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La corrupción y el relato

Si Sánchez verdaderamente quiere proteger a su partido —y no digamos ya proteger la dignidad de las instituciones democráticas—, debería explicar abiertamente y a fondo todo lo que ha pasado y dejarse de tácticas mediáticas y de relatos


Todo apunta a que Koldo García Izaguirre se habría llevado unos 1,5 millones de euros en comisiones en B por facilitar contratos públicos de suministro de material sanitario a la empresa pantalla Soluciones de Gestión y Apoyo a la Empresa S.L. en el peor momento de la pandemia. El porcentaje de comisión que presuntamente se llevó Koldo por hacer las gestiones no es superior al que se llevó Tomás Díaz Ayuso por hacer exactamente lo mismo, lo que pasa es que el segundo declaró la mordida a hacienda y eso le permitió irse de rositas. Como ocurrió en el caso de Tomás, la mayor parte de las veces las mascarillas fueron suministradas a tiempo y correctamente y, de hecho, las mascarillas que conseguía Koldo eran más baratas que las que conseguía el hermano de la presidenta de la Comunidad de Madrid. En ambos casos estamos hablando de corrupción de manual, pero es verdad que, mientras la corrupción de Tomás puede ser quizás encajada a martillazos dentro de la legalidad (no sin la inestimable ayuda de los operadores jurídicos y mediáticos), la corrupción de Koldo se sitúa claramente en territorio ilícito y no le deja ningún tipo de escapatoria.

Dado que fue José Luis Ábalos, durante su etapa como Ministro de Transporte y Secretario de Organización del PSOE, el que promocionó a Koldo a las posiciones de confianza y de poder que le permitieron desarrollar su operativa corrupta, el partido que dirige Pedro Sánchez ha decidido —con la unanimidad de toda su actual ejecutiva— que, aunque Ábalos no esté imputado por nada, no parezca que se ha lucrado con la trama y su nombre no se mencione en el sumario que hasta ahora se ha conocido, tiene no obstante la suficiente «responsabilidad política» como para pedirle que renuncie a su acta de diputado en menos de 24 horas bajo amenaza —así lo han dicho fuentes autorizadas del PSOE a varios medios de comunicación— de expulsarlo al grupo mixto si se resiste. Aunque uno pueda estar de acuerdo en que, en efecto, el exministro debe abandonar sus cargos actuales como consecuencia de su gravísimo error de cálculo al situar a esta persona donde la situó, no parece, sin embargo, que el argumento que está dando el PSOE vaya más allá de la clásica táctica mediática del cabeza de turco, chivo expiatorio, cortafuegos o póngale usted el nombre que más le convenza.

Porque, aún aceptando que José Luis Ábalos tiene la suficiente «responsabilidad política» como para tener que echarse a un lado, ¿cuáles son los parámetros objetivos que indicarían que la «responsabilidad política» acaba justo ahí y no alcanza a otras personas? La empresa que le habría pagado las comisiones a Koldo no solamente vendió mascarillas a entidades adscritas al Ministerio de Transportes —a Adif y Puertos del Estado por un total de 36,7 millones—; también facturó 3,7 millones al Gobierno de Baleares presidido por Francina Armengol —hoy Presidenta del Congreso de los Diputados—, 13,5 millones al Gobierno de Canarias presidido por Ángel Víctor Torres —hoy Ministro de Política Territorial y Memoria Democrática—, 3,5 millones al Ministerio del Interior de Fernando Grande-Marlaska y al menos dos lotes de valor todavía desconocido al Ministerio de Sanidad, entonces dirigido por Salvador Illa.

Aún aceptando que José Luis Ábalos tiene la suficiente «responsabilidad política» como para tener que echarse a un lado, ¿cuáles son los parámetros objetivos que indicarían que la «responsabilidad política» acaba justo ahí y no alcanza a otras personas?

Si José Luis Ábalos tiene «responsabilidad política» en el ‘caso Koldo’, ¿por qué no la tienen todos estos otros dirigentes del PSOE (o al menos sus subordinados que suscribiesen los contratos)? Una posible respuesta rápidamente viene a la cabeza: porque no sabían que la empresa contratada formaba parte de una trama corrupta. Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que no lo sabían? Además, de momento parece que el PSOE está dando por buena la afirmación de José Luis Ábalos de que él tampoco sabía lo que estaba haciendo Koldo… y, sin embargo, le atribuye «responsabilidad política» igualmente. Por otro lado, ¿qué ocurre con el actual Secretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán, que es quien se trae a Koldo de Navarra a Madrid y lo pone en contacto con Ábalos? ¿Ahí no hay responsabilidad política? ¿No sabía nada Santos Cerdán? ¿Y qué hay detrás del repentino cese de José Luis Ábalos en 2021 cuando todo el mundo pensaba que seguía siendo la mano derecha de Sánchez? Según publicaba ayer el periodista Ernesto Ekáizer, la conversación habría transcurrido más o menos así: Sánchez: «Quería anunciarte que no seguirás en el Gobierno». Ábalos: «¿Hay un motivo para cesarme?». Sánchez: «Sí». Ábalos: «¿Cuál es?». Sánchez: «No te lo quiero decir». ¿Qué es lo que el Presidente no le quiso decir a su —hoy defenestrado— ministro en 2021 y que era tan grave como para justificar un cese fulminante? Además, si Ábalos no ha cometido ninguna acción corrupta y su «responsabilidad política» se deriva de haber cometido un gravísimo error de juicio al elegir a Koldo para puestos críticos, ¿no tendría también alguna «responsabilidad política» Pedro Sánchez por haber cometido un gravísimo error de juicio al elegir a Ábalos para puestos mucho más críticos aún?

Si todas estas preguntas son de tan difícil respuesta es, sencillamente, porque la táctica del cabeza de turco, chivo expiatorio, cortafuegos (o póngale usted el nombre que más le convenza) no es una explicación racional de nada. Es una mera escaramuza mediática para intentar controlar el relato. Es la acción político-comunicativa de entregar la cabeza de una persona para dar así la sensación de que es el único —o el máximo— responsable y cruzar los dedos para que eso sirva para cambiar de tema en las escaletas de los telediarios y que todos los demás que hayan estado más o menos cerca de la trama corrupta puedan seguir caminando por la moqueta de palacio con los ropajes inmaculados.

Independientemente de lo que uno piense de José Luis Ábalos y de si tiene que dejar el acta o no, lo que es absolutamente obvio es que la trama de corrupción personificada en el pintoresco Koldo no es cuestión de una persona ni de dos, sino que ha manchado a una parte importante de las estructuras del PSOE. Si Sánchez verdaderamente quiere proteger a su partido —y no digamos ya proteger la dignidad de las instituciones democráticas—, debería explicar abiertamente y a fondo todo lo que ha pasado y dejarse de tácticas mediáticas y de relatos.


Madrid –

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