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La polarización asimétrica

Ahora van a por los que utilizaron durante demasiado tiempo la idea de la ‘polarización’ para su propio beneficio, y lo que tenemos que hacer los demócratas es apoyarlos y desear que no sea demasiado tarde para volver a meter el genio en la botella. Pero sin perder nunca la memoria


A finales del año pasado, la Fundación del Español Urgente (Fundéu) —promovida por la Real Academia Española y la Agencia EFE— elegía ‘polarización’ como la palabra del 2023. Uno de los motivos detrás de este galardón, según la propia Fundéu, ha sido «su elevada presencia en los medios de comunicación durante los últimos meses». En efecto, el vocablo ‘polarización’ se utiliza incesantemente por parte de la gran mayoría de presentadores, periodistas y tertulianos de los medios de comunicación para referirse a una supuesta situación social y política insoportablemente tensada entre dos extremos radicalmente opuestos y plagada de improperios, insultos, acusaciones gravísimas y salidas de tono en general.

Junto a otras palabras, que, con distintos matices, se suelen utilizar para el mismo fin, como ‘crispación’, ‘tensión política’ o ‘ruido’, el sustantivo elegido por la Fundéu tiene una importante ventaja para el usuario que explica su uso tan extendido: decir ‘polarización’ permite al que la dice llevar a cabo al mismo tiempo —al menos— dos posicionamientos políticos implícitos que son enormemente funcionales para los objetivos de la mayoría de los medios de comunicación.

En primer lugar, la ‘polarización’ siempre se achaca al discurso y a las acciones de los representantes de los partidos políticos. Los medios jamás van a decir que la banca, las empresas energéticas o Mercadona generan ‘polarización’ social al saquear las economías de las familias trabajadoras, y por supuesto tampoco van a reconocer que existan discursos ‘polarizantes’ entre sus presentadores, periodistas y tertulianos. De este modo, la palabra ‘polarización’ les permite borrar a los grandes poderes económicos y mediáticos del tablero político y así desviar la atención de millones de personas desde los verdaderos responsables de la mayor parte de sus males hacia agentes políticos mucho menos poderosos que éstos, como puedan ser diputados o ministros. Decir ‘polarización’ es, al mismo tiempo, hacer antipolítica y proteger a la oligarquía que manda sin presentarse a las elecciones. Por eso usan tanto la palabra.

En segundo lugar, decir ‘polarización’ —o ‘crispación’, o ‘ruido’— permite al que la dice poner en pie de igualdad opciones políticas que a priori no tienen mucho que ver y ni siquiera comparten la misma naturaleza. Atendiendo a los hechos, es completamente evidente que hay opciones políticas que protegen los privilegios jurídicos y económicos del 1% más pudiente y poderoso de la población, aunque, para ello, tengan que desposeer y oprimir a la inmensa mayoría de la sociedad, o incluso llegar a la represión y la violencia si la movilización popular amenaza esos privilegios. En el otro extremo, hay opciones políticas que pretenden erradicar la pobreza, reducir significativamente la desigualdad, garantizar vidas dignas para todo el mundo y proteger la democracia, aunque, para ello, tengan que enfrentarse a ese 1% donde se concentra el 99% del poder. Decir ‘polarización’ —o ‘crispación’, o ‘ruido’— permite al que la dice sugerir implícitamente que ambas opciones políticas son iguales (son iguales porque hacen lo mismo: ‘polarizar’). Hay un famoso meme de Internet en el cual una chica pregunta «¿Y qué ideas tenéis, chicos?» a dos pasajeros en un avión, uno con una esvástica en la camiseta y otro con un símbolo antifascista. El de la esvástica contesta: «Soy racista, machista, fascista, islamófobo y homófóbo. Creo que Hitler tenía razón y me encanta salir de cacería con los colegas y dar palizas a toda persona que sea o piense diferente.» «¿Y tú?», pregunta entonces la chica al otro pasajero. Cuando éste responde «Yo estoy en contra de todo eso», la chica concluye exclamando «¡Oh dios mío, sois idénticos!» Decir ‘polarización’ es blanquear a la extrema derecha a base de equipararla con proyectos políticos que defienden la igualdad, la democracia y los derechos humanos. Por eso también usan tanto la palabra en un ecosistema mediático significativamente inclinado hacia el 10 de la escala ideológica del CIS.

