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La extrema derecha contra Felipe VI (parte 2): el caso Jaime del Burgo

Mediante la alimentación política y mediática del discurso de la nueva extrema derecha como fuerza de choque para frenar a independentistas catalanes, a Podemos y al feminismo, los poderes oligárquicos españoles han hecho crecer a un monstruo social iletrado, desquiciado, autoritario y violento


Antes de ayer, «Cornudo VI» se convertía en tendencia en Twitter (rebautizada como X). El motivo: la publicación por parte de Jaime del Burgo —ya entraremos más adelante en quién es este tipo— de una serie de mensajes en los que sugería que había mantenido una relación con Letizia Ortiz mientras la actual reina consorte estaba ya casada con Felipe de Borbón, cuando todavía eran príncipes de Asturias antes de la abdicación de Juan Carlos I. Las cuentas impulsoras del trending topic: las mismas que, hace un mes, convirtieron en tendencia «Felpudo VI» cuando el monarca designó a Pedro Sánchez como candidato a la investidura.

Ambas campañas — «Felpudo VI» y «Cornudo VI» — surgieron de ese submundo de la extrema derecha española que cree que las vacunas contra la COVID-19 forman parte de una «conspiración globalista», al mismo tiempo que organiza quedadas en la puerta de Ferraz para insultar a los musulmanes, al presidente del Gobierno y a la policía mientras rezan el rosario.

Este comportamiento tan bizarro parece caótico y absurdo, pero, en realidad, se explica fácilmente por la exacerbación de las tres características básicas que reúne la nueva extrema derecha del siglo XXI, no solamente en España.

En primer lugar y como siempre, el autoritarismo y el desprecio a la democracia y al derecho. La nueva extrema derecha —como la de toda la vida— no acepta que no se haga su voluntad y, por ello, no acepta las decisiones de la mayoría y tampoco las leyes y normas que esa mayoría se ha dado a sí misma mediante el procedimiento democrático. Por eso la nueva extrema derecha está llena de defraudadores fiscales, por eso Ayuso grita «libertad» —la libertad sin límites, la de hacer lo que apetece en cada momento independientemente de todo lo demás—, por eso secuestran las instituciones del Estado —como el ministerio del Interior con las cloacas o el CGPJ— y las ponen a trabajar contra el juego limpio democrático, por eso cantan «fraude» si no ganan las elecciones, por eso asaltan el Capitolio en Washington y por eso querían que Felipe VI violase la Constitución evitando que Sánchez pudiera someterse a la votación de investidura.

La segunda característica importante que tenemos que tener en cuenta para entender a los impulsores de «Cornudo VI» es la utilización de forma desacomplejada y masiva de la difamación y la mentira como arma política. Este elemento no deja de ser una consecuencia del anterior; al fin y al cabo, si uno decide que puede utilizar cualquier estrategia para que se haga su voluntad, ¿por qué no utilizar la enorme potencia política que tiene no estar obligado a decir la verdad? La nueva extrema derecha —como la de toda la vida— no tiene ningún rubor en mentir permanentemente, incluso de forma muy burda, si eso le permite salirse con la suya. Por eso dicen que bajar impuestos a los ricos beneficia al conjunto de la población, por eso se pueden permitir gritar que España se ha convertido en una dictadura, por eso sus operadores policiales, judiciales y mediáticos inventaron decenas de bulos contra Podemos, por eso niegan la existencia de la violencia machista o el consenso científico sobre el origen antropogénico del calentamiento global y, por eso también, al haber acostumbrado a sus militantes y votantes a consumir falsedades de forma habitual, la nueva extrema derecha se ha convertido en la opción política de los que creen que Bill Gates puso microchips en las vacunas, que la CIA nos fumiga con chemtrails para controlar nuestras mentes, que el partido demócrata norteamericano está en el centro de una trama de pedofilia o que Felipe VI es masón —como afirmaba una mujer joven de clase alta recientemente en una de las concentraciones a las puertas de la sede del PSOE en Madrid.

Estas dos características de la nueva extrema derecha —el desprecio por la democracia y la utilización de la mentira como arma política— no son una innovación reciente. Pensemos en toda la bazofia esotérica sobre la raza aria que difundía Adolf Hitler por tierra, mar y aire.

