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Yoav Gallanty visita al las FDI — Ariel Hermoni/Israel Mod / Zuma Press / ContactoPhoto

La consolidación del régimen de guerra global

El aspecto más descuidado de las consecuencias del régimen de guerra en las democracias coloniales de Occidente consiste en la eliminación de la vida democrática. La alternativa que se nos ofrece es la complicidad y la obediencia nacional y racial o la proscripción y la criminalización


“Todos estos avances demuestran que Europa ha empezado a comprender la urgencia y la magnitud del reto que tenemos por delante. Pero queda mucho por hacer. Y tenemos que movernos rápido. Puede que la amenaza de guerra no sea inminente, pero no es imposible. No hay que exagerar los riesgos de guerra, pero hay que prepararse para ellos. Y eso empieza por la urgente necesidad de reconstruir, reponer y modernizar las fuerzas armadas de los Estados miembros. Al hacerlo, Europa debe esforzarse por desarrollar y fabricar la próxima generación de capacidades operativas ganadoras de batallas y garantizar que dispone de la cantidad suficiente de material y de la superioridad tecnológica que podamos necesitar en el futuro. Esto significa impulsar nuestra capacidad industrial de defensa en los próximos cinco años”.

Ursula Von der Leyen, 28 de febrero de 2024.

Estas palabras de la presidenta de la Comisión Europea, las bravatas bélicas de Macron del lunes pasado, que le han valido un nuevo ridículo internacional, o el entusiasmo inversor de Nadia Calviño el otro día, apoyando con los cientos de millardos del Banco Europeo de Inversiones la carrera hacia la guerra que, que quede claro, nadie quiere pero ya se sabe: todo nos habla de una consolidación del régimen de guerra, de su hacerse irreversible.

Se gobierna para la guerra, y la guerra sirve de modo de gobierno, de gobernanza de guerra. Esta es la tendencia global cuyos orígenes se pierden en las brumas de la paz armada de la Guerra Fría que, como sabemos, solo fue fría para los países de la OTAN y del Pacto de Varsovia y las dictaduras de España y Portugal, puesto que desplazó el enfrentamiento el resto del mundo, y ello a pesar del esfuerzo del Movimiento de los Países no Alineados nacido de la Conferencia de Bandung en 1955. Pero la tendencia es una abstracción determinada, surgida de la investigación, que nos ayuda a entender las coyunturas concretas, pero que no registra saltos, paradojas y puntos de inflexión. Y en la historia reciente tenemos el principal punto de inflexión en la “guerra contra el terrorismo” lanzada por la administración Bush tras el 11S en 2001. Poco después, la invasión y destrucción de Irak en 2003 abre los surcos en los que se asientan los raíles del tren sin frenos de la guerra ecosistémica en la que vivimos. Sin embargo, y sobre todo si pensamos en las “democracias” europeas y el subsistema de la UE, los años que median entre el Euromaidan y la invasión rusa de Ucrania del 24 de febrero de 2022 son el laboratorio de la irrupción como vector ordenador predominante del régimen de guerra en el subconjunto atlántico y, como consecuencia, en todo el planeta.

La omnipresente lente geopolítica sobre la actualidad es útil y necesaria, pero incapaz de dar cuenta del estado y el devenir del mundo. Se advierte cuando de la descripción empírica de los hechos y el trasfondo histórico de los intereses de los estados, los conflictos y estrategias regionales, se pasa al análisis de las relaciones nacionales y transnacionales de clases, al análisis de los regímenes y sus rasgos capitalistas, patriarcales, coloniales, extractivos. Al hacerlo emerge que la guerra y el régimen de guerra son operaciones del capital, transformaciones de las relaciones entre dominantes y dominados, explotadores y explotados, en el plano mundial y con distintos epicentros, como Gaza, Ucrania, Yemen y el estrecho de Bab el-Mande, el mar del Sur de China, Mesopotamia, el Sahel o la República Democrática del Congo. Para el capitalismo histórico nunca ha habido límites externos, solo obstáculos. Porque sus límites son internos: no puede existir sin explotar, colonizar, segregar. No puede prosperar sin reducir a valor de cambio todo, desde la inteligencia y a los afectos al carbono en la atmósfera y en general a los ecosistemas.