Decir ‘polarización’ es blanquear a la extrema derecha a base de equipararla con proyectos políticos que defienden la igualdad, la democracia y los derechos humanos

Perfectamente consciente de este hecho y enfrentado a unas derechas cada vez más agresivas y trumpistas que ejercen —ya sin complejos— la violencia política incluso contra el líder del PSOE, el propio Pedro Sánchez intentaba romper esta neolengua perversa y proclamaba recientemente en un mitin de partido que dicha simetría no existe. «Hay gente que insulta y gente que son insultados, gente que asedia sedes y otros somos asediados», dijo —elocuente— el presidente del Gobierno. Y eso que, cuando pronunció estas palabras, una turba de lunáticos ultraderechistas no había ahorcado y apaleado aún a un muñeco que lo representaba en la puerta de Ferraz.

Tiene razón el presidente. Es mentira que la ‘polarización’ se ejerza por igual desde ambos lados del parteaguas. Los insultos y la violencia política provienen de las derechas y se dirigen hacia las izquierdas. No hay dos agresores. Hay agresores y agredidos. Es mentira que dentro del saco de la ‘polarización’ —o de la ‘crispación’, o del ‘ruido’— quepan lo mismo gritar «que te vote Txapote», llamar «hijo de puta» al jefe del ejecutivo o apalear un muñeco que hacer planteamientos políticos contundentes, criticar legítimamente al adversario o señalar los privilegios de aquellos que bloquean los avances sociales y democráticos. Todo eso es verdad y es tremendamente peligroso permitir la corrosión antipolítica y el blanqueamiento de los ultras que casi siempre se esconde detrás de la utilización de términos como estos.

El problema que tiene Sánchez y que tiene el PSOE es que eso es exactamente lo que ellos mismos y sus medios afines han hecho con Podemos durante años. Cuando manifestantes de extrema derecha acampaban a las puertas de una vivienda donde no solamente vivían un vicepresidente y una ministra sino también sus hijos pequeños, cuando Eduardo Inda publicaba ecografías de Irene Montero, cuando quemaban un muñeco de Pablo Iglesias en un pueblo gobernado por el PP, cuando le enviaban balas en un sobre en plena campaña electoral, cuando Ferreras le mandaba una cabeza de caballo ensangrentada en forma de fake news en prime time, cuando determinados sectores de la judicatura y la práctica totalidad de los medios montaban una cacería contra el ministerio de Igualdad y la ley solo sí es sí y VOX acompañaba desde la tribuna ejerciendo violencia política contra la ministra, en todas estas ocasiones y en muchas más, desde el PSOE, desde sus apoyos mediáticos y también desde una parte de la supuesta izquierda que siempre ha buscado sacar a los morados de la ecuación, se habló demasiadas veces de ‘polarización’, ‘crispación’ o ‘ruido’. «Es cierto que todo eso que les hacen es muy grave, pero convengamos que ellos hacen cosas muy parecidas y, en cierto modo, van provocando.»

Muchos advirtieron entonces de que todo eso no era un ataque a Podemos sino a las bases mismas del sistema democrático. Pero se prefirió utilizar la equidistancia como táctica política para conseguir una ventaja en el corto plazo, sembrando así durante años la plaga que hoy crece robusta. Como ya advirtió Niemöller, ahora van a por los que utilizaron durante demasiado tiempo la idea de la ‘polarización’ para su propio beneficio, y lo que tenemos que hacer los demócratas es apoyarlos y desear que no sea demasiado tarde para volver a meter el genio en la botella. Pero sin perder nunca la memoria.


Madrid –

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Editorial

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