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La palabra «fascista» en los medios de comunicación

Una de las concreciones más evidentes de ese principio de inversión de la realidad es el uso en el discurso mediático dominante de la propia palabra «nazi» o «fascista». ¿Qué significa esto?


Hay un mecanismo que es constitutivo y esencial en el discurso de las ultraderechas, que es el llamado principio de transposición o, podríamos decir, el principio de inversión de la realidad. Por ejemplo, es la inversión del enemigo público: los adversarios de la mayoría no son los de arriba, los que privatizan lo público, los que acumulan toda la riqueza, los que persiguiendo su propio beneficio económico están poniendo en riesgo ya la propia vida en el planeta, no; los adversarios de la mayoría son los trabajadores más pobres que tú, son las personas migrantes, son quienes reciben una ayuda del Estado; los enemigos de los penúltimos son los últimos. La inversión de las elites: las elites no son gente como Elon Musk, o Jeff Bezos, o Amancio Ortega o Donald Trump, esos son gente del pueblo que empezaron desde abajo y llegaron ahí gracias a su esfuerzo y su mérito; las elites son los políticos de izquierdas que oprimen a esos grandes creadores de riqueza y bienestar manejando los hilos del mundo comunista en el que vivimos.

Ese discurso de la ultraderecha, en el caso de España, se condensa en una expresión que ha acuñado VOX: «el consenso progre». Lo que están diciendo con eso, en el fondo, es que este mundo extremadamente desigual en el que vivimos, en el que el 1% acumula tanta riqueza como el 99% restante, en realidad es nuestro mundo, el mundo de quienes creemos en la justicia social, y ellos se oponen a él y quieren cambiarlo. La realidad, obviamente, es que no vivimos en ningún «consenso progre»: vivimos en el consenso capitalista, vivimos en el consenso patriarcal, vivimos en el consenso belicista, vivimos en el consenso racista, colonial y del extractivismo de la riqueza del Sur por parte de las potencias del Norte. Vivimos en el consenso del 1% y este mundo -aunque no coincide por completo con el proyecto de esa elite sino que es resultado de un conflicto- es mucho más su mundo que el nuestro.

Una de las concreciones más evidentes de ese principio de inversión de la realidad es el uso en el discurso mediático dominante de la propia palabra «nazi» o «fascista». ¿Qué significa esto? Pues que, al tiempo que se ponen todo tipo de comillas y matices o directamente se rechaza que se pueda aplicar el término “fascistas” a los nuevos fascistas, se llama “fascistas” a la izquierda. O «nazis» a las feministas.

Lucía Etxeberría en The Objective: “Por qué los de Podemos son unos fascistas. Digámoslo alto y claro: esta gente que siempre está con la palabra fascista a flor de labios… son los más fascistas de todos. Y deberíamos empezar a decirlo ya, a boca llena y sin complejos. Podemos son fascistas de fondo, y matones de barrio de forma. Y es una vergüenza que gente como está tenga peso dentro de un gobierno que se llama a sí mismo democrático”.

La Razón: “Podemos ser fascistas. Bastantes supuestos progresistas guardan con el fascismo apreciables concomitancias. Es el caso de la casta dirigente de Podemos. El fascismo es anti-individualista: niega a la gente la posibilidad de una vida social plena y próspera en un marco de libertades. La defensa de lo público y el recelo ante lo privado, así, son típicos del fascismo. “El individualismo es mentira”, concluye la ministra, y la solución es ir “todos a una” y “reforzar los servicios públicos”. En caso contrario “no hay futuro para la gran mayoría de la gente”. Además de reseñar las deficiencias en su razonamiento, resulta asimismo revelador el carácter fascista del mismo. Mussolini no habría podido expresar el anti-individualismo mejor que doña Irene Montero”.

Defender los servicios públicos conquistados por la lucha de las mayorías sociales es de fascistas; privatizar hasta el agua de las fuentes es de demócratas y de antifascistas.