Regímenes de guerra y capitalismos

Pero recordemos brevemente qué entendemos por régimen de guerra hoy, en la segunda década del siglo XXI. Lo primero y más importante que hay que constatar es que el régimen de guerra no es una coyuntura, un momento, un episodio de las relaciones internacionales, sino que es una tendencia, un proceso y una decisión del capitalismo mundial. Por un lado, el régimen de guerra que vivimos es un acto político, producto de una trama de decisiones, no una funesta casualidad. Estados, corporaciones, organizaciones militares y financieras, think tanks y medios comunicación: en esos circuitos se forman las decisiones de este tipo. Las decisiones versan sobre un diagnóstico: los poderes capitalistas son los primeros en reconocer que hemos entrado en un periodo de caos ecosistémico, donde las disputas hegemónicas, mezcladas con los efectos del capitalismo en los ecosistemas de la biosfera, producen interacciones absolutamente impredecibles y violentas. Capitalismo, guerra y clima constituyen una fórmula letal. Pero el caos, el shock, la catástrofe, nunca han sido un impedimento para los poderes capitalistas y coloniales. Más bien al contrario. Por eso el régimen de guerra es un intento de seleccionar, en el caos, los efectos catastróficos más favorables para su reproducción. El contagio del miedo y el pánico a través del sistema de medios y plataformas, junto a la colaboración obediente de las falsas oposiciones del centro izquierda global, hacen el resto. En este sentido, el régimen de guerra es también un régimen psíquico, un gobierno de los afectos, las emociones y la imaginación.

Pero el aspecto más descuidado de las consecuencias del régimen de guerra en las democracias coloniales de Occidente consiste en la eliminación de la vida democrática en nombre de y bajo las formas constitucionales de la democracia liberal de la propiedad, fanáticas de la “seguridad jurídica”. Cuando se introduce la guerra y la necesidad bélica en la vida política doméstica, cuando la relación amigo-enemigo domina los conflictos sociales y políticos, creando un círculo vicioso entre amenaza interior y exterior, la democracia y la lucha de las clases subalternas se ven amenazadas de muerte. Como decíamos, esto es ya una realidad, un hecho incontestable. En este sentido, el régimen de guerra determina un pasaje entre la guerra entre conjuntos estatales y distintas formas y grados de guerra civil en el interior de los estados territoriales. Hoy nos toca recordar lo que Negri y Hardt escribieron hace ya veinte años sobre el modo en que la guerra se convierte en un dispositivo complejo que reúne, en un mismo ejercicio y en diferentes contextos, los tres principales regímenes de poder sobre los cuerpos: el poder de quitar o dejar con vida; el control y modulación de los cuerpos en movimiento y la disciplina del cuartel, la fábrica o la prisión.

El régimen de guerra es también y sobre todo un régimen de crecimiento capitalista. Del mismo modo que se gobierna para la guerra, y la guerra sirve de modo de gobierno, se produce para la guerra, y la guerra determina el modo de producción. No se trata solo de los presupuestos del estado y el aumento del gasto militar en todos los países, empezando por Estados Unidos, la UE, Rusia y China. Se trata de algo más: de la apuesta por un régimen en el que la logística (a veces “económica”, otras veces “bélica”, y otras las dos a la vez) se convierte en el centro de un esfuerzo de movilización total de las poblaciones y los capitales, en una identificación entre crecimiento, seguridad y guerra. El dominio de la logística presupone e impone el dominio del tiempo social y la represión de los tiempos del buen vivir de las clases subalternas. En este sentido, innovación industrial significa innovación de guerra y viceversa. Cuando hablamos de logística hablamos de prácticamente todo, desde las infraestructuras físicas de transporte y circulación de personas y mercancías a las redes digitales de información y comunicación. Pero también de lo más nuevo de la situación: de la explotación y análisis de los datos logísticos y su aplicación al diseño de sistemas de inteligencia artificial en los que la distinción entre guerra y paz es solo una convención.  Dicho de otra manera, el dominio de la logística apunta a sociedades de y en guerra.

Entre Ucrania y Gaza, el dominio de la matanza global

Entrando en su tercer año, Ucrania es la guerra que no termina. Lo único que sucederá es que se verá cubierta de otras guerras aún peores. Por otra parte, llamar guerra al genocidio en Palestina es incorrecto desde el punto de vista del derecho internacional, puesto que no hay dos estados en conflicto, pero es absolutamente riguroso desde el punto de vista de la realidad: un conflicto asimétrico y colonial donde un estado de colonos ha caído en manos de fascistas que abogan por la “solución final del problema palestino”. El Mar Rojo y Líbano son los otros epicentros de la guerra regional que en cuestión de semanas o meses se generalizará a todo Oriente Medio. El Sahel africano, mientras tanto, vive en una guerra infinita, con altos y bajos de muerte y destrucción, que está unida por grandes circuitos de energía, materias, primas, extracción, tráfico de personas, violaciones y asesinatos de mujeres y minorías de género, y robo de tierras y recursos y venta de armas. Exactamente igual que lo que sucede desde hace décadas en la República del Congo, pero que ahora una aceleración de las matanzas a cargo de las milicias ruandesas armadas por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia e Israel.

Vivimos y sentimos ya en la Tercera Guerra Mundial, en su preludio siniestro. Solo un sistema inmunitario político zombi puede, en la conciencia política, negar lo que está ocurriendo y lo que está por llegar. Las especies radioactivas del fascismo proliferan y eliminan a sus competidores en este ecosistema global de la guerra.

