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Jesús Hellín / Europa Press

Y después del lunes, ¿qué?

Tanto si Sánchez dimite como si no, nuestro país se embarcaría en una trayectoria suicida si la mayoría que ha hecho posible su investidura no acepta de una vez por todas que las reformas que partidos como Podemos llevan años poniendo encima de la mesa se han vuelto inevitables


Ya han pasado más de tres días desde que Pedro Sánchez publicase en sus redes sociales una carta abierta a la ciudadanía, en un movimiento político absolutamente inédito en nuestra democracia. Como ya sabe hasta la última persona de nuestro país, el contenido fundamental de dicha misiva es el anuncio del presidente de que se toma cinco días de reflexión —que acaban mañana, lunes 29— para decidir si dimite o continúa en el cargo. El motivo detrás de que Sánchez haya llegado a esta disyuntiva existencial es —según nos explica él mismo en su carta— la campaña golpista de lawfare que la derecha política, judicial y mediática ha desatado contra su mujer, Begoña Gómez. Aunque hay analistas que opinan que podría tratarse de un movimiento táctico, nosotros tendemos a coincidir con aquellos que piensan que, muy probablemente, estaríamos ante una decisión genuinamente personal. Sea como fuere, el PSOE pidió —solemne y efusivamente— a Sánchez en el día de ayer, desde el Comité Federal, pero también a través de una manifestación de la militancia socialista a la puerta de Ferraz, que no abandone la presidencia y siga al frente del Gobierno. Estemos hablando de una decisión personal o de un movimiento táctico, pensemos que el presidente puede rectificar o auguremos que, mañana lunes, va a dimitir, resulta pertinente considerar los diferentes escenarios y valorar cuál sería el curso de acción más adecuado ante una situación tan grave como sorprendente.

Si Sánchez dimite, parece evidente que deja al PSOE en una posición precaria y lo aboca a un complejo proceso de sucesión. Aunque los socialistas han intentado construir liderazgos complementarios al del presidente, la realidad objetiva es que el protagonismo político alcanzado por Sánchez al finalmente aceptar un esquema de gobernabilidad con Podemos en el Consejo de Ministros y los partidos independentistas dando apoyo parlamentario ha sido tan grande que ha bloqueado, a lo largo de todos estos años, la emergencia de un sucesor o sucesora que sea claro e indiscutible y que pueda llegar a tener una potencia equiparable a la del actual líder del PSOE como candidato a unas elecciones generales. Pedro Sánchez no solamente ha funcionado durante todos estos años como el principal vector político detrás del cual se ha organizado la práctica totalidad de su partido, sino que además ha gobernado el PSOE manu militari. Todo ello hace muy difícil ver más allá de la bruma y aventurar cuál sería la resolución más probable del camino que emprendería el PSOE tras su dimisión. La intensidad con la cual sus correligionarios le están pidiendo —casi por favor— que rectifique, revela que —ellos más que nadie— son perfectamente conscientes de que el agujero que dejaría Sánchez al dimitir los sitúa en un curso de zozobra en el que es muy difícil aventurar cómo de lejos se encuentra el siguiente puerto seguro.

El escenario de la dimisión se divide, a su vez, en dos subescenarios técnicos. Mañana lunes Sánchez puede anunciar que sigue en la presidencia hasta el día 29 de mayo —en el cual se cumple un año desde la última disolución de las cortes generales— y, entonces, ese día, convoca elecciones generales renunciando a ser el candidato del PSOE. Teniendo en cuenta que es muy difícil que la solidaridad recibida por el presidente y su mujer sea transferible a otra persona de su partido y recordando que la derecha y la extrema derecha estuvieron a punto de tener mayoría parlamentaria para gobernar en las elecciones de hace menos de un año, no parece que este escenario sea muy inteligente para el PSOE y, por ello, todo hace suponer que las principales figuras del partido pedirán a Sánchez que no sea este el formato concreto de su dimisión. Si el presidente decide dejar la Moncloa, el subescenario menos malo para el PSOE es que la vicepresidenta primera, María Jesús Montero, se quede temporalmente al mando de un gobierno en funciones y se produzca, a continuación, una nueva investidura. Posiblemente, el PSOE preferiría no someterse a ese trance tan cerca del cataclismo político que acaba de tener lugar, pero resultaría políticamente insostenible —y ni siquiera está claro que tengan las palancas administrativas para ello— el evitar una nueva ronda de contactos con el rey. Una investidura exitosa de un candidato o candidata del PSOE podría servir para situar a esa persona con más fuerza en el lugar de la sucesión, aunque antes seguramente Felipe VI se decantaría por volver a permitir un intento de investidura previo a Alberto Núñez Feijóo.

Si Sánchez dimite, parece evidente que deja al PSOE en una posición precaria y lo aboca a un complejo proceso de sucesión

Aunque parece improbable, también hay que considerar el escenario en el cual no se produce la dimisión y Pedro Sánchez sigue al frente del Gobierno. En ese caso, de nuevo, se abren al menos dos posibles subescenarios técnicos: o bien justifica su no dimisión únicamente en términos discursivos —ha escuchado a sus compañeros, ha tenido una conversación con su familia, le ha conmovido la llamada de algún líder internacional, se ha dado cuenta de que dimitir es entregar la victoria a la extrema derecha, etc.—, o bien decide someterse, como algunos periodistas y algunos partidos han llegado incluso a proponer explícitamente, a una moción de confianza en el Congreso; moción que, previsiblemente, superaría, pero que habría que ver cómo interacciona con el escenario político catalán y con la cita de las elecciones europeas. En todo caso, sea cual sea la justificación que Sánchez escoja para no dimitir, será muy difícil de compaginar a nivel de relato con todo lo que ha dicho en su carta y la situación a la que ha llevado al país al ejecutar ese movimiento. En política, y en especial cuando uno tiene el apoyo de importantes cañones mediáticos, hay decisiones que se pueden intentar rebobinar y hay giros de 180° que se pueden acometer, pero la construcción de relato tiene un límite y no todo movimiento es posible justo después del anterior. El altísimo voltaje de todo lo que ha desencadenado la carta de Sánchez a la ciudadanía convierte en enormemente difícil cualquier intento de justificación de un escenario de no dimisión que no caiga en el ridículo. Quizás por esto, está bastante extendida entre diferentes analistas políticos con buenas fuentes la opinión de que lo más probable es que el lunes anuncie que dimite.

En cualquier caso y en cualquiera de los escenarios, como ya hemos comentado aquí, la pregunta fundamental no es tanto si Pedro Sánchez se queda o se va. Lo que este terremoto político ha traído de forma insoslayable al primer plano del debate público es la necesidad perentoria de llevar a cabo reformas urgentes y profundas en el funcionamiento del poder judicial y del poder mediático si queremos tener la más mínima esperanza de que la democracia española pueda sobrevivir al ataque de aquellos que solamente creen en ella cuando ganan. Tanto si Pedro Sánchez dimite como si no, nuestro país se embarcaría en una trayectoria suicida si la mayoría parlamentaria que ha hecho posible su investidura no acepta de una vez por todas que las reformas que partidos como Podemos llevan años poniendo encima de la mesa se han vuelto inevitables.


Madrid –

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