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El fiscal general, la ex ministra de justicia y los presidentes del TC, CGPJ, Congreso y Senado, junto al rey, en la apertura del año judicial — Alberto Ortega / Europa Press

El Poder Judicial y el poema de Niemöller

Tan seguro estaba el PSOE de su posición sistémica central que pensó que estaba a resguardo y que nunca iban a ir a por ellos. Pero alimentar al monstruo contra los adversarios del régimen bipartidista del 78 no ha hecho si no dotarle de mayor legitimidad y aumentar su voracidad


En un solo día —ayer—, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) —que lleva casi cinco años con el mandato constitucional caducado— intentaba tumbar el nombramiento por parte del gobierno de Sánchez del Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, y el Tribunal Supremo tumbaba de hecho el nombramiento como presidenta del Consejo de Estado de la que fuera ministra de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social en el primer gobierno de Sánchez, Magdalena Valerio. A estas acciones de abierta hostilidad del Poder Judicial contra Pedro Sánchez y el PSOE podemos sumar otras muchas en las últimas semanas y meses: los numerosos pronunciamientos del propio CGPJ y de las asociaciones mayoritarias de jueces y fiscales contra el acuerdo de PSOE y Junts para la investidura de Sánchez —pronunciamientos que no está ni siquiera claro que puedan hacer sin violar la Ley Orgánica del Poder Judicial—, la imputación por parte del juez Manuel García Castellón de Carles Puigdemont y de la secretaria general de Esquerra Republicana de Catalunya, Marta Rovira, nada menos que por actos de terrorismo en el marco de la causa de Tsunami Democràtic, de nuevo, en plenas negociaciones de investidura, o la reciente anulación también por parte del Supremo del nombramiento de la que fuera ministra de Justicia de Sánchez y Fiscal General del Estado, Dolores Delgado, como fiscal de sala (la máxima categoría de la carrera fiscal), alegando que el nombramiento por parte del Consejo de Ministros a propuesta del Fiscal General, Álvaro García Ortiz, constituyó una «desviación de poder».

Teniendo en cuenta que el PSOE no solamente es un partido que protege de forma clara y contundente el statu quo del reparto de poder y privilegios en España sino que, posiblemente, es más importante incluso que el PP a la hora de mantener todo atado y bien atado al canalizar —y anestesiar— buena parte de las energías políticas transformadoras de la sociedad al callejón sin salida del reformismo paulatino y cosmético, siempre en concertación con los grandes poderes económicos, mediáticos, militares y del Estado profundo, y al tiempo que el reparto de papeles simbólicos característico del sistema del turno bipartidista le permite hacer esto manteniendo la etiqueta «progresista» o, incluso, «de izquierdas», teniendo en cuenta —entonces— que el PSOE es, en virtud de estas características operativas, el pilar fundamental del régimen del 78, el que garantiza los beneficios de las grandes corporaciones del Ibex 35 —que ayer recuperaba los 10.000 puntos por primera vez desde 2018— y que ni siquiera amenaza a los grandes capitales transnacionales y extractivos que hacen negocio de forma colonial con la materia prima y la fuerza de trabajo en nuestro país, teniendo en cuenta que el PSOE es el puntal más importante que sujeta la continuidad de la monarquía, el reparto asimétrico de la producción industrial y de servicios en la Comunidad Europea y la subordinación de España a los intereses estratégicos de Estados Unidos en el seno de la OTAN, teniendo en cuenta todo esto, la guerra que le ha declarado el Poder Judicial a un partido con el que comparte de forma tan obvia intereses de clase es algo que requiere una explicación política.

