Feijóo indultando a Puigdemont

La posibilidad de fraguar una gobernabilidad de las derechas españolistas en el Estado apoyada por las derechas vascas y catalanas en el parlamento es algo más que política ficción porque existen importantes realidades estructurales que empujan hacia ese escenario


Durante la mañana del domingo, dos noticias ocupaban las portadas: el triunfo de «La sociedad de la nieve» de Juan Antonio Bayona en los Goya y la filtración a los medios por parte de Feijóo de que las negociaciones que mantuvo el PP en verano con Junts fueron mucho más serias de lo que nos habían contado y —sobre todo— el reconocimiento de que el líder de los populares estaría nada menos que dispuesto a indultar a Puigdemont. Una auténtica bomba política que es detonada cuando apenas quedan siete días para votar en Galicia.

Las especulaciones y las consideraciones en torno a esta noticia son múltiples.

En primer lugar, la pregunta más básica: ¿Por qué filtra esto Feijóo motu proprio y por qué lo hace ahora? Teniendo en cuenta que tiene todo el aspecto de un movimiento fruto del nerviosismo y que además no parece que vaya a beneficiar a las perspectivas electorales del PP en unas elecciones en las cuales su líder nacional se juega mucho, algunos analistas apuntan a que podría tratarse de una voladura controlada para contar la historia antes de que la cuente Puigdemont y así definir un poco mejor el marco mediático. En comunicación política, cuando sabes que algo va a salir a la luz, el primero que lo cuenta suele ganar algo de ventaja. Desde luego, el comunicado hecho público por el líder de Junts hace unos días incluía la siguiente amenaza: «Si mi partido hubiera permitido la investidura del candidato del PP, Alberto Núñez Feijóo, o hubiera impedido la de Pedro Sánchez, todo estos espectáculos se habrían ahorrado. Y de esto también hablaremos cuando toque. Como en la ‘trama rusa’, todo se sabrá.» La hipótesis del control de daños gana peso si añadimos, además, la torpe ejecución comunicativa de todo el asunto; con Feijóo soltando la bomba en off el sábado, el PP mandando una nota aclaratoria esa misma medianoche y el propio Feijóo intentando cerrar todos los marcos adversos con los micrófonos y las cámaras delante el domingo por la mañana. Uno no quema al jefe supremo en una cosa como esta si la comunicación está controlada.

En segundo lugar, es inevitable especular acerca del efecto que este giro en los acontecimientos puede tener sobre el resultado electoral en Galicia. Habiendo decidido el propio Feijóo hacer del asunto de la amnistía y la «traición a España» de Pedro Sánchez el tema principal de campaña para el 18-F, parece claro que los gallegos y gallegas van a tener que darle algunas vueltas a la cabeza ahora que saben que el líder del PP estaba dispuesto a indultar a la persona que encabezó lo él mismo describe como «un golpe» y a la que hace dos días acusaba de «terrorismo». Por si esto fuera poco, ya hay reconocidas voces en la derecha mediática, como la de Pedro J Ramírez, que están avanzando que, en el caso de que el PP pierda Galicia dentro de una semana, no deberíamos descartar que se abra la batalla sucesoria en el partido alfa de la derecha con una pelea a cara de perro entre Ayuso y Moreno Bonilla. Los rumores en los pasillos de la Corte respecto de que la presidenta de la Comunidad de Madrid estaría esperando cualquier momento de debilidad del gallego para hacerse con el poder en el PP son constantes desde que Feijóo sustituyese a Pablo Casado; a la sazón, víctima política de la madrileña después de tan solo 72 horas de carnicería mediática. Es muy probable que el análisis de Pedro J sea correcto y que, efectivamente, Ayuso esté afilando los cuchillos en este momento. No sería inteligente por su parte hacer ningún tipo de movimiento a campo abierto antes de conocer los resultados en Galicia —para que, así, no haya ninguna duda a la hora de atribuir íntegramente el fracaso a su actual jefe—, pero ya había fuentes anónimas glosando el «malestar de los barones territoriales» en el telediario del domingo y, desde luego, no debería sorprendernos en exceso que los cañones mediáticos más afines a Ayuso —los mismos que acabaron con la vida política de Casado— empiecen pronto a disparar. Ayer mismo, ya aparecían artículos en el ABC censurando la estrategia de Feijóo.

Por último, y coincidiendo con la operativa conservadora a la que nos tiene acostumbrados Pedro Sánchez de esperar los errores ajenos en vez de tomar la iniciativa política, el periodista Fernando Garea contaba también ayer en El Español que el presidente estaría esperando ‘el milagro del 18-F’ para salir del embrollo que se ha metido con la Ley de Amnistía y la rebelión sediciosa de una parte de la judicatura contra la misma. No solamente un descalabro del PP el próximo domingo daría un aire inesperado a los de Sánchez —razona Garea—, además, eso le permitiría estar en una mejor posición para intentar forzar una división en Junts que permita aprobar la norma tal y como está sin hacer cambios adicionales.

Todos estos elementos tácticos son muy interesantes y merecen ser analizados en profundidad para intentar anticipar el rumbo de los acontecimientos. Pero, además de las cuestiones de coyuntura, queremos aquí iniciar un análisis estructural que bien podría partir de la sorprendida pregunta: ¿Cómo demonios puede ser que Feijóo esté dispuesto a indultar a Puigdemont? Pensamos que una de las virtudes de lo que acaba de ocurrir es que desnuda —como pocos hechos recientes hacen— la verdadera naturaleza de la dinámica política en España durante los últimos 10 o 15 años.