Variantes del régimen de guerra

Ahora tenemos que preguntarnos sobre las distintas variantes de esta consolidación de los regímenes de guerra, que no están exentas de incertidumbres, entre otros motivos porque contra su consolidación no van a faltar las resistencias, los sabotajes y las revueltas. El régimen de guerra es la aplicación de una plantilla sobre el desorden ecosistémico. Pero a medida que se consolida, algunas de sus combinaciones posibles se vuelven improbables. Por ejemplo, la administración Biden ha intentado exportar la guerra a Europa e introducir reformas fiscales, laborales e industriales para reconstruir su poder electoral y neutralizar el camino hacia la guerra civil en Estados Unidos. Llamar Green New Deal a lo que se ha hecho hasta ahora es harto exagerado. El American Rescue Plan Act, el Infrastructure Investment and Jobs Act, el Inflation Reduction Act, el CHIPS and Science Act o la creación del American Climate Corps definen una tentativa de metabolismo entre el desorden global y el orden interno, garantizado además por la autonomía energética y el absoluto predominio militar y financiero estadounidense. Pero como siempre sucede en las cuestiones decisivas, solo un poco no es suficiente. Ni las clases trabajadoras y racializadas estadounidenses sucumben a este malmenorismo, ni los jerarcas del capital financiero asumen los necesarios compromisos con la transición energética y la mitigación climática. Acabamos de saber que ninguno de los cinco grandes administradores de fondos de inversión respalda la iniciativa Climate Action 100+, entre ellos los dos principales, BlackRock y JP Morgan. Esto significa que la transición energética cobra un sentido puramente bélico y geopolítico, de competencia e independencia en el enfrentamiento entre bloques planetarios. La debilidad de la posición del centro izquierda tanto estadounidense como europeo es patente: unidos en la guerra, pero incapaces de seducir a las clases trabajadoras y racializadas.

Por su parte, el régimen de guerra ruso no ha hecho más que profundizarse desde la llegada de Putin al poder, que inició con una guerra precisamente, con la destrucción completa de Chechenia. La guerra de Ucrania ha afianzado lo que Volodymyr Ishchenko ha llamado un “keynesianismo de guerra”, en el que los excedentes de la continua demanda de gas y petróleo han servido para reforzar un bloque de poder industrial y militar, sorteando la guerra comercial con la ayuda china e iraní.

China no admite comparación, sin embargo, a diferencia de la India del supremacismo hindutva de Narendra Modi, que desarrolla un régimen de guerra interno y externo contra las minorías religiosas y políticas, sobre todo las musulmanes, y se prepara para la guerra abierta con Pakistán mientras desarrolla su guerra fría con China, esta hace todo lo posible para buscar una salida no bélica al caos ecosistémico. Sería imperdonable no tener en cuenta esta diferencia si queremos resistir y sabotear el curso actual del mundo.

A las puertas de unas elecciones europeas que se celebrarán bajo un cielo plomizo de guerra, genocidio y probable victoria de las derechas coloniales, las opciones del régimen de guerra de centro izquierda se presentan poco probables. En estos meses vemos cómo triunfan dos variantes que no se excluyen mutuamente, sino que se combinan con diferentes configuraciones. La primera es la israelí, un estado militar-industrial hipertecnológico de apartheid que vive en una permanente movilización total y que conquista territorio mediante la limpieza y substitución étnicas y el genocidio. La variante ruandesa del supremacismo hutu camina en este sentido. Pero las profundas admiración y solidaridad de las derechas coloniales occidentales hacia el régimen israelí hablan de algo más que de un interés geopolítico. En la descomposición del proyecto europeo el método israelí es una de las variantes con mayor futuro. La segunda variante del régimen de guerra es el estado de seguridad. Es el que vemos en El Salvador, en Ecuador, Filipinas, en grandes partes de Brasil, Estados Unidos y México y cada vez más en Argentina. Sobre la base de las devastaciones sociales y psíquicas producidas por el neoliberalismo, esta forma del régimen de guerra fomenta y aprovecha la percepción de inseguridad de las clases medias y de buena parte de las clases populares para declarar la guerra a los pobres su pretexto de la lucha contra el narcotráfico. No podemos excluir que en Europa asistamos a distintos grados de consolidación de combinaciones de estas variantes.

Ante esta situación, no caben ilusiones ni engaños. La alternativa que se nos ofrece es la complicidad y la obediencia nacional y racial o la proscripción y la criminalización. Es probable, como anuncian numerosas voces, que vuelva la conscripción militar a la Unión Europea. La racialización bélica de nuestras sociedades, sumada a la incertidumbre y el empobrecimiento económicos y a la producción industrial de pánico, trata de impedir la reconstrucción de alianzas de las clases subalternas. Pero eso mismo nos indica por dónde pasa la destrucción de los regímenes de guerra. Poniendo en el centro la paz incondicional, la paz constituyente como preámbulo de distintos procesos constituyentes transnacionales y transregionales. No hay salvación en un solo país. El segundo cuarto del siglo XXI se la juega en la invención de una política mundo emancipadora, sin miedos ni falsas ilusiones sobre la posibilidad de “otro capitalismo”. Nada puede ser peor que el régimen de guerra.


Madrid –

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Editorial

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