El inmenso legado político de Julio Anguita

La identidad territorial de Anguita es enormemente importante para entender su biografía política y toda su trayectoria vital bascula alrededor de la ciudad de Córdoba. Con motivo de los 82 años desde su nacimiento, recordamos la amplitud de su legado


Julio Anguita nació en una familia de militares. Su bisabuelo fue Guardia Civil. Su abuelo perteneció al Cuerpo de Carabineros. Y su padre fue subteniente del ejército de Franco y combatió contra los maquis. A pesar de todo, su familia tenía algunas características que la alejaban de las coordenadas castrenses: apreciaban la cultura (el abuelo de Anguita, sin formación académica, acabaría siendo ayudante bibliotecario y transmitió a su nieto su amor por la lectura) y tenían un sentido, conservador eso sí, de la justicia. Julio creció en Córdoba, una ciudad de provincias cerrada y opresiva que había pagado muy caro su pasado izquierdista y se educó en una escuela privada del nacional catolicismo, con la cruz y la foto del Caudillo presidiendo el aula.

Con una familia de militares, una escuela nacional católica y una ciudad de provincias sometida al control y la opresión franquista, resulta difícil imaginar en qué momento Anguita se hizo comunista. Sin embargo, a pesar de que estos tres espacios no eran nada favorables a despertar conciencias, Julio supo buscar las grietas. De su familia aprendió el valor de la cultura y la justicia; en la escuela tuvo maestros con buena formación de los que adquirió su vocación docente; y de Córdoba se quedó con sus barrios populares, sus reyertas, artesanos, tabernas y lazos de solidaridad entre la gente humilde. Pero el punto de inflexión se produjo ya de adulto, después de haber estudiado magisterio, durante sus primeros años como maestro rural. Es entonces cuando conoció las condiciones de miseria del campo andaluz y dio el salto al compromiso antifranquista. Después de pasar por una serie de espacios libertarios, empezó a acercarse al PCE y en septiembre de 1972, se hizo oficialmente militante del partido.

La identidad territorial de Anguita es enormemente importante para entender su biografía política y toda su trayectoria vital bascula alrededor de la ciudad de Córdoba. En 1979, con 37 años, y siendo un completo desconocido, se convirtió en el primer alcalde democráticamente elegido en Córdoba tras la dictadura. El PCE fue el partido más votado, y gracias a un acuerdo con el PSOE y el PSA, Julio Anguita fue elegido alcalde. De este modo, se convirtió en el único alcalde comunista de una capital de provincias de España.

Tal y como indica Juan Andrade en su valioso libro “Atraco a la memoria”, publicado por Akal, al frente de la alcaldía de Córdoba, Anguita aprendió varias lecciones que determinarían su particular concepción de la política: Uno, que la gestión no es ideológicamente neutra. Dos, la necesidad de llegar a acuerdos con otras formaciones políticas en torno, eso sí, a bases programáticas. Tres, que la política es confrontación. Y cuatro, que la política es la participación de la gente común y que desde las instituciones hay que explicar tanto los logros como las derrotas.

Desde la alcaldía, Anguita puso en marcha programas de radio comunitarios, asambleas vecinales en los barrios, e implementó una intensa agenda de recepciones en el ayuntamiento. Durante este tiempo también se forjó su carácter y un estilo político muy particular: educado pero directo, tranquilo pero valiente. Anguita seducía e intimidaba a partes iguales. Dicen que esperó a los golpistas del 23F en su despacho, vestido de traje y con una pistola sobre la mesa.

En 1989 y, tras ser elegido Secretario General del PCE, Anguita abandona la política andaluza para dar el salto a Madrid. Se pone al frente de un PCE en descomposición, azotado por la sangría de votos hacia el PSOE y las crisis internas, y poco después lidera la recientemente creada Izquierda Unida, constituida al calor de las protestas contra la permanencia de España en la OTAN. Bajo su dirección, Izquierda Unida logra sus mejores resultados electorales, superando ampliamente los 2 millones de votos en las generales de 1993 y 1996 y alcanzando en este último año más de un 10% de los votos y 21 diputados. Al frente de Izquierda Unida combatió tres mantras repetidos por la progresía de entonces: el de la democracia perfecta surgida de la Transición; el de la panacea europea; y el del crecimiento económico a través de recetas neoliberales como la desindustrialización y las privatizaciones.

