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¡Viva la explotación, carajo!

Los “anarcocapitalistas” son ya una fuerza política de relevancia en múltiples sistemas políticos. Gobiernan en Argentina, pero están creciendo en otros países. ¿Cuáles son sus claves?


En 1775, Christopher Gadsden diseñó una bandera que goza de una inesperada presencia simbólica en la actualidad. La “bandera de Gadsden” es un estandarte con fondo amarillo sobre el que se erige una desafiante serpiente de cascabel. Debajo de la misma, puede leerse la insignia “Don’t tread on me”, traducida al castellano como “No me pises”. Su propulsor fue, como buena parte de quienes amasaron sus fortunas en aquellos tiempos en Carolina del Sur, un reconocido esclavista, en cuyas plantaciones de arroz eran explotados decenas de hombres y mujeres, y no por casualidad, pues la situación de cautiverio de estos seres humanos fue fundamental para que tuvieran lugar los acelerados procesos de acumulación de capital que constituyen la raíz histórica del régimen capitalista en Estados Unidos. Gadsden no fue uno más, ya que incluso se aventuró en el tráfico transatlántico de esclavos, procedimiento del que muchos esclavistas de la época se desvincularon por su particular turbiedad.

Más de dos siglos después, en el año 2021, grupúsuclos trumpistas y conspiracionistas de diversos cortes asaltaron el Capitolio de los Estados Unidos de Norteamérica. Entre los participantes del ataque, se encontraban sectores fascistas, supremacistas, “libreportacionistas”, etc. Entre ellos, se hallaba presente la bandera de Gadsden, símbolo rescatado por, entre otros, los “anarcocapitalistas”, representantes de la línea dura de la retórica anti justicia social, anti impuestos y anti Estado. Irónicamente, la difusión del antiestatismo ha logrado ser profunda en el hegemón estadounidense, cuyo consolidado crecimiento se logró con la ineludible ayuda de un estado que fue capaz de desarrollar una coordinada y beneficiosa estrategia imperialista en las periferias del mundo capitalista, además de establecer determinantes políticas proteccionistas en favor de su industria nacional.

Como práctica y como consigna, el anarcocapitalismo y otras variantes de la derecha radical libertaria han impregnado la discusión ideológica en no pocos países. “Minarquismo”, “libertarianismo” o “escuela austríaca” son conceptos antaño marginales, aunque hoy políticamente operantes. En la teoría, la doctrina de las derechas radicales libertarias puede encuadrarse aludiendo a varias reivindicaciones del campo de lo filosófico, como la confianza en el orden social espontáneo, el desprecio dogmático a toda forma de regulación económica o el ensalzamiento de los libres contratos entre partes. En palabras del “primer presidente anarcocapitalista de la Historia”, Javier Milei, la máxima de quienes ondean el estandarte del esclavista de Carolina del Sur es, ni más ni menos, la del “respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad”.

En la práctica (es decir, en el marco del orden social capitalista), el dogma anarcocapitalista se traduce en libertad para la explotación (rechazo a la mediación estatal de las relaciones laborales), libertad para dañar al colectivo de convivencia (defensa de la libertad de elección en materias como la vacunatoria), antisindicalismo y, por supuesto, anti “colectivismo”. Esta última noción adquiere un peso central en la comprensión de la praxis política de los grupúsculos libertarios. Para ellos, los “colectivistas” son, en esencia, el “hecho maldito” del orden social. Ansiosos de poder, aspiran a “colectivizar” lo que debieran ser decisiones individuales, a desviar el orden espontáneo, a “robar” a los particulares a través de los impuestos y a beneficiarse a título personal de la redistribución de recursos. Así, elevan a norma la corrupción en política. El marxismo, la socialdemocracia, el keynesianismo y cualquier otra expresión en mayor o menor grado “regulacionista” es el enemigo.

