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Izium tras la ocupación rusa

Edificios destruidos en Ucrania — Kaniuka Ruslan / Zuma Press / ContactoPhoto

Europa y la guerra, o la guerra en Europa

Si la política —como dijo el canciller Bismark— es el arte de lo posible, sin embargo lo posible cobra su sentido precisamente a partir de lo que es necesario


La coyuntura de guerra en la que vivimos implica a Europa de muchas maneras. Está claro que cuando nos dicen que no ha habido guerras en el continente desde 1945, pensamos inmediatamente en la disolución de la antigua Yugoslavia, el sitio de Sarajevo y las terribles guerras fratricidas que terminaron con el bombardeo de Belgrado por parte de la OTAN en 1999. Y no olvidamos las responsabilidades de los principales países europeos, empezando por Francia y Alemania, precisamente poco después de la firma del Tratado de Maastricht de 1992, que pretendía dar un salto cualitativo en el proceso de integración. Sin embargo, es cierto que en el centro de Europa, donde ese proceso se había iniciado durante la década de 1950, la catástrofe de las dos guerras mundiales parecía haber desterrado del abanico de posibilidades el enfrentamiento armado entre Estados. Hoy ya no es así. Cuando Vladimir Putin habla con desenfado de un uso táctico o estratégico del arsenal nuclear ruso, sabemos que lo hace sobre todo por un cálculo de política interna, y pensamos otro tanto cuando Emmanuel Macron le responde implícitamente insistiendo en la posibilidad de enviar «tropas europeas» sobre el terreno en Ucrania. Sin embargo, no sentimos ninguna tranquilidad: es evidente que las tensiones en torno a la guerra en Ucrania están creciendo en intensidad, y desde luego no confiamos en la política de riesgo calculado que tantos parecen haber adoptado en estos días. Para ser breves, recordemos que uno de los libros más importantes sobre el comienzo de la Gran Guerra que se han publicado en los últimos años, el de Christopher Clark, se titula Sonámbulos. Y con eso queda dicho todo.

Partamos entonces de ese dato. La guerra de la que hablamos hoy no está en Indochina ni en Irak, sino que está en Europa, y no solo porque Rusia y Ucrania formen parte de Europa, como los Balcanes en guerra en la década de 1990. Esto no significa de suyo que esta guerra sea más grave: la muerte de un civil afgano pesa para nosotros exactamente lo mismo que la de un civil italiano. Sencillamente ayuda a definir las coordenadas de la coyuntura en la que vivimos. La contención de la guerra fuera del espacio europeo ya no está garantizada y, con las debidas salvedades, vuelven al primer plano las palabras de Rosa Luxemburgo sobre la inmensa violencia de la Gran Guerra, provocada por el regreso a Europa —»de un salto»— de las «bestias feroces» que ella misma había desatado contra todas las demás partes del mundo a través del colonialismo. Insisto, las diferencias son enormes: pero hoy, como entonces, vivimos la crisis de una ordenación global del sistema mundial capitalista, la del «concierto europeo» en los años que condujeron a la Gran Guerra y la de la hegemonía global estadounidense en nuestros días. Las formas que cobra la guerra, tanto en Ucrania como en Gaza, los actores implicados (tanto directa como indirectamente) y los escenarios que se vislumbran para el futuro inmediato han de interpretarse dentro de este marco. Y en este marco la garantía de la paz «en pleno centro de Europa» (por citar de nuevo a Luxemburgo) parece estar en tela de juicio.

Ahora bien, ¿qué es Europa hoy? Y, más en concreto, ¿qué es hoy la Unión Europea que vuelve a inclinarse hacia el Este, hacia Ucrania, Moldavia, Georgia? Si la coyuntura mundial se caracteriza desde hace años por inestabilidad, turbulencias y tensiones crecientes, no hay duda de que la Unión Europea puede reclamar para sí la preeminencia de las “crisis”. Desde luego, no sorprende que precisamente en su seno se hayan registrado, por parte de los funcionarios de la Comisión, los primeros usos de un concepto ahora muy popular, el de policrisis. En un principio, el término hacía referencia a la concatenación entre la crisis de la eurozona, el comienzo de la guerra en Ucrania en 2014, la «crisis de los refugiados» y el Brexit. Pero la crisis de la eurozona (manifestación específica en Europa de la crisis financiera mundial de 2007/8) se dio en una situación ya muy comprometida por el rechazo del Tratado Constitucional en los referendos francés y holandés de 2005, solo provisionalmente superado por el Tratado de Lisboa de 2007. Y después del Brexit, el impacto de la pandemia sometió a una tensión extrema la estructura general de la UE (a pesar de algunos intentos de avanzar en la dirección de la mutualización de la deuda), mientras que la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 la ha desgarrado profundamente.

