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Laura Brett / Zuma Press / ContactoPhoto

La CPAC y la “líquida” jerarquía de la ultraderecha

Trump dirige, Bukele destaca y Milei zozobra. Entre tanto, Abascal pierde peso como actor secundario de la ultraderecha europea. ¿Qué dejó en claro la CPAC?


Las “nuevas” derechas radicales traccionan (y tanto que lo hacen) la política nacional de numerosos países de Europa y América Latina. En Estados Unidos, por supuesto, también. Allí, no solo han fagocitado buena parte de las estructuras del Partido Republicano, sino que han sido capaces de distorsionar el tablero de lo aceptable instalando numerosas teorías conspiracionistas. Al consolidado liderazgo de un Trump favorito para volver a la Casa Blanca en este 2024 ha de sumarse la creciente fortaleza de Nayib Bukele como referente político del punitivismo y del autoritarismo en América Latina. Además, las elecciones europeas van a ser un escenario crucial para el bloque de las ultraderechas; en los comicios, la suma de los diversos partidos nacionales de derecha radical podría consolidarse como la tercera fuerza de la unión sobrepasando a los liberales. Por su parte, Javier Milei y Santiago Abascal completan el ajedrez de la ultraderecha hispano-latinoamericana de la mano de otros líderes como José Antonio Kast, Rafael López Aliaga o el “clan” Bolsonaro.

La relativa solidez del conjunto de actores de la emergente ultraderecha tiene una contracara: al ser ya figuras de relevancia en sus países, se ven inmersos en la vorágine electoral y en las dinámicas “resultadistas” de los comicios nacionales. Como el resto de “grupos” ideológicos, la ultraderecha afronta permanentes victorias y derrotas que reestructuran la jerarquía del bloque y redefinen lo que ordena… y lo que no. Hace apenas un año y medio, Javier Milei era “artista invitado” en el festival “VIVA 22” de VOX; hoy Santiago Abascal es un actor menor del bloque mientras el anarcocapitalista dirige desde la Casa Rosada un ajuste histórico contra las clases medias y trabajadoras de Argentina y ofrece efusivos (e incómodos) abrazos de Trump. En aquel 2022, Javier Milei se encontraba en descenso según las erráticas encuestadoras argentinas, al tiempo que Vox preparaba con una desafortunada certeza la vicepresidencia de Abascal. Otros actores se sumarán al bloque en sustitución de aquellos que pierdan fuelle, aunque hay dos nombres que parecen ostentar una posición ad eternum: Trump y Bukele.

Lo que la CPAC dejó al desnudo

En el marco de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) del 2024, quedaron al descubierto algunas de las contradicciones internas del emergente bloque internacional de derechas radicales. A su vez, las nuevas (y volátiles) jerarquías que se fraguaron durante la segunda mitad del año 2023 fueron evidenciadas. En esta cumbre, esencialmente estadounidense, fueron destacados nombres locales como Vivek Ramaswamy o Steve Bannon, junto a nombres internacionales. Sin la presencia de varios dirigentes europeos como Viktor Orbán o Giorgia Meloni, el evento tuvo un cariz marcadamente latinoamericano. Trump, líder global del bloque, “ungió” al presidente Milei y favoreció una puesta en escena que encumbró a Bukele después de su arrolladora victoria en las elecciones salvadoreñas de febrero.

En su discurso, Trump persistió en la idea de que le fue usurpada la victoria en las elecciones de 2020. Además, anticipó que no hay forma de que vuelva a salir derrotado en noviembre de 2024 (a excepción, por supuesto, de que se perpetre otro “robo” en los comicios). Sus lineamientos fueron claros y giraron en torno a su insistencia en el supuesto peligro existencial que atraviesa Estados Unidos por culpa de la gestión demócrata. Las elecciones del 2024, según planteó el ex presidente, son el último tren para salvaguardar la auténtica americanidad del Imperio. Sus imitaciones de Joe Biden como un líder perdido, incapaz siquiera de valerse por sí mismo, llamaron poderosamente la atención de ciertos sectores mediáticos. Sin embargo, otros aspectos son en esencia más relevantes para comprender el estado de situación de la carrera presidencial estadounidense.

Reiterativo en su argumento de la ausencia de guerras durante su mandato, Trump quiso insistir en sus dos grandes contrafácticos en materia internacional: que, de haber continuado en la Casa Blanca, ni Ucrania ni Palestina hubieran entrado en las nuevas fases en las que se encuentran. Es decir, que ni Rusia hubiera invadido Ucrania, ni se hubieran producido los ataques de Hamás que antecedieron a la profundización de la agenda genocida del estado sionista. Al mismo tiempo, Trump quiso asentar una línea de razonamiento que habrá de definir en un futuro la retórica ultraderechista: hay que “dejar hacer su trabajo” a las Fuerzas Armadas y a las Fuerzas de Seguridad. Tal como simplificó en su discurso, los problemas securitarios de ciudades como Nueva York se podrían resolver “en un día”, habilitando a la policía a actuar “sin temor a las represalias”.

