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 Jorge Gil / Europa Press / ContactoPhoto

Urgencia por ausencia: ¿Cuál es el proyecto político de la izquierda para la educación?

Hace falta un esfuerzo ingente y generoso en esta dirección: ingente, porque el “sentido común” educativo es conservador. Y generoso, porque hace falta un esfuerzo conjunto de todas las fuerzas progresistas


No conozco en profundidad otros sectores, pero me cuesta imaginar uno en el que sea más complicado encontrar consensos que entre los profesionales de la educación.

No obstante, existe un consenso relativamente fácil de encontrar entre nosotros, los profesionales de la educación, especialmente para aquellos que nos identificamos con una perspectiva de izquierdas: nos sentimos desamparados por la falta de un proyecto educativo que se alinee “realmente” con nuestros ideales.

Y es que aquí, en educación, hay mucha “tela que cortar” al respecto.

Educación es política

En primer lugar, hay que explicar que lejos de la pretendida e implantada “asepsia” ideológica que algunos y algunas se empeñan en sostener, la educación en sí misma es un acto político y, por tanto, llena de carga ideológica (Freire, 1975).

A mi juicio, principalmente por dos aspectos: el primero, que no hay nada más político que decidir qué modelo de sociedad queremos y desarrollar un sistema para educar a los ciudadanos y ciudadanas para construirlo y desenvolverse en él.

Y el segundo, que se ve claramente en las funciones de la escuela según Gimeno y Pérez Gómez (1992): socializadora, que vendría a ser enseñar las normas y valores de la cultura y sociedad en la que nace el sujeto; de justicia social, que entiende que la educación es un mecanismo para compensar las desigualdades sociales de origen de los sujetos con respecto a la cultura y el conocimiento; y educadora, que entiende que un sujeto se vuelve educado cuando es capaz de emanciparse, de pasar de las normas “heredadas” en su socialización a las “elegidas” tras su proceso educativo.

Por lo tanto, educar pasa por cuestionar nuestra socialización de forma crítica y usando los diferentes conocimientos con los que nos relacionamos en la escuela.

Quizás sea difícil encontrar una mejor definición de sujeto político. Es por eso que no explicitar la ideología y pretender que esta no es inherente al acto educativo es, en mi opinión, un intento de manipulación en sí mismo.

La dificultad de los cambios educativos

Por otro lado, está lo problemático que resulta llevar esto a cabo por varias cuestiones que, de nuevo, confluyen en el mundo educativo que siempre funciona como una encrucijada.

La primera de ellas es que las leyes educativas, las reformas, rara vez producen cambios en las prácticas. Cambian lenguajes, pero pocas veces procesos de aula y formas de entender la educación porque esta, en última instancia, tiene que ver con cómo los profesionales, los maestros y maestras, profesores y profesoras, la entienden (Sola, 2004).

Y estos suelen entenderla tal y como la recibieron en su experiencia.

Como he planteado en otros textos, ninguna profesión tiene una fuente experiencial tan grande como la educación, en la que pasamos, al menos, 6 horas al día, 5 días a la semana durante 18 años (más si estudiamos una carrera o varias) acumulando una experiencia como alumnado que determina todas las formas de entender lo que es posible o no en educación, el rol del docente y el alumnado, lo que es aprender, evaluar, …

Cualquier ciudadano o ciudadana puede tener cierta idea basada en su experiencia de lo que es ser médico o mecánico, pero nada que ver con la que acumula sobre lo que es la educación.

Y esto es lo que provoca un curioso efecto que, al menos yo, solo veo en educación, y que añade un plus más de dificultad para determinar qué es una educación desde una perspectiva de izquierdas. Hace que, aunque puedas declararte de izquierdas y tener ideas en ese sentido en muchos otros ámbitos, tu pensamiento educativo pueda ser más bien conservador, y te encuentras defendiendo, por ejemplo, que la educación debe estar separada de la política, mientras que en otros espacios ves natural hablar del sujeto político, la meritocracia como estrategia compensadora de desigualdades sociales, o la visión de la educación bancaria (Freire, 1975) como emancipación de sujetos en lugar de opresora.

Entre esa potente experiencia acumulada y el más que mejorable trabajo que hacemos en las facultades de educación donde nuestra práctica docente suele ir encaminada a aquello de “haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga” (salvando honrosas excepciones) es muy difícil, por no decir prácticamente imposible, que la idea de lo que es educar, cambie en profundidad.