La guerra que le ha declarado el Poder Judicial a un partido con el que comparte de forma tan obvia intereses de clase es algo que requiere una explicación política

Esta explicación tiene al menos dos partes. La primera es exógena y tiene que ver con que nuestro país, como cualquier otro, está inserto en una ola reaccionaria de nueva generación según la cual las modernas ultraderechas, por un lado, no aceptan ni el más mínimo avance social —ni siquiera el maquillaje cosmético de la socialdemocracia sistémica— y pretenden conseguir la reversión más rápida y brutal posible de los derechos civiles y económicos de las mayorías para incrementar con la misma rapidez y con la misma brutalidad los beneficios de la clase parasitaria. Por otro lado, mediante la estrategia trumpista, las nuevas ultraderechas están dispuestas a conseguir estos objetivos mediante la captura ideológica no solamente de la opinión pública sino también de los diferentes poderes del Estado a través de la aceptación de la mentira, el odio y la difamación como herramientas políticas válidas que son propagadas de forma masiva por un poder mediático corrupto y que justifican cualquier tipo de acción antidemocrática por parte de la judicatura en forma de lawfare. Este comportamiento golpista de nuevo cuño que, incluso, está empezando a juguetear con la violencia fascista en los países desarrollados, esta no aceptación de las reglas de la democracia si éstas suponen el más mínimo freno al desmantelamiento neoliberal del Estado del bienestar, eso es Trump, eso es Bolsonaro, eso es Wilders y Milei, pero eso es también el bloque reaccionario español capitaneado en lo político por Ayuso y José María Aznar y con el concurso indispensable del brazo judicial y, por supuesto, el mediático (el más poderoso de todos ellos, al ser el que hace posible el conjunto de la operación). Esto es lo que estamos viendo en nuestro país y esta es la dinámica en la cual se inserta la violencia del Poder Judicial contra Pedro Sánchez y el PSOE. Una nueva época en la cual las oligarquías ya no se contentan con ganar muchísimo dinero bajo gobiernos socialdemócratas sino que pretenden ganar todavía muchísimo más aunque ello conlleve volar por los aires incluso los más tímidos y conservadores elementos formales de los sistemas democráticos occidentales.

En clave más local, lo que estamos viendo también tiene buena parte de su origen en la particular dinámica política española de los últimos años. Al fin y al cabo, la violencia judicial contra el PSOE no es la primera que hemos visto en esta década. En estos años, hemos asistido a la inhabilitación de Isa Serra a manos del juez Celso Rodríguez Padrón con todas las pruebas materiales en contra de esa decisión y en un juicio cargado de irregularidades, hemos visto como Manuel Marchena —con la inestimable ayuda de Meritxell Batet— le robaba su acta a un diputado electo, Alberto Rodríguez, de nuevo sin ninguna prueba incriminatoria, hemos sido bombardeados a través de los medios de comunicación con los numerosos capítulos de la larguísima investigación prospectiva del juez Escalonilla contra Podemos que ha confirmado ser tan falsa como parecía desde el principio, hemos visto al juez Manuel García Castellón intentar imputar al vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, en un juicio en el que el entonces secretario general de Podemos era la víctima, hemos contemplado un catálogo casi interminable de actuaciones de lawfare contra el independentismo catalán en la lógica del «a por ellos» y hemos contado por decenas los juzgados que han detonado una cacería reaccionaria contra los avances feministas y el Ministerio de Igualdad de Irene Montero a base de rebajar —de forma irregular y bordeando la prevaricación— las penas de centenares de agresores sexuales. Ante todos estos ataques, que tienen el mismo origen y la misma lógica que los que estamos ahora viendo contra el PSOE aunque tuviesen diferentes objetivos, el partido de Sánchez y sus grupos mediáticos afines optaron bien por no hacer nada y ponerse de perfil, bien por acompañar incluso la ofensiva para aprovecharse de ella políticamente.

Tan seguro estaba el PSOE de su posición sistémica central que pensó que estaba a resguardo y que nunca iban a ir a por ellos. Pero eso no es lo que ha ocurrido en los últimos años en España, en los que alimentar al monstruo contra los adversarios del régimen bipartidista del 78 —la izquierda transformadora, el independentismo o el feminismo— no ha hecho si no dotarle de mayor legitimidad, garantizar su impunidad comunicativa y aumentar su voracidad depredadora. Y tampoco es lo que nos ha enseñado la historia europea del siglo pasado. «Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista», comienza el famoso poema de Niemöller. Las palabras del pastor luterano alemán vuelven a estar en plena vigencia y nos vuelven a recordar que, cuando viene la oscuridad, los que pensaron que iban a estar protegidos a base de contemporizar con ella son absolutamente inútiles para pararla. «Als sie mich holten, gab es keinen mehr, der protestieren konnte. / Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar.»


Madrid –

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