La Información, Inocencio Arias: “¿Tiene Podemos un componente fascista?«. «Hace días, en un programa radiofónico, un concejal madrileño se sintió ofendido porque, después de hacerle una pregunta y oír su respuesta, le dije que veía en esa formación política “una veta fascista”. No de derecha fascista sino de izquierda, pero fascista en todo caso, con un tufillo totalitario. No menos fascista, en el sentido de excluyente, mesiánica, totalitaria, que si fuera de ese tinte de derechas. Lo que motivó mi reacción en la radio es que cuando pregunté al concejal si Podemos iba a apoyar el pacto de Psoe-Ciudadanos para formar gobierno respondió negativamente porque, explicó, ese no era el cambio que querían los españoles. Perplejo, dije al concejal que su frase tenía el mismo tufillo fascista que los slogans que se enarbolaban en la puerta del Sol el 15 de Marzo» (sic).

Fascistas no son quienes descargan su violencia mediática sobre los inmigrantes, los pobres y la izquierda desde las tribunas de las grandes empresas de comunicación, todas ellas en manos de la derecha: fascista era el 15 «de marzo», amigos.

Se puede escuchar también en la televisión: Ana Rosa Quintana y Eduardo Inda en Telecinco, o Juan del Val llamando fascista a Podemos en el Hormiguero, uno de los programas más importantes de España (no estamos ante un «argumento» que aparece en una columna de opinión en un blog cualquiera, sino ante un mecanismo ideológico de primer orden que constituye el discurso mainstream de la derecha mediática).

Ejercer violencia mediática sistemática, con bulos, con mentiras, con corrupción, contra una fuerza política nacida desde abajo es democracia; denunciar esa violencia y esos abusos de poderes corporativos a los que nadie ha votado es fascismo. Y, si te lo dicen Eduardo Inda, Ana Rosa Quintana y Juan del Val, tiene que ser verdad.

Queda claro el mecanismo. Ahora, un par de ejemplos de su cara B. Público, noviembre de 2022: “La Mesa del Congreso retira del diario de sesiones la definición de «fascista» tras los ataques machistas de Vox. El vicepresidente primero de la mesa del Congreso, el socialista Alfonso Rodríguez de Celis, ha retirado del diario de sesiones las apelaciones de Irene Montero a Vox como una formación «fascista»”.

Gracias, Meritxell Batet y Alfonso Rodríguez de Celis, grandes socialistas, por vuestro gran servicio a la democracia y contra el avance del fascismo.

Agencia EFE, también noviembre de 2022: “Retiran la palabra al portavoz de Unidas Podemos por llamar fascista a Vox. El presidente de las Cortes de Castilla y León, Carlos Pollán (Vox), ha retirado la palabra al portavoz de Unidas Podemos, Pablo Fernández, tras llamarle la atención en tres ocasiones por acusar al vicepresidente de la Junta, Juan García-Gallardo, de “proferir la ideología fascista”.

Así que, si dices en un parlamento que un dirigente de ultraderecha profesa la ideología fascista, o lo borran del diario de sesiones o directamente te quitan la palabra y te expulsan del pleno. En este caso concreto hablamos además de un tipo, Juan García-Gallardo, que, aparte de todas las cosas que dice, se pone como avatar público en sus redes sociales un símbolo neonazi.

Nada, nada. «Nazis» y «fascistas», a las feministas y a las organizaciones de izquierda. Llamárselo a alguien que luce símbolos nazis es intolerable. Ya lo decían los de Polònia.


Este texto es una adaptación del análisis de Manu Levin en La Base, puedes ver el episodio completo aquí:

Madrid –

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Editorial

  • Florentino Pérez, ministro de Vivienda

    El problema de la vivienda en España es gravísimo y es urgente en términos sociales y económicos abordarlo de forma valiente. Pero habría que ser muy inocente para llevarse a engaño. Es obvio que el PSOE no va a hacer absolutamente nada significativo en esta materia