A esto se le unen, además, dos cuestiones: la tendencia de nuestros gobiernos de todos los signos a empeñarse en que el cambio educativo venga por leyes basadas en la ingeniería curricular y dos, al abuso de lo que Sola (1999) llama “función política de las reformas” a través de la cual plantea que, dada la facilidad con la que resulta hacer cambios que no tengan trascendencia en la práctica de aula en educación, cuando los gobiernos se encuentran bloqueados y no pueden hacer cambios sustantivos en otras esferas de la vida como el mundo del trabajo, la esfera económica, … porque se encuentra regidas por normas supranacionales que escapan a su control (o a su interés por el cambio), lo más fácil es hacer una reforma educativa, de forma que aparenten a través de ella estar dando respuesta a las preocupaciones legítimas de los ciudadanos y ciudadanas en otras esferas.

Creo que el caso más sonado de esto fue la LOMCE del PP con Wert, en la que una crisis económica, un problema del mundo del trabajo, se planteaba como resoluble a través de la “excelencia” educativa que fue el mantra más repetido en el relato político que acompañó a la ley.

El problema político-educativo-político

Y aquí llegamos, para mí, “a la madre del cordero” que no es ni más ni menos que esta encrucijada entre política y educación y su eterno abandono por parte de los partidos de izquierda y que, a mi juicio, supone un obstáculo para el desarrollo de una base social de izquierdas en este país.

Como hemos visto los cambios educativos son mucho más complejos que hacer una ley e implantarla y requieren de mucha más profundidad, muchos más procesos y muchas más dimensiones; el problema político que se deriva es el tiempo: ninguna intervención de calidad en educación de un gobierno puede verse (venderse, rentabilizarse en votos electoralmente) a cuatro años vista.

Con lo cual, cuando nuestros políticos y políticas se dieron cuenta de esto, entendieron (muy equivocadamente a mi juicio) que “el zumo no les compensaba exprimir la fruta” y que, con plantear cambios educativos en función de las tendencias y las preocupaciones momentáneas de la sociedad, bastaba.

Entendieron que era mejor dedicar su tiempo a otras áreas más “rentables” en votos.

Prueba de esto, es que los debates educativos son cíclicos (yo los llamo debates déjà vu): Las tecnologías, la selectividad, los deberes, la cultura del esfuerzo, la edad de la educación obligatoria, el máster de profesorado, conocimientos versus emociones, … nunca se resuelven, pero siempre andamos discutiéndolos.

Y el problema es que, al hacerlo, compramos todos los marcos de pensamiento del pensamiento más conservador.

Recordemos que los conceptos educativos que tenemos interiorizados son los de nuestra experiencia como alumnado y estos están, por lo tanto, mucho más familiarizados con una visión conservadora.

Quizás esto pueda entenderse mejor con el caso del reciente anuncio de la Ministra de Educación de “prohibir” los móviles y cuya resolución al final ha sido dejar la regulación tal y como estaba, eso sí, después de generar montones de titulares sobre el tema (desde el marco educativo conservador): la intención no era nada educativo, era aparentar que se estaba dando respuesta a una demanda y así, a volantazos, a golpe de respuesta al debate educativo tuitero, no se puede atender a las necesidades educativas reales de un país.

Pero, además, resulta en mi opinión, caer en la propia trampa porque al reforzar los marcos de pensamiento conservadores con los que estamos más familiarizados por nuestra experiencia sobre conceptos educativos, estos sirven de avanzadilla a nuevas políticas conservadoras, creando un bucle que no ofrece muchas oportunidades a la política de izquierda a medio-largo plazo.

Para que se entienda, el otro día me llegaba por redes sociales un vídeo de un influencer reclamando que “si tu jefe te decía que estuvieras a las 9, tú estuvieras a las 8 para que él viera que te esforzabas por resolverle problemas” … Llevaba 65.000 likes en TikTok.

Para que este discurso nos resuene y podamos asimilarlo como propio, es necesario estar familiarizados con conceptos clave como «la meritocracia», la «cultura del esfuerzo» o la inercia de «reproducir ideas» una y otra vez sin cuestionarlas. Estos y otros conceptos son inoculados por la escuela, convirtiéndose en una parte esencial de nuestra visión del mundo.

Y así, en lugar de emancipar y compensar desigualdades sociales, la escuela las legitima y se convierte en una maquinaria al servicio del poder en lugar de ocupar el lugar que le corresponde como un mecanismo contrahegemónico.

La propuesta

Mi propuesta es, básicamente, que tenemos mucho trabajo por delante y en varios frentes.

