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Lorena Sopêna / Europa Press

La sequía y los buitres

El problema no es el consumo de los hogares, ni que los pequeños y medianos productores gasten demasiada agua, ni que unos territorios tengan mucha y otros poca, ni la falta de lluvia. El problema es que hay unos pocos buitres que están haciendo piratería con el agua para convertirla en billetes de 500€


Ayer miércoles, la Generalitat de Catalunya declaraba el nivel máximo de alerta por sequía y establecía importantes restricciones al consumo doméstico de agua para más de 6 millones de personas. Debido a la localización geográfica de España y también a los cada día más evidentes efectos del calentamiento global, nuestro país se lleva enfrentando desde hace ya años a situaciones de sequía y de desertificación cada vez más graves. Por ello, y ahora que las restricciones al consumo de agua de los hogares abren los telediarios, es importante tener un debate honesto y basado en datos respecto de las verdaderas causas de este problema y las diferentes soluciones disponibles. Para poder afrontar de verdad la escasez endémica de agua en un país como España, tenemos que ser capaces de evitar caer en la trampa de los intereses políticos y económicos que introducen lógicas espurias en el debate para retorcerlo en su propio beneficio.

En primer lugar, hay que decir claramente que el problema de la falta de agua en España no tiene en absoluto que ver con el consumo de la misma en los hogares de la gente trabajadora. Según los datos del Ministerio de Transición Ecológica, más del 80% del agua se gasta en nuestro país en la agricultura y la ganadería. Ecologistas en Acción aumenta esta cifra hasta el 90% si tenemos en cuenta los regadíos ilegales y la mayor tasa de retorno y depuración que hay en el consumo urbano frente al consumo en el sector primario. Si recordamos que en el 10% restante hay que incluir también el consumo industrial, la conclusión es que los hogares están gastando menos de la décima parte de toda el agua que se gasta en España. Por ello, y aunque sea lo más vistoso mediáticamente por afectar a millones de personas, es absolutamente obvio que no se puede resolver el problema aplicando medidas —por muy drásticas que sean— sobre menos del 10% del gasto total. La ciudadanía de nuestro país es mayoritariamente generosa y de comportamiento cívico y está dispuesta a apretarse el cinturón; pero es justo decir que es imposible matemáticamente que ese esfuerzo resuelva la raíz de la cuestión.

Si asumimos este punto de partida y nos centramos ahora en el consumo de agua en el sector primario, es importante destacar que no todas las explotaciones consumen el agua de la misma forma y para los mismos objetivos. Por un lado, tenemos explotaciones que producen alimentos para ser consumidos en España —algo indispensable desde el punto de vista de la soberanía—, pero también las hay —una buena parte de las mismas— que producen para vender en el extranjero. Asimismo, no es igual una explotación agrícola que una explotación ganadera. Debido a la necesidad que tienen los animales destinados al consumo de ingerir una gran cantidad de vegetales a lo largo de toda su vida, la cantidad de litros de agua que hace falta gastar para producir una caloría de carne es muy superior a la que se necesita para producir una caloría vegetal. Por último, no es lo mismo una explotación familiar pequeña o mediana, que riega sus campos o cuida a sus animales utilizando técnicas más respetuosas con el medioambiente y también con el consumo de agua que un macroregadío híperintensivo propiedad de un fondo buitre o una macrogranja que produce decenas de miles de cerdos para ser vendidos en China y contamina los acuíferos con sus purines.

Según los datos del Ministerio de Transición Ecológica, más del 80% del agua se gasta en nuestro país en la agricultura y la ganadería. Ecologistas en Acción aumenta esta cifra hasta el 90% si tenemos en cuenta los regadíos ilegales y la mayor tasa de retorno y depuración que hay en el consumo urbano frente al consumo en el sector primario

Si de verdad queremos racionalizar el consumo de agua en España, hay que empezar por llevar a cabo reducciones severas sobre aquellos actores económicos que la están derrochando de forma irresponsable y cortoplacista no para garantizar nuestra soberanía alimentaria ni tampoco la creación de empleos de calidad, sino para llenar las cuentas bancarias de un multimillonario al otro lado del mundo. Esto es lo primero que habría que hacer y lo más importante, pero también ayudaría a alcanzar la sostenibilidad hídrica el establecer un modelo de comercio con el exterior según el cual priorizásemos el consumo de los alimentos producidos en España, reduciendo así la exportación, pero también la importación, y por lo tanto y como bonus añadido la huella de carbono relacionada con el transporte. En el mismo sentido de racionalización de los recursos, ayudaría avanzar hacia una alimentación con menor contenido en carne y mayor contenido vegetal (algo que no solamente serviría para reducir el consumo de agua en el sector primario, sino también para mejorar la salud del conjunto de la población). Y, por supuesto, mientras hacemos todo esto, hay que destinar también recursos y ayudas públicas a la modernización de los sistemas de regadío y transporte de agua para aumentar su eficiencia y reducir las pérdidas; pero solamente hacer esto no va a evitar que unos pocos sigan acaparando y derrochando agua mediante malos usos.

Ahora que le estamos viendo los dientes al lobo de la sequía, muchos empezarán a poner encima de la mesa causas falsas y soluciones espurias. Los grandes terratenientes y los fondos buitre exigirán —a través de sus portavoces políticos y mediáticos— más y más agua para seguir derrochando, haciéndose de oro y compitiendo deslealmente con las pequeñas y medianas explotaciones familiares y profesionales. Los dirigentes políticos de territorios supuestamente deficitarios volverán a alzar la bandera de los macrotransvases para eludir la responsabilidad, fomentar el pelotazo del cemento y esconder bajo la confrontación territorial la protección de sus oligarquías extractivas locales. Los telediarios, por su parte, hablarán de que nos tenemos que enjabonar con la ducha cerrada y poner menos lavadoras, y el hombre del tiempo dirá que el problema de la sequía es que llueve poco.

Ante esto, lo que tiene que hacer cualquier persona comprometida con la verdad, con la sostenibilidad y con la justicia social es desmentir las patrañas y contestar con firmeza. El problema no es que los hogares consuman mucho, ni que los pequeños y medianos productores gasten demasiada agua, ni que unos territorios tengan mucha y otros poca, ni la falta de precipitaciones. El problema es que hay unos pocos buitres que están haciendo piratería con el agua para convertirla en billetes de 500€. Como suele pasar en casi todos los ámbitos, la derecha política y mediática —y también, lamentablemente, la progresía— nos dirán que tenemos que buscar a los culpables de la falta de agua mirando en horizontal hacia los que habitan y trabajan a nuestro costado. Y, como siempre, lo que tenemos que hacer es mirar en vertical hacia los que tenemos arriba.


Madrid –

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