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Carmen Calvo e Irene Montero en el traspaso de carteras en 2020 — Eduardo Parra / Europa Press

La venganza de Carmen Calvo

Hoy, no es de extrañar la enorme alegría expresada por Carmen Calvo al haberse consumado la expulsión de Podemos en general y de Irene Montero muy en particular del gobierno de España a manos de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz


Ayer por la mañana, tras confirmarse de forma oficial —es decir, mediante la filtración del PSOE a sus periodistas de confianza— la expulsión de Podemos del Gobierno y después de conocerse el nombre de la persona que va a ocupar el Ministerio de Igualdad en el nuevo Consejo de Ministros de Sánchez mediante la exclusiva otorgada por el presidente a Antonio García Ferreras, uno de los periodistas que más se implicó en la cacería reaccionaria contra Irene Montero a cuenta de la Ley Sólo Sí es Sí, Carmen Calvo declaró a los medios de comunicación que se sentía «la segunda persona más contenta de España» con la salida de Montero del Ministerio y celebró su recuperación por parte del PSOE para hacer «un feminismo de la igualdad», sea lo que sea lo que eso signifique.

Si uno repasa todo lo acontecido en los últimos años, se entiende perfectamente por qué la exvicepresidenta y diputada socialista estaba tan feliz. Al fin y al cabo, y no sin dar antes una cruenta pelea, Carmen Calvo fue la víctima política de más alto nivel que se cobró la nueva ola del movimiento feminista durante la pasada legislatura.

Al feminismo institucional de Calvo, que abrió —por supuesto— una brecha muy importante para que sus más modernas evoluciones pudieran avanzar, se le precipitó, como una ola, el desborde que suponía el feminismo popular, interseccional y diverso representado por Montero. La igualdad de Calvo fue una espita en el patriarcado político de su generación, pero hacía tiempo que se había quedado muy pequeña y muy alejada de las calles a las que miraba con descofianza desde sus despachos. La apuesta de Calvo tenía más que ver con disputar la participación de mujeres blancas de clase media o media alta en puestos de representación política, de relevancia académica o en la élite empresarial que con mejorar las condiciones de vida de las mayorías populares. Un feminismo institucional que no cuestionaba de forma radical las bases materiales y culturales del patriarcado capitalista como la causa última de la desigualdad entre hombres y mujeres y de la violencia hacia estas últimas, sino que aceptaba tácitamente las reglas del juego siempre y cuando algunas mujeres pudieran romper los techos de cristal. Un feminismo que no miraba a los ojos al poder ni al Estado ni buscaba disputarlo —para todas, todo—, sino que se conformaba con poder volar bajo su ala. Frente a ese feminismo controlado y hegemonizado por el PSOE y representado por Carmen Calvo —que, hace unas semanas dijo que era muy importante que pudiéramos tener una reina mujer—, la nueva ola que se produce durante los años y las dinámicas que rodean a la masiva movilización y huelga de cuidados del 8M de 2018 inaugura un nuevo feminismo popular, plebeyo, que no se hace desde arriba sino desde abajo, que no tiene ninguna duda en incluir a todas las personas LGTBI —mujeres o no— como compañeras de lucha, que no solamente habla de techos de cristal ni de paridad en las listas donde habitan los privilegiados, sino sobre todo de los suelos pegajosos en los que se mueven las mujeres precarias, las mujeres en situación administrativa irregular, las invisibles, las racializadas, las mujeres de clase trabajadora sobre las cuales se imponen las tareas de cuidados sin reconocimiento ni remuneración, un nuevo feminismo que dice claramente que hay que repartir no solamente la renta y la riqueza, sino también el tiempo, y que denuncia a voz en grito todas las formas de violencia —desde el micromachismo más interiorizado hasta los asesinatos machistas—, que reivindica la libertad sexual de las mujeres al mismo nivel que la de los hombres y que, precisamente por ello, pone el consentimiento en el centro, un nuevo feminismo que incorpora a las nuevas generaciones de mujeres y que logra desbordar como un tsunami los límites de las conquistas culturales anteriores. Un nuevo feminismo que es coetáneo con el desarrollo y maduración de Podemos como fuerza política y que pasa rápidamente a formar parte estructural de su naturaleza, siendo hoy una organización liderada por mujeres feministas.

Un nuevo feminismo que es coetáneo con el desarrollo y maduración de Podemos como fuerza política y que pasa rápidamente a formar parte estructural de su naturaleza, siendo hoy una organización liderada por mujeres feministas

Es justo durante ese cambio de fase del que probablemente sea el vector democratizador más potente de nuestra época —el movimiento feminista, porque sobre todo es eso, un movimiento en marcha— cuando se produce la negociación fallida del gobierno entre el PSOE y Podemos en el verano de 2019, es precisamente Carmen Calvo la persona que lidera —como vicepresidenta del gobierno monocolor de Pedro Sánchez emanado de la moción de censura— el equipo negociador de los socialistas, y es su negativa a entregar la cartera de Igualdad, ostentada hasta ese momento por ella, uno de los elementos centrales que provocan el descarrilamiento final de las conversaciones y la repetición electoral con la que Sánchez pretendía debilitar a los morados mediante la propulsión por parte de sus aliados mediáticos de su escisión Más País. Que Carmen Calvo trabajó arduamente no para conseguir un acuerdo, si no para hacerlo volar por los aires, quedó completamente claro el día que se demostró que había falsificado un documento que le había enviado Pablo Echenique, cambiando el título de «Propuestas de Podemos» a «Exigencias de Podemos» y filtrándolo a la Cadena SER. Por eso, cuando se conocieron los resultados de las elecciones del 10 de noviembre de 2019 y Sánchez comprobó que no le quedaba más remedio que llegar a un acuerdo con Pablo Iglesias si quería ser presidente, tomó dos decisiones simultáneamente: cedió el Ministerio de Igualdad a Podemos y apartó de las negociaciones a Carmen Calvo para poner al frente a María Jesús Montero y a Félix Bolaños.

