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 Ernesto Zedillo y José María Aznar participando en un foro, Madrid, 2022 — Alejandro Martínez Vélez / Europa Press / ContactoPhoto

La reaparición en México de Zedillo, el perfecto neoliberal

Ganador de las elecciones en medio de un clima de miedo por los magnicidios políticos, Zedillo se lanzó sin piedad a profundizar las políticas neoliberales


El periodo intecampañas de las elecciones más grandes de México (la veda de propaganda entre el final de las precampañas para elegir candidatos y el inicio de las campañas para los puestos de elección popular) se vio perturbado por la reaparición fugaz de un personaje oscuro en la historia reciente de México. El expresidente Ernesto Zedillo (1994-2000) acudió como conferencista a un evento privado de banqueros, al lado del derechista José María Aznar, pontificando contra los populismos, lanzándose contra el presidente López Obrador —sin nombrarlo— y defendiendo lo que él entiende por democracia. Y de paso despreciando a los pueblos, pues según él “(…) son susceptibles a que se les prometa el paraíso sin esfuerzo, a que se les ofrezca que va a caer el maná del cielo y que no se tengan que emprender grandes sacrificios ni grandes esfuerzos para lograr lo que colectivamente se aspira”.

A Zedillo y los grupos beneficiados por su gobierno les gusta atribuirle un aura de demócrata porque le otorgó autonomía al Instituto Federal Electoral y reconoció los triunfos del panista Vicente Fox a la presidencia de la República en el año 2000 y del izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas como Jefe de Gobierno del Distrito Federal en 1997, acabando con más de 70 años de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI). En realidad, los tecnócratas que tomaron el PRI se vieron obligados a abrirse a una cierta pluralidad partidista como salida a la presión por el enorme hartazgo social debido a la crisis y la corrupción, sin que las características fundamentales del régimen neoliberal cambiasen.

La verdadera cara de Zedillo es una que padeceremos mexicanos y mexicanas por generaciones: la profundización del neoliberalismo y, con ella, el crecimiento exponencial de la desigualdad y la pobreza. Zedillo recibió 52.4 por ciento de población en pobreza y lo aumentó hasta 69 por ciento, a la vez que crecía la riqueza de los empresarios beneficiados por la privatización de empresas públicas.

La carrera de Zedillo como neoliberal de primera línea comenzó cuando fue secretario de Programación y Presupuesto de Carlos Salinas de Gortari. La candidatura a la presidencia de la República le llegó de rebote, luego de que el candidato oficialista Luis Donaldo Colosio fuera víctima de un asesinato que, al día de hoy, sigue bajo sospecha

Ganador de las elecciones en medio de un clima de miedo por los magnicidios políticos, Zedillo se lanzó sin piedad a profundizar las políticas neoliberales. Privatizó el sistema ferroviario, satélites, puertos y aeropuertos, exploración petrolera y distribución de gas natural, entre otras. Devaluó el peso y luego estableció su libre flotación. Sus pactos laborales congelaron los salarios y arrojaron a la clase trabajadora a la precarización y los despidos; además, pasó a manos privadas el sistema de pensiones y elevó el tiempo de cotización para el retiro. La crisis económica que arrasó el país significó la pérdida de casas y bienes de millones de familias, así como la ruina para pequeñas y medianas empresas. Para muchas personas, el suicidio fue la única salida. Como cereza del pastel económico, Zedillo realizó un rescate multimillonario a la banca privada que se convirtió en una deuda billonaria que seguirá arrebatando recursos a educación, salud y cultura al menos hasta el año 2042. En 2020, la deuda acumulada del Fobaproa rebasaba los 1.4 billones de pesos o 81 mil millones de dólares estadounidenses.

En el rostro social y político, su actuación no fue diferente a la de otros gobernantes neoliberales de América Latina, que proclaman la mano invisible del mercado mientras aplican la mano dura a quienes se resisten.

Zedillo y su gabinete fueron los responsables de la despiadada contrainsurgencia implementada contra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional; esto fue el germen de la violencia que padece hoy Chiapas. Mientras el movimiento indígena guerrillero estaba sentado a la mesa de diálogo, el gobierno emprendió una ofensiva militar y judicial para intentar aprehender a su dirigencia. Luego llenaron la Selva Lacandona y los Altos de sangrientos grupos paramilitares entrenados y armados por el Ejército. Uno de esos grupos asesinó a 45 tzotziles pacifistas que oraban en su ermita en Acteal, horrorizando a México y al mundo. Muchos episodios más se sumaron a las ejecuciones, desapariciones, tortura y violaciones sexuales que los tecnócratas decidieron utilizar como estrategia para “quitarle el agua al pez”. Estas graves violaciones a derechos humanos siguen impunes y, como con Zedillo, las carreras de los responsables políticos continuaron floreciendo.

En el sexenio zedillista también tuvieron lugar algunas de las masacres contra indígenas y campesinos más emblemáticas, como las de El Charco y Aguas Blancas, así como la represión violenta contra los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México que sostuvieron una larga huelga (1999-2000) para defender el carácter gratuito y popular de la institución educativa. Zedillo, ese tecnócrata de carácter gris que respondió “no tengo cash” a la indígena que ofrecía sus artesanías en la calle, se fue con las manos hundidas en sangre y dejando un país arrasado por la crisis.

Despreciado por el país que gobernó, Ernesto Zedillo salió por la puerta giratoria a un autoexilio en los Estados Unidos. Ahí le abrieron los brazos una compañía ferroviaria estadounidense beneficiada por las privatizaciones que él realizó, así como ALCOA y Procter and Gamble. Zedillo ahora se refugia en la Universidad de Yale, donde él mismo estudió de joven, y realiza muy escasas apariciones públicas.

Traer a Zedillo no fue una casualidad, y tampoco una buena idea. Ni a nivel de estrategia política ni como estandarte moral de nada —solamente tiene buena imagen entre los beneficiados de su presidencia—. Más allá de debates electoreros, sus cuentas pendientes lo perseguirán allá a donde vaya.  


Madrid –

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