos con la astucia de Begoña. Se desmoronó pero supo levantarse a tiempo y levantar a Rocky Balboa de la lona. Adrianne. No nos olvidemos que es mujer. Óscar Puente sigue siendo el cuñado de Rocky. Más pesado no lo hay.

Estamos en un país donde hay gente tan anormal que es capaz de decirle a la hija de un presidente del gobierno (o del dueño del badulaque de la esquina) que su madre es un hombre. Ocurrió en el colegio de la hija de Begoña y Pedro. Y en más lugares. Y a otras familias también. Marca España.

¿Y qué hostias pasaría si lo fuera?

Por eso si Pedro claudicaba era rendirse ante este cotolengo. Gente que piensa que ser homosexual es ser un desviado, gente que piensa que al colectivo trans habría que aplicarle la ley de vagos y maleantes.

Gente que piensa que si dos chicas se besan hay que lavarse los ojos con lejía y fustigarse en casa con una vara de avellano. Y si llevan rastas ni te cuento.

Ferraz era un páramo, sin Pedro (Páramo). Gracias Juan Rulfo.

Decido situarme donde ningún periodista está. Me siento en un banco en la acera contraria, la acera de la puerta de la sede del PSOE.

De repente se acerca del vicepresidente primero del Congreso (Alfonso Rodríguez Gómez de Celis) y me da un toquecito en el brazo. Yo le saludó con cariño al tiempo que saco la cámara y el micrófono con la rapidez con la que Begoña le dijo a Pedro: —¡quédate Pedro! Con Pedro, sí.

Cuando, tras la entrevista, Alfonso se dirige a la puerta de la sede, una nube de periodistas cruza la calle jugándose la vida. Le piden unas declaraciones, un “canutazo”. Alfonso Gómez Sánchez Fernández Rodríguez de Celis declina la oferta y desparece tras la puerta automática de cristal. Veleta on fire. Lo que no haga un pincho de tortilla…

Tengo una exclusiva caída del cielo, ese cielo madrileño de Velázquez. La primera entrevista con un capo del comité federal. No sé si es astucia o ganas de sentarme en un banco pero al fin tengo algo periodístico que llevarme a la boca. No me darán el Pulitzer pero con no ir a votar otra vez ya me conformo. Las noches electorales en Ferraz son una ruleta rusa. Sí, he dicho rusa. Tovarich.

Nada como no estar donde está todo el mundo. Por eso trabajo donde trabajo. El último tren que me queda, el último cartucho. Stop venta de armas a Israel, por cierto.

Apenas queda nadie en Ferraz y yo sigo dándole vueltas a algo.

¿Qué va a pasar a partir de ahora? Todos los analistas de un lado y de otro piensan que es un camino sin salida, que Pedro (Sánchez) no va a mover un dedo, que no se va a atrever a abrir el melón del omnipresente fascismo.

A riesgo de equivocarme (una vez más) creo que Perro Sanxe le va a morder en los tobillos a toda esta caterva de imbéciles.

Creo que va a ser más perro mordedor que ladrador.

Creo que va a ser más Kill Bill que Quintanilla (el de Atraco a las 3). Un servidor, un siervo, un esclavo (que lo es).

Igual quiero creerlo más que otra cosa, más que otro pincho de tortilla que se deshace con mirarla. De todas maneras yo no le voté (de milagro).

Necesito creer en algo. En medio de un amigo que se separa y no da pie con bola, de amigas que dan la vida por un partido que se desintegra (y no escucha) y de una madre que ya no está más.

Dejadme soñar con un Pedro Sánchez haciendo de Walter White en esa escena final. Ratatatá. No me vengáis con monsergas y análisis sesudos… que sí, que ya lo sé, que nos va a defraudar once again. Igual ha tocado el brazo incorrupto de la momia de Lenin o de Llopis y ha vuelto como nuevo.

Sabemos que Pedro no es un Castelar, ni siquiera un Sócrates, ni un Largo Caballero, ni un doctor Negrín pero este lunes de finales de abril Pedro ha cogido su fusil y creo que no dispara precisamente agua. Y si dispara agua que sea en Catalunya o Andalucía.

El tiempo (ese juez implacable, como decía Súper García) me dará o quitará la razón. Más bien lo segundo pero ¿y qué? Viva la ficción. Viva la última de Wim Wenders (Perfect Days).

Los sueños, sueños son. Ojalá algún día le pida disculpas a la madre y al padre de Manu, Leo y Aitana (y a más gente damnificada por la barbarie y el lawfare). Le haría más humano, fusil en mano.

De todas maneras… ¿Qué culpa tengo yo que Pablo Iglesias no quiera volver a la política, ni quiera montar una radio, ni hacerme una tortilla en condiciones?


Madrid –

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