Estas dos características de la nueva extrema derecha —el desprecio por la democracia y la utilización de la mentira como arma política— no son una innovación reciente. Pensemos en toda la bazofia esotérica sobre la raza aria que difundía Adolf Hitler por tierra, mar y aire. Lo que sí es más nuevo es la evolución del ecosistema comunicativo que hemos vivido en las últimas décadas y que ha intensificado la operatividad y la agresividad de esas dos características básicas. Por un lado, la aparición de las redes sociales a través de Internet ha permitido la conexión a una escala nunca vista de muchos pequeños grupos radicalizados que antes se movían en soledad, aislados y en los márgenes de la sociedad. La coagulación de un gran número de pequeños foros conspiranóicos y ultraderechistas en grandes grupos conectados a través de la red, por un lado, ha segmentado la sociedad en comunidades ideológicamente cerradas y, por otro lado, ha ofrecido a los poderes oligárquicos que controlan los grandes medios de comunicación de masas un nuevo mercado político que éstos no han tardado en aprovechar. La difusión de bulos ultraderechistas es diaria en Fox News —la cadena de cable más vista en EEUU— y, en España, incluso hemos visto llegar las fake news de Granadinas o el Informe PISA contra Pablo Iglesias a medios supuestamente progresistas como La Sexta o la Cadena SER.

Jaime del Burgo es apenas un triste empresario venido a menos —hijo de un exdiputado Navarro del PP que aparece en los papeles de Bárcenas y nieto de un fascista que participó de la represión contra los republicanos durante la Guerra Civil— y su publicación de los mensajes difamatorios contra Letizia Ortiz probablemente obedece a una patética estrategia comercial para vender más ejemplares del libro «Letizia y yo» que acaba de publicar Jaime Peñafiel —acérrimo detractor de Letizia— y en el que ha participado del Burgo. La publicación de información íntima sobre cualquier persona es pura violencia y, en este caso, es muy posible que también se haya cruzado la línea del delito. Cualquier persona decente, sea republicana o monárquica, tiene la obligación de condenar el intento de difamación contra Letizia Ortiz, denunciar la patente componente machista que encierra y recordar que, en todo caso, el adulterio dejó de estar penado por la ley por mucho que esto moleste a los fundamentalistas religiosos.

Pero todo esto va más allá de la escaramuza concreta protagonizada por un tipejo miserable y un periodista cortesano repugnantemente clasista. En sus mensajes en Twitter —que borró a las pocas horas (quizás tras la llamada de un abogado)—, del Burgo escribía, entre otras cosas, lo siguiente: «¿Que se podría haber hecho? Jefe del Estado. Jefe de las fuerzas armadas. Árbitro de la política nacional. Inviolable. Etc. ‘Sr. Sánchez, me traes un gobierno sin asesinos y firmo. Te sientas con Feijó (sic) y os arregláis. Pero Otegui (sic) no porque esto es destruir la esencia de lo que soy y defiendo. Y no firmo.’ Tener dignidad. Luchar. Ser valiente. Hacerse merecedor de la Corona, que aunque sea por herencia se ha de ganar cada día. Defender España. El problema es que se casó con quien no debía y se jodió el Perú.» Este texto, que perfectamente podría haber sido firmado por Alvise o por Ndongo, revela que estamos ante una pequeña excrecencia de un mal mucho más sistémico y mayor. Mediante la alimentación política y mediática del discurso y la estrategia de la nueva extrema derecha como fuerza de choque para frenar a independentistas catalanes, a Podemos y al feminismo, los poderes oligárquicos españoles —siguiendo la estela de sus homólogos norteamericanos— han hecho crecer a un monstruo social iletrado, desquiciado, autoritario y violento. Un monstruo que ha extendido sus tentáculos en las fuerzas y cuerpos de seguridad, en la judicatura, en los medios de comunicación y, por supuesto, en el PP, que ya se ha entregado completamente al mismo y ha absorbido su estrategia para no ser devorado. Un monstruo que ya está fuera de control, que está destruyendo por completo la imagen de imparcialidad que algunas instituciones nominalmente arbitrales tienen que mantener para garantizar la estabilidad del sistema y hasta se está permitiendo asestar dentelladas nada menos que a la clave de bóveda de todo el régimen del 78: la monarquía borbónica.

El caos que anunciaron cuando el 15M tomó cuerpo político en el ciclo electoral 2014-2015 era una más de sus mentiras. El verdadero caos que puede acabar con todo es el que ellos mismos han creado. Mucha suerte ahora para volver a meter el genio en la botella.


Madrid –

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