El debate sobre Maastricht dentro de IU y el PCE fue muy enconado. Frente a la posición de Anguita, Nicolás Sartorius encabezaba un sector que seguía entendiendo la política como la búsqueda de los grandes consensos en cuestiones de Estado y que era partidario del “sí crítico” al tratado. En la tercera Asamblea de IU, se midieron las fuerzas de ambas posiciones. La disputa fue muy reñida: Sartorius consiguió el 40% de los votos y Anguita el 60%. Su confrontación con el relato europeísta y las políticas económicas del PSOE le convirtieron en el blanco de todas las críticas, sobre todo de la progresía mediática, que le tachó de lunático.

Además, la oposición de Anguita al relato de la Transición le provocó conflictos con Santiago Carrillo, uno de los impulsores del consenso del 78, que señaló que “desde los años 30 ningún partido comunista europeo había puesto en duda el consenso constitucional; es decir, la aceptación del sistema democrático». Carrillo llegó a decir que Anguita «admiraba más a José Antonio Primo de Rivera que a Marx y a Lenin».

Durante este periodo Anguita desarrolla la “teoría de las dos orillas”, según la cuál era la confrontación de propuestas concretas la que había conformado dos espacios políticos diferenciados: el del bipartidismo en una orilla y el de la izquierda alternativa en la otra. Es decir, que eran las líneas programáticas las que definían las orillas políticas. La conclusión de Anguita, era que la forma en la que había que relacionarse con otras formaciones políticas era la búsqueda de acuerdos programáticos. Programa, programa y programa. En este sentido, cuando Felipe González perdió la mayoría absoluta en las elecciones de 1993, Anguita le propuso una alianza basada en un acuerdo programático. González la rechazó y prefirió pactar con la derecha nacionalista vasca y catalana que con la Izquierda Unida de Anguita.

A partir de ahí comenzó una legislatura muy confrontativa: IU denunció los casos de corrupción del PSOE, las escuchas ilegales del CESID, el uso fraudulento de fondos reservados, el terrorismo de Estado de los GAL o el caso Roldán. Es entonces cuando Anguita reaviva la teoría del “sorpasso”, según la cual IU debía aspirar a desplazar al PSOE como primera fuerza de la izquierda. La progresía no perdonó la beligerancia de IU contra el PSOE y la presentó como una estrategia conjunta con la derecha para sacar al PSOE del gobierno. La famosa teoría de la pinza.

Tras la llegada del PP de José María Aznar al Gobierno en 1996, Anguita pisa el acelerador: apuesta abiertamente por la Constitución de la Tercera República y se reafirma en la ideología anticapitalista de su partido. Por el camino deja atrás a buena parte de la dirección de IU y a la corriente de la Nueva Izquierda, aglutinada en torno al liderazgo de Cristina Almeida y Diego López Garrido. Los ataques del PSOE y sus medios afines continuaron y en 1999 Anguita sufre un accidente cardíaco que le saca definitivamente de la primera línea de la política.

Es entonces cuando vuelve a Córdoba, su ciudad, y se reincorpora como docente en el Instituto Blas Infante, donde imparte clases de historia y lengua a alumnos de Secundaria. Dos años después se jubiló y renunció a la pensión máxima vitalicia que le correspondía tras 8 años de actividad parlamentaria, quedándose con la de maestro. «Tengo una pensión de 1.848 euros, un Seat León y un ordenador. ¿Para qué más?», dijo en una entrevista en El Mundo.

Julio Anguita abandonó la política institucional pero nunca la actividad política. Promovió la creación de plataformas ciudadanas como Unidad Cívica por la República o el Frente Cívico Somos Mayoría; supo leer la indignación del 15M y las Marchas de la Dignidad; y fue enormemente generoso al entender que los proyectos políticos van más allá de las siglas y respaldar a Podemos. Su legado político es inmenso.


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