Se ha sostenido a menudo que la crisis ha sido un dispositivo de gobierno fundamental para la UE, con arreglo a una racionalidad neoliberal que trata de reproducirla para profundizar las intervenciones dentro de las relaciones económicas y sociales. Creo que esta es una lectura correcta al menos en parte, pero es necesario asumir la hipótesis de que remite a un periodo histórico ya superado. La Unión Europea presenta hoy la imagen de un deshilachamiento sustancial de los equilibrios establecidos, mientras empieza a configurarse en la actual coyuntura bélica un ordenamiento distinto de los poderes. La guerra transforma las constituciones, y esto también se aplica a las constituciones materiales como la europea, que como es sabido no tiene correspondencia formal en una Carta. Voy a limitarme a mencionar las que me parecen las transformaciones más significativas (y desde luego nada positivas) que han marcado la política y la estructura misma de la Unión Europea en los dos últimos años. En primer lugar, hay que decir que, en un escenario mundial caracterizado por un multipolarismo centrífugo y conflictivo, no se ha manifestado ninguna «autonomía estratégica» europea. Ni que decir tiene que esto habría sido del interés de importantes sectores de las propias élites capitalistas, pero se ha vuelto imposible por la completa subordinación a la política de EEUU y de la OTAN. Por otra parte, la ruptura del eje franco-alemán ha abierto el paso a un desplazamiento hacia el este del centro de gravedad de la Unión y, en particular, al ascenso de Polonia, que hoy constituye la potencia militar más importante de Europa. En este contexto, se ha manifestado claramente una tendencia a la reorganización confederal de la Unión Europea, con un aumento de los poderes de los Estados y las «naciones», con arreglo al proyecto de una derecha que, a pesar de algunos reveses (en España, en la propia Polonia), presenta un crecimiento en muchos países y aspira a imponerse en las elecciones europeas de junio.

Asimismo, el crecimiento de la derecha (vieja o nueva, institucional o radical, pero siempre «identitaria») tiene como efecto la difusión ubicua de un discurso sobre los «valores», tanto nacionales como europeos, que se traduce inmediatamente en políticas de cierre hacia las y los migrantes, pero que aspira también a un disciplinamiento duramente reaccionario de las formas de vida y de cooperación dentro del continente. La propia subalternidad a este discurso por parte de la izquierda institucional contribuye a multiplicar y amplificar sus efectos, mientras que el idilio entre Ursula von der Leyen —que ha gestionado los procesos enumerados hasta ahora— y Giorgia Meloni es sintomático de la influencia de ese discurso en la cúpula de las instituciones europeas —con el memorándum sobre los migrantes firmado en Egipto con al-Sisi como ejemplo elocuente. La guerra está siempre unida a los «valores» en un doble vertiente: lo que sucede en Europa no es algo en absoluto aislado, sino que se inscribe en un contexto mundial en el que la referencia a la «civilización» (desde Rusia a la India) vuelve a ser una herramienta política fundamental. De esta suerte, los «valores» europeos pasan a representar, como imagen especular de aquellos a los que la propia Europa pretende oponerse, una componente clave en el proceso de constitución de un bloque «occidental» en la actual coyuntura de guerra. Por otra parte, no puede dejar de señalarse que, desde la perspectiva económica, las partes dentro de Occidente están bastante claramente asignadas, toda vez que el precio más alto de la guerra en Ucrania lo está pagando sin duda Europa: a este respecto, la recesión alemana es significativa y sintomática. Mientras que en Estados Unidos el complejo militar-industrial está integrado desde hace tiempo en la economía, en Europa la carrera armamentística que se ha emprendido no puede dejar de tener repercusiones violentas en el bienestar de las poblaciones, en la composición del gasto público a escala nacional y europea y en la orientación misma del desarrollo tecnológico (pensemos en la inteligencia artificial, por poner solo un ejemplo). El régimen de guerra ya ha penetrado profundamente en la economía y la sociedad. Por lo demás, Charles Michel, Presidente del Consejo Europeo, habla explícitamente de la necesidad de pasar a una «economía de guerra».

