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Rubiales aterriza (como puede)

No olvidemos que quien le tumbó, quien desnudó su impunidad y quien reveló al mundo la corruptela que se cocía ahí dentro, no fue ninguno de ellos, ni la jueza, ni fiscalía, ni el gobierno ni la oposición, ni la UCO: fueron, fuimos, las feministas


Ayer, Luis Rubiales aterrizó en Madrid de vuelta —antes de lo esperado— de su retiro en República Dominicana, donde se encontraba residiendo y “trabajando” tras salir de España. En su dorado exilio a orillas del Caribe, Rubiales buscó alejarse del ruido provocado por el #SeAcabó, el movimiento feminista que apoyó a la futbolista Jenni Hermoso ante el beso no consentido que el expresidente de la Real Federación Española de Fútbol le plantó durante el Mundial. Pero la imputación en la Operación Brody le truncó los planes cuando la UCO abrió una investigación por corrupción sobre supuestos contratos irregulares en lo que define como toda una «una estructura de mafia orientada a obtener un lucro».

Rubiales aterriza como puede, y porque puede. La impunidad y el poder del que ha gozado Rubiales, y que le impidieron ver la magnitud del #SeAcabó, consisten en cogerse de los huevos, literal y metafóricamente, e imponer así su criterio, sus corruptelas, sus hombres de confianza, sus intereses, desde la Federación y al mundo. Y no es casualidad que un delincuente económico como él sea, también, un imputado por acoso sexual y coacciones: ¿por qué iba a tener cortapisas en disponer del cuerpo de las mujeres, de la voluntad de sus jugadoras o del trabajo de sus subalternos, si con el mismo poderío disponía de sus millones, sus mordidas, sus contratos corruptos? ¿Qué significa el ejercicio de la libertad que tanto vindican de Rubiales, de Alves, de Neymar, de Santi Mina, de Robinho, de Plácido Domingo, de Vermut, De Weinstein, de Epstein, y de tantos otros?

Ya lo advertimos las feministas: la violencia sexual va, sobre todo, de poder. Y el poder del capital se ejerce, se perpetúa y se proyecta a través de la violencia sexual. En los chalets de Salobreña con prostitutas menores de edad, o en la vulnerabilidad de un casting de cine, o en las orgías con “velinas”, o en la soledad de un reservado de discoteca. En los carísimos bufetes de abogados que te garantizan buenos acuerdos, en los amigotes que te pagan las fianzas, en los medios de comunicación que compras para que siembren la duda sobre la víctima. Cuando Rubiales agarró a Hermoso de la cabeza, lo hizo porque podía. Cuando se cogió los huevos en la grada, lo hizo porque podía. Cuando se puso a repartir acusaciones y salarios millonarios en aquella infame Asamblea de la Federación (la del “no voy a dimitir”) lo hizo porque podía. Por eso, cuando la Ley del Sólo Sí es Sí fue atacada con la rabia desatada de la derecha judicial y del activismo machista —políticos, escritores, tertulianos, señoritos, y muchos don nadies con internet— en ese resentimiento, en ese odio a Montero y a su ley, se intuía el terror a perder el poder y uno de sus más potentes mecanismos para ejercerlo: la violencia sexual.

Por supuesto que la violencia machista tiene clase, precisamente, porque habita en todas ellas, pero solo una ideología la justifica y sustenta. Adivinen a los intereses de qué clases sirve. Y hablando de clases, el consentimiento, por cierto, la tiene también. Por eso era importante legislar la libertad sexual, esa sí, para dar derechos a las más vulnerables, las más precarias, las que creen que no tienen otra opción que tragar y callar, para obtener justicia y reparación, también frente a los señoritos que cuando hay justicia, tiran de cartera. Le convendría recordarlo a todo ese feminismo intelectual que, de tanto cuestionar el consentimiento para tener un espacio desde el que enunciarse, ha terminado por serle más útil a los poderosos que a sus propias compañeras.

Rubiales aterrizaba en Madrid el mismo día en el que se emitía una entrevista suya con Ana Pastor en La Sexta. Para anunciarla, la cadena se esmeraba en hacer una cobertura del desembarco, detención y posterior puesta en libertad en Barajas destinada a alimentar la expectación ante lo que el imputado podría decir anoche. Al margen de la cuestión ética sobre si entrevistar según qué perfiles en según qué momentos puede ser revictimizante para las víctimas, cabría recordar también que mientras el #SeAcabó ya bullía en las redes tras lo ocurrido en el Mundial, el Chiringuito de Jugones continuó cuestionando a Hermoso hasta que alguien dio el toque para entonar el “mea culpa”. Hay feminismos que salen del corazón y del activismo, y otros que salen de los audímetros y de la cartera y llegan demasiado tarde. Que se lo digan a Mónica Oltra.

Lo de “patriarcado y capital, alianza criminal” es un lema profundamente certero, y fundamental para cualquier análisis de género. Rubiales tendrá que dar explicaciones sobre sus contratos millonarios, sobre la Cartuja o sobre la Supercopa en Arabia Saudí, —aunque, bueno, ¿a quién no le va a gustar sentarse a hacer bisnes con saudíes, eh, Pedro Sánchez?— y probablemente muchos de sus amigos, ex amigos y enemigos hayan levantado el teléfono o abierto la boca ahora,  en su descenso de los cielos del fútbol español. Probablemente, sí, Rubiales tenía muchos detractores esperándole y la caja de Pandora de la RFEF se ha abierto para destapar su corrupción, su inmunidad, su abuso de poder. Pero no olvidemos que quien le tumbó, quien desnudó su impunidad y quien reveló al mundo la corruptela de poder que se cocía ahí dentro, no fue ninguno de ellos, ni la jueza, ni fiscalía, ni el gobierno ni la oposición, ni la UCO: fueron, fuimos, las feministas.


Madrid –

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Editorial

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