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Javier Solana con Bill Clinton

Javier Solana y Bill Clinton — Sharon Farmer / Zuma Press / ContactoPhoto

Cuando la OTAN bombardeó Yugoslavia

En una época en la que los gobiernos europeos están haciendo sonar de nuevo los tambores de guerra mientras emiten propaganda bélica a través de sus medios de comunicación, es útil recordar lo que pasó hace un cuarto de siglo


En esta época en la que vivimos inmersos en una terrible guerra en suelo europeo desatada tras la invasión de Ucrania por parte de la Rusia de Putin, es muy educativo recordar alguno de los elementos más importantes alrededor de la intervención militar en Yugoslavia por parte de los ejércitos de la OTAN que se inició hace apenas un cuarto de siglo. El lector o lectora descubrirá que los paralelismos con la situación actual son múltiples.

Del mismo modo que la descomposición de la Unión Soviética condujo a la independencia de una parte de los pueblos que la conformaban (con una estructura étnica y lingüística mixta en la mayoría de los territorios), Yugoslavia también entró en descomposición a principios de los años 90 del siglo pasado y eso condujo a una serie de conflictos étnicos y políticos entre sus diferentes partes. Después de la guerra de Bosnia —que tuvo lugar de 1992 a 1995—, el foco de tensión se desplazó a la provincia de Kosovo, donde se artículo en 1996 una fuerte insurgencia contra el gobierno de Belgrado. En el año 1998, ya habían comenzado los enfrentamientos armados entre ambas partes.

El bando serbio estaba liderado por Slobodan Milošević —un personaje oscuro y violento— y la represión a la población albanokosovar por parte de su ejército era una realidad. Esta parte de la historia —como el ultraderechismo, el autoritarismo y la violencia de Putin sobre Ucrania— es un hecho; no una invención de occidente. Sin embargo, no podemos decir lo mismo de las razones que dieron los países occidentales para justificar la entrada de la OTAN en la guerra.

Del mismo modo que no era sencillo convencer a la población de los diferentes países europeos para que participaran en la guerra de Irak y Estados Unidos y la OTAN tuvieron que inventarse el bulo de las «armas de destrucción masiva» en poder de Saddam, exactamente lo mismo tuvo lugar unos años antes para convencer a las sociedades occidentales de que era indispensable bombardear Yugoslavia. Como documentaron exhaustivamente los periodistas Pierre Rimbert y Serge Halimi en Le Monde Diplomatique en abril de 2019, los gobiernos de los países de la OTAN y sus medios de comunicación se dedicaron a difundir por tierra, mar y aire noticias completamente inventadas sobre las atrocidades que estarían cometiendo los serbios en Kosovo: operaciones de limpieza étnica, cifras de asesinatos que no tenían ninguna base real o incineraciones masivas de cadáveres para borrar pruebas al estilo de los nazis. El ministro alemán de Defensa de la época, el socialdemócrata Rudolf Scharping, llegó a difundir públicamente detalles macabros fake sobre la operativa del ejército serbio, como que sus soldados «juegan al fútbol con cabezas cortadas, descuartizan cadáveres, arrancan los fetos a las mujeres embarazadas y los asan«. Toda esta propaganda fue, por supuesto, amplificada a toda máquina por los poderes mediáticos. Milošević era un salvaje y el ejército serbio sin duda cometió terribles actos en Kosovo, como expulsar a miles de personas de etnia albanesa, quemar casas o llevar a cabo ejecuciones sumarias. Pero esto no era suficiente para conseguir el consentimiento popular suficiente como para permitir que la OTAN bombardease un país en el centro de Europa. Hacía falta medicina mucho más fuerte. Hacía falta un casus belli y los dirigentes políticos y mediáticos occidentales decidieron mentir de forma masiva a sus poblaciones para construirlo.