En primer lugar, hay que dejar de hacer política educativa a volantazos. Si Julio Anguita se hizo famoso con su “programa, programa, programa” una buena política educativa debería centrarse en el “proyecto, proyecto, proyecto”.

Pensar en un proyecto educativo a medio-largo plazo coherente con la respuesta a la pregunta ¿qué sociedad queremos? (recordemos que esto es política) y con una idea clara de los mecanismos de cambio reales de la educación para invertir los esfuerzos en ellos y no en aquellos que generan meros cambios estéticos o de lenguaje.

Pero también hace falta mover, divulgar, difundir dos cosas: uno, los temas propios de una visión educativa de izquierdas (que nunca están en el disparadero; siempre debatimos sobre temas conservadores); y dos, la interpretación de izquierdas sobre los conceptos educativos conservadores que dominan este debate público.

Y hace falta un esfuerzo ingente y generoso en esta dirección: ingente, porque el “sentido común” educativo es conservador. Y generoso, porque hace falta un esfuerzo conjunto de todas las fuerzas progresistas de nuestro país porque es, básicamente, un problema de todos y de todas a medio-largo plazo.

Para finalizar

Por aterrizar en algunas de estas cuestiones de las que debemos hablar y que creo que debería formar parte de todo proyecto educativo de izquierdas y en las que espero poder ahondar a lo largo del tiempo en este diario, son para mí imprescindibles, al menos estas cuestiones:

  • La educación desde la perspectiva de derecho y de ofrecer igualdad de oportunidades, alejada de la perspectiva meritocrática basada en la cultura del esfuerzo y que permite la reproducción de clases y el darwinismo social.
  • Derivado de lo anterior, la inclusión educativa como una cuestión de derecho inalienable de los sujetos y, por tanto, no se discute, no se cuestiona y no se ofrece “si se puede”.
  • Las políticas educativas necesitan crear condiciones adecuadas, incluyendo recursos, infraestructuras y formación, además de desarrollar una carrera docente significativa, para hacer posibles ciertas ideas. Actualmente, las leyes educativas se centran de manera exclusiva en la retórica curricular como la única vía para dar respuesta a las necesidades educativas. Esta aproximación limita y refuerza la creencia en la sociedad y entre los profesionales de la educación, que ya se sienten sobrepasados, de que el cambio educativo es inalcanzable. Se promueve la idea de que solo existe un modelo de escuela: el tradicional, el de su experiencia, el de toda la vida.
  • El asunto de la triple red, especialmente el que se refiere a la concertada cuya representación en nuestro país, así como sus efectos en la igualdad de oportunidades, es una anomalía en los países de nuestro entorno, pero a la que nadie parece ser capaz de meter mano, al menos dejando de hacer nuevos conciertos y permitiendo que se extingan los ya vigentes. Creo que, además, la transición a un modelo fundamentalmente público de calidad puede hacerse sin perjuicio de los profesionales que ya están ejerciendo en la concertada reconvirtiéndolos mediante procesos transparentes.
  • El eterno asunto de la religión en las aulas que se piensa siempre desde una lógica electoralista en lugar de una educativa.
  • El fomento de la autonomía real de los centros a través de su proyecto educativo decidido mediante los órganos democráticos de gobierno de estos para que puedan dar la mejor respuesta al contexto cercano que atienden. Esto que en este país parece «culturalmente impensable» es algo habitual en países de nuestro entorno.
  • Y, por último, pese a todo, ya tenemos excelentes centros y profesorado haciendo proyectos educativos maravillosos. Es, a mi juicio, imprescindible, entender que el cambio educativo pasa por favorecer la experimentación en la práctica y la transferencia de los proyectos educativos relevantes que ya están en marcha. Para eso hacen falta tiempo (un bien escaso entre el profesorado) y espacios de encuentro y de compartir ideas.

En definitiva, es urgente pensar en un proyecto educativo propio de largo recorrido, alineado con los ideales de izquierda y salir del marco de los debates educativos que plantea la derecha.

Referencias

Freire, P. (1975). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI

Gimeno, J. y Pérez Gómez, Á. (1992). Comprender y transformar la enseñanza. Morata.

Sola, M. (1999). El análisis de las creencias del profesorado como requisito de desarrollo profesional. En A. Pérez, J. Barquín y F. Angulo (Eds.), Desarrollo profesional del docente. Política, investigación y práctica (pp. 661-683). Akal.

Sola, M. (2004). La formación del profesorado en el contexto del espacio Europeo de educación superior.  Avances alternativos. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 18(3), 91-105. Recuperado de Redalyc.


Madrid –

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