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Pedro Sánchez da la mano a Mertxe Aizpurúa ante la mirada del navarro Santos Cerdán — Eduardo Parra / Europa Press

Un gobierno de izquierdas en Euskadi

Habiéndose dado una gran cantidad de pasos en la rehabilitación de EH Bildu como un actor político tan legítimo como cualquier otro, sería absolutamente incomprensible que el PSOE siguiera manteniendo el veto a pactar con Bildu tras las próximas elecciones vascas


En las elecciones autonómicas vascas, cada territorio histórico —Araba, Bizkaia y Gipuzkoa— pone 25 diputados independientemente de su tamaño poblacional. En el Parlamento Vasco, la mayoría absoluta que es capaz al mismo tiempo de investir a un lehendakari y garantizar la gobernabilidad durante la legislatura es, así, de 38 escaños. En estos momentos, en el Parlamento Vasco salido de las elecciones del 12 de julio de 2020 —en plena pandemia—, EH Bildu, el PSE y Elkarrekin Podemos suman 37 escaños. Con la correlación de fuerzas actual, no es posible un gobierno de izquierdas en Euskadi. Sin embargo, según el último Sociómetro del propio gobierno vasco, en pocos meses, eso podría cambiar. Según la encuesta pública, con una muestra de 3000 personas, la suma de EH Bildu, PSE y Elkarrekin Podemos arrojaría para los próximos comicios —previstos en la primavera de 2024— una mayoría absoluta de 39 escaños. Aunque los morados sufrirían una fuerte caída —a la espera de lo que decida hacer Sumar, sin apenas implantación territorial en Euskadi, pero con la voluntad de presentarse—, los tres escaños que les pronostica el Sociómetro les conferirían una importante posición táctica, al ser indispensables para la gobernabilidad.

Si estos pronósticos se cumplen aproximadamente, si el bloque de izquierdas —lo llamamos de «izquierdas» y no «progresista» porque el PSE es minoritario allí— consigue en efecto una mayoría para gobernar, entonces el PSOE se tendrá que enfrentar a una decisión parecida a la que ha tenido que tomar en estos días en el Ayuntamiento de Pamplona.

Aunque las últimas elecciones municipales de mayo de este mismo año sí arrojaron una mayoría de izquierdas en el consistorio de la capital navarra —con 14 ediles entre EH Bildu, el PSN y Contigo Zurekin sobre un total de 27 asientos—, con la campaña de las elecciones generales del 23 de julio en ciernes y la ofensiva que había llevado a cabo la derecha por la inclusión de ex miembros de ETA en las listas de los abertzales, los socialistas no se atrevieron a hacer alcalde a Joseba Asiron de EH Bildu y decidieron, en cambio, abstenerse para dejar paso a Cristina Ibarrola de UPN. En los últimos días, sin embargo, y con Pedro Sánchez ya sólidamente investido en la Moncloa, se ha hecho público un acuerdo entre el PSE y EH Bildu para respetar los resultados emanados de las urnas y hacer alcalde de Pamplona a Asiron el próximo 28 de diciembre mediante una moción de censura.

La movilización de la derecha y la extrema derecha detonada este domingo en la capital foral a causa de este anuncio, en la que García Gallardo (VOX) ha dicho que «va a gobernar ETA en Pamplona» y Feijóo ha suscrito sus palabras hablando de «pacto encapuchado», dibuja exactamente cuál es el núcleo político de la cuestión. A pesar de que la banda terrorista dejó de existir hace ya una década, las derechas han intentado establecer en los últimos años, mediante la potencia de sus cañones mediáticos —y la debilidad ideológica de los medios de la progresía—, un cordón sanitario que impidiese los acuerdos entre el PSOE y Bildu a todos los niveles. Tony Soprano restaba carga emocional a su actividad diciendo que «son solo negocios» y podemos afirmar de forma análoga que, a pesar de las intensas apelaciones a sentidos principios morales, para la derecha y la extrema derecha esto «es solo aritmética». Como es obvio, si tú consigues que esté políticamente prohibido pactar con los concejales, diputados autonómicos o diputados estatales de ciertos partidos de izquierdas, tú adquieres la capacidad de sabotear determinadas mayorías democráticas y puedes llegar a gobernar aunque la ciudadanía te haya colocado en minoría en las urnas. Es así como funciona un cordón sanitario más allá de las banderas morales que se enarbolen para justificarlo.

El director de El Mundo era clarísimo en un artículo reciente cuando utilizaba los más elevados principios para restar escaños a las mayorías parlamentarias de sus adversarios

En este sentido, el director de El Mundo era clarísimo en un artículo reciente cuando utilizaba los más elevados principios para restar escaños a las mayorías parlamentarias de sus adversarios. Joaquín Manso escribía que «la renuncia a cerrar acuerdos políticos con el proyecto nacionalista radical que todavía justifica los centenares de asesinatos de ETA formaba parte de la fibra moral que cohesionaba una idea compartida de España y de la libertad». Pero, de nuevo, hay que desdramatizar. Al fin y al cabo, cuando el PSOE y la progresía mediática apelan constantemente a una supuesta moderación del PP que quedaría manchada por sus pactos con VOX, están intentando hacer exactamente lo mismo del otro lado del parteaguas: restarle concejales, diputados autonómicos o diputados estatales a las mayorías que pueda armar Feijóo. Por mucho que Sánchez mente al Tercer Reich en la cara de Manfred Weber, son solo negocios. Es solo aritmética.

Aclarados los objetivos operativos de lo que se ha dado en llamar «cordón sanitario», y habiéndose dado además una gran cantidad de pasos en la rehabilitación de EH Bildu como un actor político tan legítimo como cualquier otro —desde su inclusión en la mayoría que dio soporte al Gobierno en la pasada legislatura, hasta la moción de censura en el Ayuntamiento de Pamplona, pasando por la foto que aceptó hacerse Sánchez con la portavoz de la formación abertzale en el Congreso, Mertxe Aizpurúa—, sería absolutamente incomprensible que el PSOE siguiera manteniendo el veto a pactar con Bildu tras las próximas elecciones vascas, suponiendo que se dé una mayoría de izquierdas. Es verdad que Pedro Sánchez necesita también los cinco votos del PNV en el Congreso para que la legislatura no acabe estrangulada, y es verdad también que el fomento de los discursos de exclusión de los posibles socios opera, en ocasiones, como palanca negociadora de la que el PSOE se puede aprovechar —como hizo en 2019 para intentar dejar a Podemos fuera del Gobierno—, pero la creciente ultraderechización del bloque de derechas y su apuesta por la confrontación frontal —tanto parlamentaria, como judicial, como mediática— contra el Ejecutivo recomienda, por un lado, no comprar ni siquiera parcialmente los marcos reaccionarios —y el veto a los pactos con Bildu sin duda es uno de ellos— y, por otro lado, bascular la acción política en todos los ámbitos sobre el flanco izquierdo, para así conseguir el mayor poder institucional que permita los mayores avances sociales como única vacuna contra los Mileis en ambas orillas del Atlántico.

Si las próximas elecciones vascas arrojan la mayoría suficiente como para situar a un lehendakari de izquierdas en Ajuria Enea, el PSOE tendrá que elegir entre pactar con el PNV y seguir concediendo así victorias ideológicas al bloque reaccionario o respetar el mandato de las urnas aunque la derecha y la progresía mediáticas desaten las siete plagas de Egipto (hasta que se acostumbren, se cansen o la actualidad les obligue a cambiar de tema).


Madrid –

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