Por supuesto, la simplificada línea punitivista compartida por la práctica totalidad del bloque de las derechas radicales siembra un terreno fértil para el presidente de El Salvador, Nayib Bukele. Recientemente reelecto, Bukele se desenvolvió de forma excelente durante su discurso, constatando no solo su enorme popularidad entre las bases trumpistas (que hacían difícil su exposición debido a sus permanentes aplausos), sino también su voluntad de desmarcarse y “bajar línea” a la ultraderecha internacional. Al margen de guiños “comunes” como la alusión conspiracionista a George Soros, su discurso fue eminentemente “propio”.

La metáfora de la rana en el agua hirviendo atravesó toda su exposición; según él, Estados Unidos se encuentra en el momento de bifurcación que habría atravesado El Salvador hace algunas décadas. Si Trump es electo, Norteamérica habrá elegido el camino del bien. Si pierde, consolidarán su inexorable avance hacia la destrucción interna. Su otra gran aportación al ideario ultraderechista fue su particular diagnóstico de la institucionalidad salvadoreña y de otros estados: es necesario proteger el objetivo fundacional de las instituciones judiciales, mediáticas y políticas… aunque ello suponga que el Ejecutivo confronte con dichas instituciones. Bukele gobernará hasta 2029 con el beneplácito de Trump, del trumpismo y de todos los líderes de la derecha radical. De hecho, su influencia —punitivismo y comunicación digital— ya es palpable en todos los líderes emergentes de la ultraderecha latinoamericana, y es esperable que siga siéndolo por mucho tiempo.

Por su parte, Milei fue protagonista del evento, aunque más por su encuentro con Trump que por su discurso. Sin embargo, su desubicada alocución no debe pasarse por alto. El presidente argentino parece hallarse en una contradicción interna que gestiona saltando permanentemente de un lado al otro. Quiere formar parte como alumno aventajado del engranaje ultraderechista europeo y estadounidense -que es por lo general económicamente proteccionista y étnicamente nacionalista- y al mismo tiempo aleccionar desde la doctrina anarcocapitalista negando los “fallos del mercado” (consenso que, por cierto, no es pleno ni siquiera en los ámbitos “libertarios”) y alabando las bondades del libre comercio. Lo que une a Javier Milei con las ultraderechas de Europa y Norteamérica es la visión sistémica del mundo: el negacionismo climático, el conspiracionismo antiprogresista y, por supuesto, el “cierre de filas” en torno al proyecto imperialista colectivo de Washington. Con todo, y debido a su errático liderazgo y a la crisis política y social exponencial que enfrenta en su país, no parece en absoluto claro que Milei vaya a jugar un rol de largo plazo como lo hará Bukele.

Quien sin duda está lejos de ejercer la conducción ideológica a la que en algún momento aspiró es, sin duda, Santiago Abascal. El líder de Vox está lejos de ser el favorito del expresidente estadounidense, a pesar de que el partido compartiera en Twitter la escuetísima dedicatoria de veinte segundos con la que Trump obsequió al español: “Han avanzado mucho también. Van segundos, y serán primeros muy pronto… eso es lo que he leído”. En cualquier caso, del discurso de Abascal puede sacarse en claro la espiral marginal-conspiracionista en la que se halla inmerso el partido. Las siguientes líneas se extraen de forma literal del discurso del líder de Vox: “Las antiguas universidades, como la de Salamanca, la de Bolonia o la de Harvard, diseñadas para agrandar la cultura, han sido convertidas hoy en máquinas de censura, de coacción, de adoctrinamiento y de antisemitismo. Queremos universidades que sean templos del saber, de la libertad de pensamiento, de la transmisión de conocimiento; no queremos comisarios perturbados que inventen géneros, que perviertan la inocencia de los menores, que reescriban la Historia o que promuevan ideologías criminales. Si ayer las universidades eran un espacio de libertad frente al autoritarismo del poder, hoy, por desgracia, son la punta de lanza del totalitarismo que viene. Le han declarado la guerra al sentido común, a la verdad, al lenguaje y a la biología”.

Como todo bloque ideológico internacionalizado, la ultraderecha será con el paso del tiempo lo que sus disputas ideológicas y sus continuas pugnas jerárquicas dicten que sea. Por el momento, Trump ordena y define la estrategia del mismo modo que Estados Unidos coordina la dominación internacional de la que forman parte buena parte de los países en los que la derecha radical se está consolidando. Nayib Bukele da forma a un liderazgo ético, si acaso incluso díscolo, pero siempre limitado por la pequeñez relativa (no solo demográfica) de El Salvador. Las ultraderechas del Viejo Continente crecen al tiempo que afrontan la división que se terminará de hacer evidente tras las elecciones europeas, y entre ellas Vox juega cada vez un papel más secundario. Javier Milei es la incógnita. Ni su esencia económica ni sus formas de liderazgo parecen traccionar; todo lo contrario, a menudo parece ser él quien se ve determinado por el contexto.


Madrid –

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