Fréderic Bastiat, padre del liberalismo francés, definió al aparato estatal en los siguientes términos: “es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de los demás; la gente está empezando a darse cuenta de que el Estado es demasiado costoso… lo que no terminan de comprender es que el costo recae sobre ellos”. Como era habitual en sus textos y tratados, Bastiat se valió de la ironía para su particular enmienda a la totalidad del poder público. Dos siglos después, citas como esta sirven como contenido de consumo rápido para las comunidades virtuales de las juventudes anarcocapitalistas. Esta reflexión esconde una falla lógica central en el pensamiento libertario: todos son deficitarios, menos yo. La reciente campaña electoral en Argentina ilustró con crudeza que amplias capas medias y populares del país consideraban ser pagadores de impuestos netos, pero no receptores de beneficios sociales, obviando la (precaria) sanidad pública a la que acudían regularmente o la reducción de tarifas de transporte y energía de la que diariamente se beneficiaban.

En cualquier caso, escasos argumentos en favor del regulacionismo tienen cabida en los círculos liberal-libertarios de discusión política. Javier Milei sorprendió en Davos al definir a los empresarios como “benefactores sociales”, aunque conviene reconocer que el presidente de Argentina en ningún momento de su vida pública escondió su ligazón cuasi emocional con la patronal. Para él, la provisión de “bienes de mejor calidad a un mejor precio” es un servicio al prójimo. Bajo el capitalismo, proponen, esta habría de ser la forma esencial de solidaridad, y no el distorsionado orden redistributivo propuesto por los “colectivistas”. Esta noción del servicio al prójimo fue central en la obra de Gustave de Molinari, uno de los “clásicos” liberales que pudieron haber dado nombre a alguna mascota de Javier Milei. En la práctica, los anarcocapitalistas omiten la tendencia natural de la empresa capitalista a la concentración y el monopolio, así como su consecuente no-competencia de precios. La expulsión de la competencia es una dinámica intrínseca al régimen capitalista expuesta por innumerables pensadores marxistas, aunque atribuida por los liberales radicales al Estado distorsionador, que les ofrece un subterfugio doctrinal con el que justificar la disonancia entre sus lineamientos teóricos y el capitalismo realmente existente.

La desmarginalización del discurso anarcocapitalista es un hecho político notable en Europa, en Estados Unidos y en América Latina. Los grupos que portan el estandarte esclavista ya son ideológica y electoralmente competentes en diversos lugares, y este hecho altera los equilibrios de distintos sistemas políticos nacionales. Haber alcanzado la presidencia de uno de los países de mayor tracción en América del Sur da buena cuenta de este proceso, incluso aunque haya sido posible a través de complejos sistemas de alianzas con los sectores tradicionales de la derecha liberal-conservadora. El trumpismo, de facto la corriente dominante ya en el Partido Republicano de Estados Unidos, cuenta entre sus filas con importantes núcleos de militancia anarcocapitalista que no solo difunden en Youtube y otras redes los relatos anti “colectivistas”, sino que sirven de pre formación de cuadros.

En suma, la reconfiguración del espacio ideológico-simbólico de la derecha en torno a la retórica libertaria atenta contra múltiples consensos del Estado del bienestar, pero en esencia no cuestiona las dinámicas centrales del régimen global capitalista. El orden centro-periferia se conservará bajo la defensa smithiana de la “especialización” nacional, así como se perpetuará el poder de los estados centrales para presionar y agredir a los pueblos de las periferias cuando escojan vías soberanas, desarrollistas o socialistas. El anarcocapitalismo no  cuestiona las estructuras de dominación impulsadas por los Estados-nación capitalistas en alianza con los monopolios; por contra, las refuerza. Lo que sí pretende poner en jaque son los tenues consensos redistribucionistas que compartían hasta el momento la socialdemocracia y las diversas expresiones de las derechas conservadoras. Así, buscan en simultáneo desintermediar las relaciones capital-trabajo y preservar las estructuras de opresión internacionales.


Madrid –

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