Sin embargo, y aunque esto permitió el acuerdo que desembocó en el primer gobierno de coalición desde la recuperación de la democracia, Sánchez mantuvo a Calvo como vicepresidenta y ésta decidió recrudecer su batalla contra el feminismo representado por Irene Montero y por Podemos, ahora en el seno del Consejo de Ministros. Desde el primer día, Montero supo que tenía que convertir en legislación y en decisiones ejecutivas las demandas de la nueva ola feminista y Calvo intentó sabotear todos los avances en todas y cada una de las ocasiones disfrazando a menudo de “debate” político, teórico o académico lo que simplemente era una pataleta por ver como el feminismo ya no le pertenecía, ni en los despachos, ni en las calles. Ya en marzo y apenas dos meses después de la formación del gobierno, Calvo acuña uno de los conceptos fake que luego han abrazado los reaccionarios para atacar la acción política del Ministerio de Igualdad: la «inseguridad jurídica». Con esa suerte de mansplaining que condensa el sentimiento de superioridad machista con el generacional y el de clase, Calvo se alía con el ministro de Justicia Juan Carlos Campo para intentar retrasar lo máximo posible una de las leyes fundamentales de Montero: la Ley Sólo Sí es Sí. Finalmente, la ley es visada por Justicia y aprobada definitivamente en el Congreso de los Diputados, pero el concepto de «inseguridad jurídica» ya había sido instalado mediáticamente y, cuando una minoría de jueces deciden —en contra de la jurisprudencia y del espíritu de la ley— empezar a rebajar penas a agresores sexuales, es mucho más fácil para los reaccionarios convencer a la gente de que el problema está en la ley y no en la judicatura. En el último tramo de la legislatura la cacería contra Irene Montero y el Ministerio de Igualdad se vuelve especialmente violenta y, entonces, el PSOE decide sumarse a ella para debilitar políticamente a la ministra y pactar con el PP una modificación retrógrada del texto legislativo para sacar el consentimiento del centro de la escala penológica y volver al viejo esquema penal que obligaba a las mujeres a demostrar que se “habían resisitido” a la violencia sexual. El día de la votación, Carmen Calvo, ya destituida del gobierno, escribía en Twitter: «Solo si es si y más con la reforma aprobada hoy. (sic) A pesar de tantas estupideces dichas en nombre del Feminismo, sobre todo por parte de las que no estuvieron nunca y ahora pretenden hacerlo falsamente suyo.» La ex vicepresidenta daba así rienda suelta a su odio construido a lo largo de tantas y tantas derrotas políticas ante Montero, especialmente la que muy posiblemente acabó con su salida del Gobierno: la Ley Trans. Durante todo el recorrido de la ley que serviría para reconocer definitivamente el derecho a la autodeterminación de género de las personas trans, Calvo se alió con los sectores minoritarios y más recalcitrantes del «feminismo» tránsfobo, sacó a pasear varias veces la «inseguridad jurídica» y llegó a cuestionar que «se elige el género sin más que la mera voluntad o el deseo» —exactamente el mismo discurso que la extrema derecha— y afirmó que la ley «puede destrozar la potente legislación de igualdad de nuestro país». Nada de eso ha ocurrido: Gracias al empuje del movimiento LGTBI y a la firmeza de la ministra Montero, la Ley Trans finalmente fue aprobada y Pedro Sánchez decidió prescindir de Carmen Calvo a mediados del año 2021 no sin antes haberle permitido inocular en la sociedad su peligroso discurso de odio contra los derechos humanos de las personas trans.

A pesar de las enormes resistencias de Calvo y de otras históricas representantes del «feminismo socialista», la pasada legislatura fue testigo de la aprobación de toda una nueva generación de derechos feministas liderada desde el Ministerio de Igualdad —la Ley Trans-LGTBI y la Ley Sólo Sí es Sí, pero también el Plan Corresponsables para que el Estado empieza a asumir su parte de responsabilidad en la conciliación, la nueva Ley del Aborto, el refuerzo de la lucha institucional contra todas las violencias machistas, la puesta en marcha de una agenda de políticas antirracistas largamente aplazada y muchas otras medidas— y se demostró que se podía ir mucho más lejos que lo avanzado hasta entonces si se tiene la voluntad política suficiente. Hoy, varias voces del PSOE celebraban “recuperar” la cartera de Igualdad, porque continúan pensando que “el Feminismo” (en mayúsculas, con traje y moqueta, como le gusta a Calvo) es patrimonio suyo, su tesoro, su juguete, y preferirían verlo roto antes que repartido en otras manos. Hoy, no es de extrañar la enorme alegría expresada por Carmen Calvo al haberse consumado la expulsión de Podemos en general y de Irene Montero muy en particular del gobierno de España a manos de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz. Aunque llegue tarde y con ella ya fuera de la primera línea de la política, no deja de ser un momento de dulce venganza.


Madrid –

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