Una vez se había convencido a la mayoría de la gente de que se trataba de detener un segundo holocausto en Europa, la criminal de guerra no juzgada Madeleine Albright se encargó de fabricar un hecho detonante. Organizó una supuesta conferencia de paz entre las autoridades serbias y los insurgentes kosovares en enero y febrero de 1999 en la que se presentó una propuesta —los acuerdos de Rambouillet— que el propio Henry Kissinger describiría de la siguiente forma apenas unos meses después: «El texto de los acuerdos de Raimbouillet, que exigía a Serbia el despliegue de tropas de la OTAN en Yugoslavia, fue una provocación, una excusa para comenzar el bombardeoEl 23 de marzo de ese mismo año, el entonces secretario general de la OTAN, el español proviniente del PSOE Javier Solana, dio instrucciones al general estadounidense Wesley Clark para iniciar el ataque.

Hacía falta un casus belli y los dirigentes políticos y mediáticos occidentales decidieron mentir de forma masiva a sus poblaciones para construirlo

¿Pero por qué Estados Unidos decidió arrastrar a sus socios europeos a través de la OTAN a unos bombardeos que se extendieron durante 78 días, involucraron en lanzamiento de más de 9000 toneladas de bombas —algunas de ellas con uranio empobrecido— y mataron al menos a 1200 personas? ¿Cuál es el verdadero motivo detrás de la decisión de la «alianza atlántica» de intervenir en una guerra en suelo europeo? ¿Por qué los socialistas franceses o los socialdemócratas y los verdes alemanes abrazaron con entusiasmo el furor bélico en aquellos años finales del siglo XX? La mejor manera de contestar a estas preguntas es fijarse en lo que pasó después.

Hoy en día, Kosovo es uno de los estados más pequeños y más pobres de Europa. Sin embargo, es también la sede de la base militar estadounidense creada desde cero más grande del mundo desde la guerra de Vietnam: se llama Camp Bondsteel y ocupa 400 hectáreas de terreno. Si miramos el mapa, comprendemos rápidamente que la importancia geoestratégica militar de Camp Bondsteel es enorme: desde ella, se abarca Oriente Medio, el Cáucaso, Irán, Irak y, cómo no, Rusia. Según el Pentágono, la base alberga a entre 5000 y 7000 militares estadounidenses, pero los volúmenes de abastecimiento de alimentos indican que habría muchos más.

Y no solo estamos hablando de que Estados Unidos ha convertido a Kosovo en un protectorado militar y en una formidable base para sus operaciones bélicas de este lado del Atlántico. El pequeño estado de la antigua Yugoslavia también ha sido objeto desde 1999 del más brutal de los expolios económicos. Después de la guerra, se organizó allí un proceso privatizador que puso en manos de capitales occidentales no solamente las reservas de carbón, zinc o níquel, sino también las instalaciones eléctricas, las minas, el correo o los ferrocarriles. El embajador de Estados Unidos en Kosovo «convenció» al gobierno del depauperado país para que se gastara 1000 millones en una autopista innecesaria y acabó al poco tiempo como alto ejecutivo de la empresa norteamericana que la construyó. Por su parte, Madeleine Albright llegó a controlar el único operador móvil existente en el nuevo país, y el general Wesley Clark —el que inició los bombardeos por orden de Javier Solana— maniobró para que la compañía canadiense Envity Energy se quedase con la explotación de un tercio del territorio minero de Kosovo sin concurso público.

El bombardeo de Yugoslavia por parte de la OTAN hace ya 25 años, supuso además el pistoletazo de salida para una forma de conducir las relaciones internacionales que no respeta ni los derechos humanos ni la legalidad internacional. Aquella intervención militar de la OTAN en una guerra en suelo europeo no solamente se basó en la propaganda más repugnante y sirvió para la peor de las piraterías económicas. Además, se llevó a cabo sin aval de la ONU, haciendo estallar por los aires el sistema internacional basado en reglas que se había construido como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. La intervención de la OTAN en Yugoslavia fue el precedente de todas las guerras ilegales que vinieron después: por supuesto, la guerra de Irak, pero también el genocidio que está perpetrando Israel en Gaza o la invasión unilateral de Ucrania por parte del ejército de Putin.

En una época en la que los gobiernos europeos están haciendo sonar de nuevo los tambores de guerra mientras emiten propaganda bélica a través de sus medios de comunicación, es útil recordar lo que pasó hace un cuarto de siglo en Yugoslavia.


Madrid –

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Editorial

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