Queremos aquí iniciar un análisis estructural que bien podría partir de la sorprendida pregunta: ¿Cómo demonios puede ser que Feijóo esté dispuesto a indultar a Puigdemont?

Empecemos por el principio. Lo primero que hay que entender es que el detonante de la profunda crisis de régimen que vive el sistema partidista y mediático español es el súbito reconocimiento por parte de grandes capas de las clases populares y medias de que la oligarquía económica estaba robando el futuro a la mayoría social con la ayuda de una clase política corrupta e indolente. Este reconocimiento fue la consecuencia directa del estallido financiero de 2008 y la respuesta austericida tanto por parte de gobiernos de derechas como de gobiernos pretendidamente socialdemócratas, y esto es lo que significó el 15M y su posterior traducción electoral que puso fin al sistema del turno bipartidista fundamentalmente mediante la aparición de Podemos. Ante esa situación, ante la posibilidad de que una marea plebeya arrasase con la totalidad del sistema de partidos al servicio de las oligarquías, tanto la derecha españolista como la derecha catalana decidieron activar el marco —ya existente— del conflicto territorial como manera de intentar salvarse. Al fin y al cabo, no solamente el PP aplicó de forma brutal la austeridad y los recortes en España; también lo hizo CiU en Catalunya, y con similares niveles de corrupción en ambos casos. El periodista Enric Juliana ha explicado en diversas ocasiones que fue precisamente la intención de los convergentes de escapar del terremoto político que se les venía encima la que provocó que se convirtieran súbitamente al independentismo. Pero es muy importante tener presente que, a pesar de que ambas derechas decidieran poner en primer plano el conflicto catalán, tanto el PP como la antigua CiU —ahora Junts— son fundamentalmente el brazo político de las respectivas oligarquías: las españolas y las catalanas. Y lo mismo puede decirse respecto del PNV en el caso de Euskadi. Esto no solamente es así, sino que es la prioridad absoluta de la acción política de las diferentes derechas. Aunque puedan decidir utilizar otro tema para avanzar o resistir electoralmente en un momento dado, su programa real y su razón de ser es proteger los privilegios del 0,1% más pudiente de la población. Esto era así en 2008, siguió siéndolo durante toda la crisis financiera, también durante el procés, y por supuesto lo sigue siendo ahora.

Si no partimos de ahí, es imposible entender cómo demonios puede ser que Feijóo esté dispuesto a indultar a Puigdemont. Lo está, básicamente, porque —si dejamos en un segundo plano los intereses contrapuestos que puedan tener en algunos momentos puntuales las oligarquías de Barcelona y de Madrid—, ambos partidos defienden los mismos intereses. Asumir esta realidad es la única forma de evitar la incredulidad más absoluta cuando sabemos que el PP ha filtrado su disposición al perdón ejecutivo de los que lleva más de 10 años calificando como «golpistas», «delincuentes», «traidores a España» y, más recientemente y gracias a García Castellón, «terroristas». Solo si entendemos que todo este griterío no era más que una táctica comunicativa para la supervivencia política podemos salir de la estupefacción y de la improductividad intelectual en el análisis.

El problema es que el discurso —sobre todo si va acompañado de un bombardeo constante durante más de 10 años por parte de los principales cañones mediáticos— crea campos políticos por muy táctico que sea. Así, otro de los factores que ha devenido estructural en los últimos años es la imposibilidad del PP de pactar con ningún partido nacionalista, precisamente por este discurso. Este hecho aritmético fue el que puso fin a la presidencia de Mariano Rajoy con la moción de censura de 2018 y el que hizo imposible que el PP llegase a la Moncloa después de tres elecciones generales sucesivas. A la vista de ello y teniendo en cuenta que defienden exactamente a los mismos intereses económicos, no es sino natural que Feijóo haya decidido explorar la posibilidad de un acuerdo con Junts (también con el PNV, pero, teniendo elecciones vascas antes de verano, los de Ortúzar no se lo podían permitir).

Estamos hablando de un camino muy difícil de recorrer y ya veremos si la extrema derecha trumpista, que se ha hecho fuerte a lo largo de esta década en el conjunto del mundo y también en España, permite a Feijóo transitarlo sin intentar antes cobrarse su cabeza. Pero no es algo que se pueda descartar a la ligera. La voluntad de poder de la derecha, junto con su determinación para defender los intereses de la oligarquía, es una de sus señas de identidad más claras y son capaces de hacer cualquier cosa para volver a detentar el máximo poder político. Para empezar, ayer mismo, Eduardo Inda —uno de los operadores mediáticos de la cloaca más ayusistas y más alineados con la nueva ultraderecha— publicaba un editorial para nada crítico con el movimiento de Feijóo en OKdiario. Cosas veredes, amigo Sancho.

La posibilidad de fraguar una gobernabilidad de las derechas españolistas en el Estado apoyada por las derechas vascas y catalanas en el parlamento es algo más que política ficción porque existen importantes realidades estructurales que empujan hacia ese escenario. Si eso ocurre, la crisis existencial de la progresía española, que ha renunciado a lo largo de todos estos años de dominio político a llevar a cabo cualquier transformación social profunda que pudiese sembrar las condiciones para una mayoría de izquierdas de largo aliento, será profunda. Si se rompe la barrera que ha impedido a Junts y al PNV pasar del otro lado del parteaguas —como ha sido históricamente habitual en ellos y como, desde luego, desearían—, entonces se abrirá una nueva época de oscura y violenta agresión económica contra la gente trabajadora y el proyecto político del PSOE estará tocado de muerte.


Madrid –

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