Ione Belarra, Irene Montero y Gabriel Rufián durante la investidura fallida de Feijóo — Eduardo Parra / Europa Press

La debilidad negociadora de la izquierda tras el 23J

La investidura ya está hecha y la izquierda no ha podido conseguir nada relevante a cambio de hacer presidente a Pedro Sánchez. Esto es una triste realidad ante la que no cabe, sin embargo, la melancolía. Como ya se ha dicho aquí, después de la investidura las cartas se reparten de nuevo y eso abre algunas oportunidades


Ayer se anunciaba el acuerdo definitivo entre Junts y PSOE para la amnistía de los represaliados catalanes del procés —y el compromiso de seguir negociando todo lo demás desde un punto de partida discrepante. Esto supone un paso en la dirección correcta para desjudicializar el conflicto político y los demócratas debemos celebrarlo. Sin embargo, es importante recalcar también que, como resultado de las elecciones generales del 23 de julio y también a causa de decisiones políticas tomadas previamente a estas por parte —fundamentalmente— del PSOE y Sumar, se ha configurado una coalición de elementos que constituye una tormenta perfecta para reducir a la mínima expresión la capacidad negociadora de la izquierda en el nuevo escenario.

Sin ánimo de ser exhaustivas, algunos de los elementos principales a los que nos referimos son los siguientes:

El establecimiento de un marco comunicativo y mental que viene a afirmar que un gobierno de Feijóo y Abascal sería tan pavoroso que hay que aceptar cualquier acuerdo antes que una repetición electoral en la cual existiese la más mínima probabilidad de que ello se produzca. Como ya hemos explicado aquí, la asunción de este marco sirve para concentrar el voto en el PSOE pero también para activar la voluntad más conservadora en el electorado progresista. Ante la posibilidad de un retroceso brutal a tiempos oscuros, la opción de dar pasos adelante en un sentido verdaderamente transformador queda así fuera de la ventana de Overton y el objetivo de proteger lo que ya se ha conseguido se constituye como la máxima victoria que sería posible alcanzar. Todo ello desarma a cualquiera que, desde la izquierda, pretenda arrancar avances ambiciosos en una mesa de negociación. Por eso, el triunfalismo con el que Sumar recibió el resultado electoral fue un error, en tanto que debilitó gravemente su capacidad negociadora (en el caso de que hubiesen querido ejercerla).

Otro elemento importante en la configuración de la tormenta perfecta fue la decisión por parte de Yolanda Díaz de arrinconar y disminuir a Podemos, fuerza que ya demostró en 2019 y a lo largo de toda la legislatura que es capaz de negociar con ferocidad cuando la correlación de fuerzas lo permite.

Por otro lado, el hecho de que ya no exista una mayoría parlamentaria progresista y de izquierdas en el Parlamento después de las elecciones del 23 de julio y que cualquier medida legislativa requiera, para ser aprobada, del concurso de dos fuerzas de derechas en lo económico como son Junts y el PNV obliga a que cualquier acuerdo programático —como el presentado hace una semanas por el PSOE y Sumar— tenga que renunciar a cualquier compromiso de redistribución del poder y/o la riqueza de las clases más pudientes hacia la gente trabajadora, o al menos expresarlo de una forma lo suficientemente ambigua para que —sabiendo que no se va a poder cumplir— no comprometa a nada.

Otro elemento importante en la configuración de la tormenta perfecta fue la decisión por parte de Yolanda Díaz de arrinconar y disminuir a Podemos, fuerza que ya demostró en 2019 y a lo largo de toda la legislatura que es capaz de negociar con ferocidad cuando la correlación de fuerzas lo permite

Finalmente, el papel jugado por Junts como única fuerza que tendría la libertad política suficiente y los alicientes necesarios para forzar una repetición electoral en caso de no conseguir un acuerdo satisfactorio para sus intereses ha situado el debate de forma inescapable en el ámbito de las concesiones territoriales —amnistía, competencias, autogobierno, financiación autonómica, lengua, reconocimiento nacional—, expulsando de la disputa pública cualquier reivindicación social y debilitando al mismo tiempo la posición negociadora del resto de fuerzas.

Una vez que ya se conocen la práctica totalidad de los acuerdos alcanzados por el PSOE con los diferentes partidos llamados a apoyar la investidura de Pedro Sánchez, esta debilidad negociadora de la izquierda ha dejado de ser una hipótesis política plausible para convertirse en un hecho comprobado. El acuerdo entre el PSOE y Sumar es francamente decepcionante si lo comparamos con lo conseguido por Unidas Podemos en 2019; ante las cinco propuestas enviadas por Podemos para la investidura, el PSOE se ha permitido la falta de respeto de ni siquiera contestar; y, a día de hoy, no es posible tampoco señalar ningún compromiso nítidamente de izquierdas que haya sido alcanzado como resultado del voto a favor en la investidura de ERC, Bildu o el BNG.

La investidura ya está hecha y la izquierda no ha podido conseguir nada relevante a cambio de hacer presidente a Pedro Sánchez. Esto es una triste realidad ante la que no cabe, sin embargo, la melancolía. Como ya se ha dicho aquí, después de la investidura las cartas se reparten de nuevo y eso abre algunas oportunidades. Si la izquierda quiere tener alguna posibilidad de conseguir avances sociales en esta legislatura —para mejorar la vida de la gente trabajadora, pero también para frenar el avance electoral del bloque reaccionario—, la articulación de un bloque parlamentario de 19 escaños entre los 5 de Podemos, los 7 de ERC, los 6 de Bildu y el diputado del BNG que negocie duramente cada uno de los textos legislativos con la firme voluntad de evitar la deriva centrista con la que el PSOE está encantado parece el único camino transitable en los próximos años.


Madrid –

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