Si la que acabamos de reconstruir rápidamente es al menos una imagen fidedigna de la situación constitucional europea, vale la pena preguntarse cuáles son hoy nuestras tareas. Hay quienes dicen que hay que abandonar Europa a su destino, que un nuevo internacionalismo está cobrando forma en torno a las movilizaciones contra la masacre de la población palestina en Gaza, que tenemos que construir nuestras interlocuciones con y dentro del «Sur global». Es una posición que reivindica el realismo, que remite a la larga historia colonial que marcaría definitivamente la propia estructura, los códigos culturales, sociales y económicos de Europa. Puedo entender a quienes sostienen estas posiciones, que a menudo toman la matanza diaria de migrantes en el Mediterráneo como espejo y paradigma de la Europa contemporánea. Y desde luego no resto ni un ápice de importancia a las movilizaciones por Gaza, que han vuelto a hacer de la condición de los palestinos una cuestión global, mientras que la construcción de relaciones en otros lugares del mundo en la perspectiva de un nuevo internacionalismo me parece fundamental. Sin embargo, precisamente desde esa perspectiva, estoy convencido de que no podemos abandonar el espacio europeo, porque este espacio sigue siendo para nosotros el primer terreno de experimentación de nuevas formas de lucha y de comunicación más allá de las fronteras nacionales, pero también porque la construcción de un plan europeo de lucha y de comunicación es la contribución más importante que podemos hacer a un nuevo internacionalismo.

En una época que terminó hace tiempo, entre la década de 1990 y principios de siglo, nos medimos no sin eficacia —dentro de un conjunto de trayectorias colectivas— con la dimensión europea. Lo hicimos sin ingenuidad, perfectamente conscientes de la impronta neoliberal del proceso de integración y de los efectos «necropolíticos» de las políticas migratorias y del régimen de control de fronteras promovidos por las instituciones europeas. Sin embargo, dentro de las grandes movilizaciones así como en los Foros Sociales Europeos, intentamos definir un punto de vista diferente, no aspirando tanto a modelos «alternativos» de constitución, sino insistiendo en la posibilidad de inscribir otros poderes dentro de la constitución europea existente, al objeto de ensanchar las fallas y abrir nuevos espacios de libertad e igualdad. Insisto: esa época terminó hace tiempo. Sin embargo, tal vez nos ofrezca una indicación política de un método para volver a apropiarnos del espacio europeo. Las condiciones son completamente distintas, pero la construcción de otros poderes y su despliegue a escala continental siguen siendo tareas fundamentales. Por otra parte, hemos aprendido que la insistencia en el espacio europeo no entra en absoluto en contradicción con el arraigo de las prácticas políticas en los territorios. El problema consiste si acaso en cómo hacer que esas prácticas y luchas entren en resonancia, iniciando un efecto multiplicador que rompa sus límites geográficos y obligue a las propias instituciones europeas a medirse con ellas.

No se me escapa que esto no es más que un esquema, que por añadidura puede parecer abstracto. Es más, lo es: se trata precisamente de llenarlo de contenido y de vida. Los terrenos de lucha están claramente definidos, y allí donde hay luchas en Europa estas hablan lenguajes y expresan comportamientos relativamente homogéneos. Los «valores» europeos encuentran un obstáculo hasta ahora infranqueable en la acción del movimiento feminista que, lejos de instalarse en una posición de mera «resistencia», construye cotidianamente otras formas de vida, otros modos de vivir la experiencia de la subjetividad y su relación con el mundo. La economía de guerra y el rearme encuentran unas resistencias difusas y tal vez aún fragmentarias, que aluden sin embargo a la posibilidad de una movilización social más general, caracterizada por convergencias inéditas. Las luchas por la justicia climática atraviesan todo el continente europeo, cada vez más consciente del vínculo entre crisis medioambiental, guerra y regímenes de guerra. Tanto en las fronteras de Europa como en su interior, las y los migrantes, cuyo protagonismo caracteriza también las movilizaciones por Palestina, practican todos los días la lucha contra el racismo. Muchos de estos movimientos, en particular el feminista y el ecologista, han construido en los últimos años formas de comunicación y organización a escala transnacional. Se trata de preguntarse qué instrumentos son necesarios para que su fuerza y la de los movimientos y luchas se determinen a escala europea.

Por otra parte, las tendencias que he descrito respecto a la Unión Europea se caracterizan por una dinámica inercial, que desde luego podría cobrar aceleraciones catastróficas a la luz de la evolución de la coyuntura de guerra actual, pero cuya reversibilidad es difícil de imaginar a corto plazo. Hay que interrumpir esa dinámica inercial si queremos que el espacio europeo vuelva a ser atravesado por movimientos capaces de ejercer sus poderes. En las condiciones actuales, solo un movimiento de masas a favor de un alto el fuego inmediato en Gaza y Ucrania puede provocar esa interrupción. No se me escapa lo difícil que es imaginar y sobre todo construir ese movimiento. Sin embargo, es necesario. Si la política —como dijo el canciller Bismark— es el arte de lo posible, sin embargo lo posible cobra su sentido precisamente a partir de lo que es necesario.


Traducción del original italiano de Raúl Sánchez Cedillo

Madrid –

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